VIUDA DE VIVO
Va
a haber tormenta, las moscas están pesadísimas, este calor en estas fechas no
es normal, ya tenían que empezar las lluvias, susurraba Herminia para sí misma
- Herminia
deja la labor y vamos a empezar a hacer la comida, que padre y el Eloy tienen
que estar a punto de llegar y con lo revuelto que esta el tiempo y el polvo del
camino las mulas tienen que estar inquietas le grito su madre.
Herminia
se sacudió hilos del mandil, colocó la labor en la antigua caja de galletas de
hoja de lata, dejó a un lado del corral la silla pequeña de enea y se fue hacia
la fregadera. Vio que su hermana Luisa había traído tres tinajas de agua de
Luisa,
la hermana de en medio, cuando oyó a las mulas entrar en el corral dejó de atar
ristras de ajos, y pasando el delantal por encima de la mesa dejó caer las pieles.
Hizo un atillo con las cuerdas de esparto y las dejó en el alfeizar de
- Me tengo que dar prisa en picar el pan
y los ajos ¿Dónde estará el pimentón? Madre siempre lo cambia de sitio- dijo Herminia
suspirando.
- ¡Angustias! ¡Herminia! ¿Dónde se ha
metido tu madre? ¿Qué pasa que está todo
a oscuras? Abrid las ventanas que, entre un poco de luz, a este paso vamos a
tener que encender los candiles y nos vamos a quedar sin petróleo antes de que
lleguen los fríos del invierno -gritó don Lorenzo.
Eloy
se fue a su dormitorio, se sentó en la cama. Los muelles del somier crujieron.
Cogió del suelo la caja de postales y de fotos de calendario que había ido
coleccionando desde que iba a
Al
día siguiente mirando hacia donde se iluminan las mañanas empezaba a sentirse
aprisionado entre el cielo y la tierra. Otra vez la misma rutina, con la misma
ropa, con la misma comida, con el mismo aire, con el mismo cielo gris.
Cuando
iba a pasear con su novia Soledad, acarreaba debajo de la chaqueta la caja de
zapatos con las fotografías, se las enseñaba e intentaba que soñasen juntos en
cómo sería la vida en el interior de esas imágenes. Eran sueños efímeros que le
hacían sentirse como un emperador de ninguna parte. Sole enseguida le
despertaba y mirándole como si acabasen de descubrir el amor, le preguntaba
cuándo empezaría a construir la casa en la parte del corral que les había cedido
su padre.
- ¡Eloy! - le sobresaltó el grito de su
hermana desde la cocina. ¡A la mesa que te estamos esperando!
Cansino
tomó las escaleras como si en vez de la comida le estuviera esperando otro
nuevo e idéntico día de su tediosa existencia.
-
¿Es
que no tienes hambre? -le dijo la Herminia sin entender su tardanza. Llevas
levantado desde las 6 de la mañana y tienes que comer algo.
-
Pues
la verdad sea dicha, no me pide nada el cuerpo- contestó Eloy
-
Esa
inapetencia tuya no hay quién la entienda- dijo Herminia.
-
Será
el calor- interrumpió la madre viendo las pocas ganas de charla que tenía Eloy.
Deja a tu hermano en paz, que la faena le ha dejado sin apetito. Pero todo es
empezar, hijo, verás como te animas en cuanto des el primer bocado.
-
No
te creas madre, no sé qué me pasa que tengo como un nudo en la barriga que me
impide comer -contestó Eloy.
-
Pues
verás como la sopa te asienta el estómago- le comentó su madre, mientras le
servía dos cazos humeantes y repletos de sopas de ajos.
-
No
me sirva más, madre que no voy a poder comer otra cosa- contestó Eloy.
Permanecieron
en silencio mientras sorbían la sopa. Herminia observaba a su hermano con
atención y con asombro, no entendía ese permanente desasosiego que le
acompañaba en todo momento. La angustia de Eloy no era por los calores del final
del verano, sino por una inconformidad suya que cada vez era más patente. Doña
Angustias, silenciosa organizaba el puchero y distribuía la comida. Siempre
pendiente de que no faltara nada a los hombres, tratando de anticiparse a los
deseos de su marido o de su hijo. Las chicas, se ocupaban de ellas mismas. La
Luisa comía reconcentrada en sus asuntos que no eran más que las tareas que la
esperaban después de la siesta: ir a limpiar el corral de las gallinas, ir a
echar a los cerdos y pasar por el huerto a recoger las últimas acelgas de la
temporada para la cena.
Eloy
rompió el silencio para emitir un sonoro suspiro.
-
¿Qué
pasa? ¿No te gusta la sopa? - Preguntó la hermana.
-
No,
la sopa está buena, es que no sé si voy a poder con los torreznos -contestó
Eloy.
-
Pues
haz un esfuerzo que esta tarde tenemos que ir al pinar con la carretilla a ver
si partimos unos pinos y empezamos a preparar leña que ya se acerca el otoño.
-dijo don Lorenzo.
-
¡Otra
tarde más en el pinar! - suspiró nuevamente Eloy.
-
Pues
claro, otra que no será la última. -dijo el padre.
-
Sí,
ya sé, que el invierno es largo y duro, pero el verano no es ni menos largo, ni
menos duro. Aquí todo es duro, el verano el invierno, el campo, el pinar. - se
quejó Eloy. Mirando a su padre de forma grave.
-
¿Y
qué quieres? Así es la vida. - sentenció el padre.
-
Siempre
lo mismo. – respondió Eloy mientras abría un pedazo de pan de hogaza y colocaba
en su interior cuatro o cinco torreznos recién fritos.
-
Pues
en ningún sitio atan los perros con longanizas Eloy. - quiso zanjar el padre.
-
No
padre, sí que hay lugares que ofrecen más oportunidades. Sitios donde la gente
puede elegir qué hacer y cómo hacerlo. Sitios con mar, sitios con clima
templado. Sitios donde la vida es diferente cada día, donde no todo es siempre
igual. Sitios llenos de gente. Sitios con gente nueva a la que no les interesa
la vida de los demás. Sitios con alegría, con esperanza y con futuro. – dijo
Eloy dejando deslizar un alud de emociones.
-
Bueno,
ya está el niño de la cabeza a pájaros con la cantinela de siempre. – espetó la
Herminia.
Por
primera vez
-
Deja
al chico en paz, Herminia - concluyó la madre- que piense lo que quiera con tal
de que ayude luego a su padre a traer la leña del pinar.
Nadie
continuó con aquella conversación. No era la primera vez y todos sabían que no
conducía a nada. No era más que una evasión, una fuga, una ensoñación. Don
Lorenzo zanjaba el asunto sentenciado siempre ¿dónde vas a ir que mejor estés?
La madre, lejos de sentir preocupación por las inquietudes del hijo, no veía
ningún inconveniente en que alimentara sus fantasías con tal de que no se
distrajera de sus obligaciones. El padre, en cambio, presentía el peligro. No hubiera sido capaz de explicarlo, pero no
podía evitar asustarse con cada nueva acometida del hijo. Se veía solo, sin el único
varón habitando un cuerpo que ya no le daba cobijo. A pesar de aquel desastre
tranquilo lo mejor era dejarlo pasar.
Terminamos
esta carga de leña y me voy a ver a Primitivo. Llegó
Cuando
estaba atravesando la plaza se cruzó con el cartero y tras un forzado
intercambio de sonrisas le paro para contarle los últimos cotilleos del pueblo.
El cartero tenía un sentido peculiar de la discreción, relataba sin reparo
alguno, quién había recibido cartas o paquetes e inmediatamente se prodigaba en
detalles sobre el contenido de las misivas y el contenido de los paquetes.
Afirmaba conocer la situación económica de cada familia, de lo mal que les iba
a los ilusos que habían emigrado buscando una vida mejor y sobre todo tenia un
perfecto mapa de los sentimientos de todos los vecinos. Era poseedor de la
mejor topografía sentimental llegando, incluso, a mejorar la red de intimidades
y secretos que conseguía el cura a través de las confesiones. Eloy con un gesto
de incomodidad consiguió evitar hablar con él.
Llegó
a la fuente se sentó en el borde, sintió el frescor del agua a la caída de la
tarde y se quedó mirando ensimismado las ondas que se formaban en el pilón con
el chorreo del agua. El cielo plomizo que anunciaba una tormenta de verano le
transportó a la escuela donde Primitivo, él y todos los de su quinta soportaban
a aquel bestia de maestro afecto al régimen. Si explicaba ortografía acababa
hablando de cómo la cruzada nacional había salvado y purificado el idioma. Si
era aritmética terminaba describiendo lo bien que se calcularon los movimientos
de tropas en la guerra. Cuando tocaba religión afirmaba con vehemencia que la
verdadera y única religión era
El
ruido de las caballerizas despertó a Eloy. A pocos metros oyó a Primitivo
arrear las bestias, que con calor y el cansancio del día respondían dócilmente
a sus órdenes.
-
¡Primi!
Le gritó Eloy desde el lavadero, sentado junto a la fuente.
Su
amigo, reconoció la voz de Eloy, no reaccionó con premura, sino que prosiguió
con lo suyo y sólo cuando se aseguró de que las mulas seguían solas el camino
hacia la casa, volvió la cabeza para contestarle:
-
Llevó
a las mulas al establo y vengo a buscarte antes de que mi madre encuentre
alguna tarea que encargarme, que siempre anda lista para dar trabajo.
-
No
tengas prisa, que, aunque ya he terminado de guardar la leña en el casillo, yo
estoy entretenido con mis pensamientos – contestó Eloy.
-
Sí,
Eloy el fantasioso, ya te conozco, pero tardo poco, no te apures, en eso quedamos
- concluyó Primi, alargando la zancada para alcanzar a los mulos.
Allí
se quedó Eloy en medio de ese universo fantasmal que eran las afueras del
pueblo mientras su mente seguía bullendo.
Primitivo
era el hijo mayor de
Buen
amigo el Primi, pensó Eloy mientras se anudaba los cordones del pantalón ¿Con quién
pasaría mis pocos ratos de ocio si no contara con la compañía de un amigo tan
cabal? Sin los paseos furtivos con él los días de Eloy hubieran sido más difíciles
de sobrellevar. Con Primitivo soñaba. Se podía permitir cualquier confidencia.
No había pensamiento o emoción que no compartieran. Y el Primi no solo le
escuchaba en sus largas caminatas, sino que además le entendía. Ni siquiera
Eloy
estaba seguro de no desear esa vida para él, la Sole no podía ser la guardiana
de sus sueños. No tenía claro qué quería hacer con su futuro, pero no le cabía
la menor duda de que fuera lo que fuera que hiciese lo haría lejos de allí.
Había algo áspero y ardiente que le quemaba desde hacía tiempo.
La
sola idea de encontrarse con el Primi lo estimuló. Se incorporó del poyo de piedra en el que
estaba recostado y comenzó a pasear alrededor del lavadero mientras canturreaba
alguna cancioncilla. Aligeró el paso hasta casi saltar, mientras observaba con
el rabillo del ojo el sendero por el que esperaba impaciente ver aparecer la
silueta del Primi. Transcurridos apenas 15 minutos lo divisó. Traía el paso
ligero y apareció sonriente y tranquilo.
- ¿Qué tal se ha dado la jornada? - le preguntó Eloy.
- Pues ahí seguimos labrando, aún me
quedan unos cuantos pedazos que aviar, pero
este año no va a ser bueno, ha llovido muy poco -contestó Primitivo.
- No hay año bueno Primi.
- Bueno hombre, tampoco seas así, unos
son mejores que otros y éste va a ser de los flojos, se ve venir.
- A mí cada año me parece peor que el
anterior. No tengo ánimo para nada.
- Pero no permitas que se te agrie el
carácter, hombre, que pareces un viejo cascarrabias.
- Qué más quisiera yo que poder estar
contento.
- Pues termina de decidirte. Si lo que
quieres es irte, no lo pienses más. Total, ¿qué te ata a aquí? Tú padre te
echará en falta porque eres su heredero, pero él aún está ágil y puede valerse
sin ti. Mírame a mí, yo sí que no podría salir, aunque quisiera. Mi madre y mis
hermanas dependen de mí. Soy el sostén de la familia, pero tú, tú puedes irte
cuando te apetezca. A
Eloy
se puso a reflexionar sobre las últimas palabras de su amigo. Quería romper con
todo y no estaba seguro de que eso no incluyera también a
- No sé si
- Claro que sí, hombre. No se va a
quedar aquí sola -contestó Primitivo.
- Sola no se quedaría, y es una buena
moza que podría echarse un novio en cuanto quisiera. Es muy apañada y dispuesta
para determinadas cosas, pero no para irse del pueblo.
- Te digo yo que iría detrás de ti donde
tú vayas.
- No estoy yo tan seguro.
No
quería continuar por aquel camino. No estaba dispuesto a tener que poner una
carga más en este lado de
Tomaron
el camino del cementerio. Solían recorrer la misma senda cada tarde. El sosiego
que se respiraba en el camposanto les daba esa fuerza apacible que tanto
ansiaban. Se adentraban en él –la puerta estaba siempre entreabierta- y se
sentaban en algún banco de piedra. El aroma de las flores frescas que adornaban
algunas lápidas impregnaba el aire que respiraban y allí, cuando empezaba a
manifestarse el privilegio de la oscuridad, disfrutaban de su precaria libertad
y se abandonaban juntos a sus sueños.
Volvieron
-
Eloy
¿quieres cenar algo? – le dijo Herminia.
-
No
gracias, Herminia, me voy a la cama – contestó Eloy.
La
agitación, el calor, el canto de los grillos, el silencio por la falta de brisa
no le dejaba dormir. La cabeza no se le había enfriado una larga transfusión de
fantasía se apoderó de él ¿Qué hora sería? Era incapaz de medir el tiempo,
había perdido todas las referencias. Había llegado, por fin, el tan anhelado
momento. Se iría del pueblo sin ningún plan sobre un regreso más o menos
inmediato. Quizá sería más acertado decir que volver no se encontraba entre sus
planes.
Se
vio en el tren con su traje y su camisa blanca, con sus zapatos de piel sin
arrugas por el uso. No se atrevía a hablar con sus compañeros de departamento,
temía que sus comentarios le asustasen más de lo que ya estaba. No había salido
jamás del pueblo ni para hacer el servicio militar. Su agitación, su sueño y el
hambre iban acompasados con el traqueteo del tren. En su cabeza ya aparecían
las imágenes de Barcelona. Eran las mismas que las de la caja de postales, que
ya no necesitaba, las había dejado todas debajo de la cama, junto al orinal.
Llegó
a Barcelona. Estaba desorientado y agitado, no sabía por dónde empezar. Vigilante,
alerta y desconfiado salió de la estación. Andaba más deprisa de lo que
acostumbraba y no era por la contagiosa vitalidad de la ciudad, era por el
desconocimiento y el miedo. Una irrupción de melancolía le llevó hasta el
puerto.
Vio
el mar, los barcos y encastrada entre las construcciones una casa baja, Correos.
Desasosegado entró. Sumando valor y contención le pidió al funcionario
-
Un
sello para España, por favor
Sacó
un sobre arrugado y cerrado, chupó el sello, preguntó por el buzón y
desapareció por el puerto de Barcelona arropado por un cielo huidizo,
transparente e incoloro.
Querido
Primitivo:
Te
escribo estas cuatro letras para decirte que no estoy en Madrid. Piadosamente
os he mentido y me he venido a Barcelona. Nada más llegar he ido a ver el mar, no
acierto a describirte cómo es. Tiene un color azul que nunca hubiese podido
imaginar y no tiene fin. Contemplar sus aguas te llena la imaginación de
destellos. Aquí todo es luz, bueno todo no, es como si un brujo hubiese hecho
desaparecer el color marrón, alargado el horizonte y limpiado el cielo.
Me
he llegado a Barcelona porque me voy de España con destino a América. El
paisaje sombrío del pueblo me ha enseñado que hermosura y fuerza son la misma
cosa, justo lo que nos contaba el maestro de Hispanoamérica.
Ya sé que no es sencillo lo hemos hablado
muchas veces cuando veníamos de trabajar en el campo, pero lo tengo decidido. Ya
tengo mi billete de tercera y muy pronto embarcaré. Quiero que seas tú el que
se lo cuente a mis padres. Yo no hubiese podido aguantar su catálogo de
inocencias. Explícaselo también a la Sole hazle ver que la eternidad no existe.
Que se olvide de mí y haga lo que tenga que hacer. Que su rostro recobre la
belleza reposada y tranquila que siempre recordaré. No quiero dejar una viuda
de vivo.
Primitivo,
tengo miedo. No temo por mi vida, no temo cruzar el océano, ni sentir el peso
de la nostalgia, sé que esto es un sinsentido que me conduce en dirección
contraria a lo que dicta la razón. Únicamente me aterroriza no alcanzar el
inventario de simplicidades que en tantas ocasiones hemos comentado e imaginado
juntos durante los destellos de las sombras del invierno, en la atmosfera de
calor de primavera y en los ardientes y secos veranos. Tengo miedo a tener que
volver con las manos vacías, a defraudaros a todos, a tener que explicar que no
he sido capaz, a tener que dar la razón a los que siempre nos han dicho: “¿dónde
vas a ir que mejor estés? ” Tengo miedo a volver al cobijo de la casa de mis
padres, al silencio forzado de las comidas, a las miradas de mi madre
reprochándome que les haya hecho sufrir sin necesidad; a tener que cargar con
un mote que heredarían mis hijos y sus familias. Esto es lo que me aterroriza. Primi,
tú amigo mío eres la única persona a la que se lo puedo contar porque estas cosas
no se le pueden decir ni a un padre ni a un hermano.
Llevo
conmigo las fotos de los míos, la tuya y la de la Sole. No puedo prometerte
cuándo te volveré a escribir porque ni tan siquiera sé por dónde voy a empezar.
Solo sé que tengo que irme.
Siempre
tuyo afectísimo, Eloy.
Alicia Luengo
Escribano Germán
Domínguez Adrio
Genial, me ha encantado. Muy bien las descripciones, haces que se vivan desde dentro. Le deseo mucha suerte a Eloy en su nueva vida. Un abrazo grandote.
ResponderEliminarMe ha gustado el relato, en pocas palabras se describen los caracteres de los personajes importantes, el tedio,la pobreza, la dureza de una vida sin futuro.
ResponderEliminarVencer el miedo es el principal triunfo