CON ESTE RELATO HE OBTENIDO UNA MENCIÓN DE HONOR EN EL II CERTAMEN LITERARIO MIGUEL TEBAR.
LA RUTA DE LOS CUATROMILES
La luz blanca de los relámpagos
entra por las ventanas. Siento que he dormido suficiente, aunque me encuentro
en esa fase del sueño en la que la mente está invadida de pensamientos
dispersos y desordenados. Me asaltan infinidad de recuerdos. Uno de ellos irrumpe
con fuerza. Me tumbo y miro la luz de los relámpagos. Acuden a mi cerebro las
imágenes de la ruta de los cuatromiles al Mont Blanc que hice en los 80.
En aquellas fechas mi relación
con Silvia era tormentosa. Para mejorarla nos planteamos un viaje. César y Asun
nos propusieron ir a los Alpes. Silvia, experimentada montañera, se mostró entusiasmada
y decidimos finalizar nuestro periplo en esas montañas. Esa fue la primera vez que
fui a los Alpes, sin apenas experiencia.
Llegamos a Chamonix desde Suiza.
Una vez cruzada la frontera con Francia me inundó un mar de emociones. Identificaba
multitud de montañas. Las que más me impactaron fueron las graníticas Torres
del Dru.
-
Qué ganas tenías de venir aquí, Andrés. Se te ha
iluminado la cara en cuanto hemos entrado en el valle- dijo Silvia.
-
Silvia, cuando era un niño mi hermano y yo,
ocasionalmente, íbamos al centro de Madrid. En la plaza de España se encontraba
la sede de Swiss Air. Al fondo del mostrador había un mural del Cervino que
ensimismados admirábamos pensando que algún día visitaríamos los Alpes.
Llegamos a Chamonix y sin perder un
minuto nos encaminamos hacia el camping donde esperábamos que Asun, César,
Julián y Carlos estuviesen instalados. Cuando atravesamos la puerta del camping
y observando cómo el horizonte se detenía en la línea de los cuatromiles al
Mont Blanc, no veíamos a nadie conocido.
-
Hola, soy Carlos, vosotros debéis ser Andrés y
Silvia- nos saludó un desconocido.
-
¡Hola! Sí somos nosotros ¿cómo nos has
reconocido? – contestó Andrés
-
Fácil, me han dicho Asun y César que cuando
viese entrar a una pareja de bajitos, sonrientes seríais vosotros y no ha sido
muy difícil identificaros.
-
¿Dónde están los demás? - pregunté yo.
-
Asun y César se han acercado al pueblo a comprar
material y Julián, al que tampoco conozco, todavía no ha llegado- contestó
Carlos.
Andrés masculló, “Julián, como
siempre, dando muestras de su arrogancia, aparecerá en el último momento con su
Porsche”.
-
Es raro que no haya llegado. -afirmó Silvia.
-
Bueno, Carlos, si te parece nos instalamos y
revisamos el material mientras vuelven Asun y César, para comer juntos. - dije
yo.
Nos dirigimos hacia las tiendas
de campaña donde todo estaba en perfecto orden.
Carlos nos entregó nuestros
petates y antes de que llegaran Andrés y Asun teníamos todo organizado. Me
senté a observar las montañas que nos envolvían, tan próximas como
inasequibles: la Aiguille du Midi, los glaciares de Bossons y la Mer de Glace y
la ruta de los cuatromiles, esa barrera blanca empapada de luz glaciar que
marca la frontera de un mundo que termina en el Mont Blanc.
Oímos el coche de Asun y César.
Nos saludamos mostrando por mi parte gestos de una amistad poco afín con César.
Silvia los recibió con excesiva alegría.
-
Hemos comprado algo de material y hemos visto la
meteo, dan una ventana de buen tiempo mañana y pasado. Deberíamos salir esta tarde
en el último teleférico de la Aiguille de Midi y hacer la ruta de los
cuatromiles - dijo César con el apoyo de Asun.
-
Pero falta Julián- observó Silvia.
Silvia siempre pensando en
Julián. Yo contesté que esta era la fecha prevista y que no podíamos
desperdiciar la oportunidad de tiempo favorable. Todos estuvieron de acuerdo
conmigo incluido Carlos al que le sorprendió la rapidez con que tomábamos la
decisión. Así, sin perder tiempo, empezamos a prepararnos.
Por fin apareció Julián con su
deportivo y su característico aire de superioridad.
-
Yo estoy dispuesto a empezar esta misma tarde- afirmó
Julián.
-
Formaremos tres cordadas: Silvia y Andrés,
Julián y Carlos y Asun y yo-dijo César.
De camino al teleférico me invadió
un cierto desasosiego, empecé a cuestionarme mis capacidades ¿tenía la
suficiente experiencia para afrontar esta ruta? ¿Mi condición física me
permitiría seguir al resto del grupo o sería una rémora? Me invadió la
inquietud mientras oía con lejanía las conversaciones de mis compañeros: Las
palabras vacuas de Julián, al que Silvia prestaba demasiada atención; la
arrogancia de César que ya se veía en la cumbre del Mont Blanc y la lúcida y
animosa conversación que mantenían Asun y Silvia.
Llegamos a la última estación del
teleférico y nos dirigimos al túnel que indicaba “alpinistas”. Al final de la
galería apreciamos la grandiosidad de esas montañas. Así, nos vimos frente a
una arista de nieve que intentaba retenernos. Sin dudar, Silvia dio un salto,
se sujetó bien con el piolet y gritó:
-
¡Vamos, el refugio de los Cósmicos está ahí
mismo!
Saltamos todos y sin más
iniciamos el camino. Llegamos a cenar y a descansar hasta las tres de la mañana,
en que empezaríamos el ascenso al Mont Blanc de Tacul.
Ya en la litera, me invadieron de
nuevo las dudas sobre mi estado de forma. Mezcladas con ellas surgieron imágenes
de los buenos momentos que habíamos pasado Silvia y yo haciendo turismo. Me hice
la ilusión de que habíamos sido capaces de limar nuestras diferencias.
Mi desasosiego me despertó, avisé
a los demás y después de desayunar, nos encontrámos en la puerta del refugio
encordados, con los piolets y los crampones dispuestos a afrontar las primeras
rampas. La luz fría de la luna nos acompañaba.
Comenzamos por la traza de ascenso
al Mont Blanc de Tacul con una pendiente de unos cuarenta grados. Con las
primeras rampas nos íbamos desprendiendo del frío. Todavía era de noche, avanzábamos
con la luz de nuestros frontales. La nieve estaba dura y los crampones nos
ayudaban a progresar con rapidez.
Inmediatamente, Julián pidió que
nos paráramos porque se le había soltado la cinta de un crampón, un error de
principiante. Nos detuvimos hasta que se los ató y continuamos. Apenas media
hora después a Julián se le volvió a soltar otro crampón. Carlos, molesto, le
reprochó su torpeza. Estábamos llegando a las primeras barreras de seracs. César
le ató las cintas de los crampones mientras los demás contemplábamos la escena
desconcertados.
Por suerte en esa zona las
grietas estaban muy tapadas y pudimos salvarlas fácilmente por los puentes de
nieve. Al salir de la zona media de la ascensión, cuando la pendiente dejaba de
suavizarse, había que superar una grieta bastante ancha donde los guías de
Chamonix habían colocado una escalera de madera. Silvia y yo la pasamos con
soltura a pesar de que en el centro cimbreaba, lo que exigía extremar las
precauciones. Nos seguían Carlos y Julián que se habían percatado de la
vibración. Con la angustia a flor de piel Julián le pidió a Carlos que pasara él
primero y que montase un seguro al final de la grieta.
-
Si tengo que asegurarte aquí vamos a ralentizar
mucho la marcha y nos queda demasiado recorrido- objetó Carlos.
César reaccionó rápidamente:
-
¡Silvia,
ayuda a Carlos a montar un seguro al final de la escalera!
Julián se movía con lentitud
desde las primeras dificultades por lo que tanto César como Carlos le reprocharon
su escasa preparación y le sugirieron que volviese al refugio. Silvia comentó
que a medida que Julián se fuese calentando iría mucho mejor.
No entendía esa defensa ciega de
Julián por Silvia ni ayudaba la evidente complicidad entre ellos. Carlos dijo
que continuásemos y que fuese Julián el que se autoevaluase antes de entrar en
la parte rocosa de la cumbre donde la montaña se ponía más vertical.
Momentos antes de arrancar pude
ver cómo Asun se aproximaba a Silvia y casi susurrando le dijo: “…con Andrés
delante”.
Nos adentrábamos en la zona alta
de la montaña y teníamos que pasar debajo de una barrera de seracs, por lo que
había que moverse con premura. Carlos demostraba con sus gestos no ir cómodo
formando cordada con Julián; César y Asun comentaban su sorpresa por el bajo
nivel de Julián a lo que se unía cierto desconcierto por haberlo encordado con
Carlos sin que se conociesen previamente. Silvia defendía que esta cumbre no
tenía especial dificultad y que, si yo iba bien, Julián podría superarlo – una
odiosa comparación -. Yo no dejaba de
sorprenderme por la actitud de Silvia.
Dejamos que César y Asun fueran
la primera cordada. Nosotros nos situamos los últimos, detrás de Carlos y
Julián. En poco tiempo llegamos al hombro entre el Mont Maudit y el Tacul y accedimos
fácilmente al plató que hay encima. Ya estábamos debajo de la arista cimera,
una zona rocosa protegida con algunos clavos, cuando Silvia ayudó a que pasáramos
hasta llegar a la cumbre. Como el hielo
fracturado de los seracs, la cohesión del grupo se quebraba.
Julián estaba decidido a
continuar. Los retrasos que habíamos acumulado nos impidieron disfrutar de la
cumbre, especialmente a mí que era mi primera vez en un cuatromil. No obstante,
pude contemplar un amanecer que me dejó sin respiración. Los rayos de sol junto
al brillante mundo de la nieve y el hielo, reflejaban una luz que aún hoy
recuerdo nítidamente.
Descendimos hacia el collado del
Mont Maudit observando los seracs que se encontraban por debajo de nosotros. Ya
estábamos en los bloques. Julián observaba a Silvia constantemente.
Cuando acelerábamos Julián se resentía.
Carlos impaciente, entendía que encordarse con Julián les ponía en peligro y
todavía había que ascender al collado con el paso más arriesgado del recorrido,
una rampa de casi cien metros y de más de cincuenta grados de inclinación. Para
superarla se precisaban dos largos de cuerda montando una reunión entre medias.
Julián, a pesar de sentirse protegido desde arriba por Carlos, no se sentía
seguro.
César y Asun habían acelerado y
estaban esperándonos en el collado del Maudit, incómodos. Empezaba a darme
cuenta de que en la relación entre Julián y Silvia yo ocupaba un lugar
secundario y me sentía vacío como el interior de las grietas que habíamos
atravesado.
Estábamos en el collado del Mont
Maudit cuando Carlos explotó:
-
Yo me niego a seguir encordado con Julián.
-
Julián, esto no es ningún juego y me sorprende
tu falta de sinceridad- intervino César.
-
Esto no es solo responsabilidad de Julián,
Silvia tiene mucho que explicar de por qué nos encontramos así- precisó Asun.
Mientras tanto, Julián y Silvia
permanecían callados.
Yo no pude articular palabra. En
mi interior bullían miles de inquietudes, pero el amor y el desamor cocinados
en la misma sartén a veces te iluminan. De repente, en un rasgo de lucidez, pude
ver claramente que el grupo se había resquebrajado como el hielo del glaciar. Sin
dar oportunidad a que nadie me contradijera, dije con firmeza:
-
A partir de aquí yo continuaré encordado con
Carlos, Silvia con Julián y César seguirá con Asun. Iremos avanzando cada
cordada independientemente de cómo vayan las demás.
En ese momento únicamente quería
estar solo. Atarme con Carlos era la mejor opción ante los acontecimientos.
Una vez reorganizadas las
cordadas, Silvia y Julián decidieron no subir a la cumbre del Maudit. Todos los
demás nos encaminamos a la cima. Descendimos hacia el collado de la Brenva y
nos desviamos hacia la pala que nos llevaba al pico. Íbamos en silencio,
nadando en un mar de nieve. Por fin, superé mis inseguridades, ahora sí me veía
capaz de llegar a la cumbre del Mont Blanc. Estaba lúcido y sereno. Iba el
primero en la cordada, inmerso en un remolino de odios y afectos. Carlos había ganado
en seguridad y estaba cómodo siguiéndome. Abrí huella hasta la cumbre y notaba
cómo se incrementaba mi energía a cada paso. Observaba el paisaje y lo veía
como la representación de algo ya vivido.
Hicimos cumbre media hora antes
que Asun y César. Para nuestra sorpresa Asun iba delante siguiendo nuestras
huellas y Carlos mostraba signos de cansancio.
Una vez reunidos todos en la cúspide
no nos felicitamos. Carlos y yo decidimos quedarnos a disfrutarla mientras que
Asun y César continuaron para intentar alcanzar a Silvia y Julián. César no podía
abandonar a su amigo.
Absortos, permanecimos en la cumbre
más tiempo del prudente. Carlos estaba abstraído con la visión del Mont Blanc. Ahora
sí tenía la certeza de que lo iba a conquistar. Un sinfín de pensamientos me
asaltaron. Comprendí que Silvia me había
tratado con crueldad, convencida de que podía disfrutar de una doble vida.
A partir de ese momento, las
dificultades técnicas habían concluido. Bajaríamos hasta el collado de la
Brenva para ascender por una pendiente uniformemente aburrida hasta la cumbre
del Mont Blanc. Caminaba con una inesperada tranquilidad.
Íbamos rápidos a pesar de que la
nieve estaba blanda. Únicamente nos teníamos que preocupar de que no se nos
acumulase nieve en la base de los crampones, se nos formasen zuecos y resbalásemos.
Nos sacudíamos, con la cadencia de nuestro paso, los crampones con el piolet. La
monotonía de la cuesta incrementaba el aburrimiento. Carlos veía cómo se iba a
cumplir uno de sus sueños: ollar la cumbre del Mont Blanc y yo solo tenía
presente la infidelidad de Silvia. Pero este pensamiento no me impedía continuar.
Adelantamos a Silvia y a Julián
sin cruzar palabra, apenas intercambiamos unas miradas cargadas de indiferencia.
Carlos y yo habíamos imprimido un ritmo ligero. Poco tiempo después alcanzaríamos
a Asun y César. Asun, sorprendentemente, arrastraba de la cuerda a César.
-
Andrés, cuando lleguéis a la cumbre esperadnos a
todos- pidió Asun.
Carlos contestó que nosotros
íbamos bien y que llevábamos retraso por lo que pensábamos bajar lo más
rápidamente posible, sin esperar a nadie.
-
Pero tened en cuenta que tanto Julián como César
van justos de fuerzas y probablemente tendréis que ayudarnos- dijo Asun.
-
Si te parece llegamos a la cumbre y allí
decidimos qué hacer- accedí yo.
Carlos y yo continuamos. Algo me
impulsaba a ayudar a Asun y Silvia. Poco tiempo después estábamos en la cumbre.
-
Mira cómo está la ruta del Dôme de Gouter- señaló
Carlos.
Una línea continua de cordadas
ascendía por la arista, lo que nos hizo plantearnos bajar hasta el refugio Vallot
para proseguir por al gran Plató del glaciar de Bossons, hasta alcanzar el
refugio des Grands Mullets y cruzar el glaciar de Pellerins hasta la estación
intermedia de la Aiguille de Midi. Si César
y Julián estaban fatigados podrían vivaquear en el refugio Vallot, recuperarse
y, al día siguiente, continuar el descenso guiados por Asun y Silvia.
-
Ellas conocen bien el recorrido y podrán instalar
algún seguro para pasar por las grietas- dije yo.
Llegaron Asun y César. Le
explicamos a Asun nuestra idea y solo comentó que todavía quedaba bastante luz
para intentar llegar al refugio de Gouter.
-
No obstante, yo estaría más segura si bajáramos los
seis, por cualquiera de los dos sitios- dijo Asun.
César únicamente articuló a decir:
-
Lo que decidáis, está bien.
Mientras llegaban Julián y
Silvia, Asun hizo un pequeño aparte conmigo para disculparse por su
comportamiento en el último año. Tanto César como ella sabían de la relación entre
Silvia y Julián. Ahora entendían que no habían actuado correctamente, pero que
esperaban que, en esos momentos, no les dejásemos solos. No era precisamente
una disculpa.
Fue entonces cuando fui
consciente de que para terminar bien era necesario echar tierra encima de los
recuerdos. La deslealtad de Silvia pasó a ser algo secundario.
Tras una prolongada espera aparecieron
Silvia y Julián. El entusiasmo por llegar al techo de los Alpes se había
transformado en una fatiga indescriptible.
Asun comentó con Silvia las
decisiones que habíamos tomado que aceptó sin protestar. Julián intentó poner
alguna objeción, lo que Silvia impidió con un exabrupto sobre su condición física.
Iniciamos el descenso.
-
A partir de ahora formaremos dos cordadas de
tres. Una con Asun, que bajará primera; César en medio y Carlos que bajará en
última posición. La otra con Silvia que irá la primera porque es la que mejor
conoce el recorrido, Julián en medio y yo el último. Nuestra cordada irá en
cabeza- afirmé yo.
La primera dificultad apareció en
las primeras rampas de acceso a la cima. Enseguida nos encontramos bajando por
la arista cimera, muy afilada, de las Bosses. Silvia y Asun nos guiaron con una
precaución extrema. Sus movimientos eran perfectos. Nos estaban dando una
verdadera lección de cómo moverse en alta montaña. Carlos y yo las seguíamos concentrados.
A Julián y a César se les notaba aturdidos. Al cansancio había que añadir el
tiempo prolongado en alturas superiores a los cuatro mil metros. Una dulce
amargura nos invadía, a pesar de la satisfacción de haber ollado la cumbre del
techo de Europa.
En menos tiempo del que pensamos alcanzábamos
el segundo tramo de la arista Bosse con cuarenta y cinco grados de inclinación.
El tramo no estaba muy agrietado y los pasos firmes de Silvia y Asun añadían seguridad
al grupo. Bajamos más rápido de lo esperado lo que alivió las tensiones de la
convivencia.
Seguimos a buen ritmo, lo que nos
permitió llegar al refugio Vallot rápidamente. A las dificultades a las que nos
enfrentábamos había que añadir que no teníamos sacos de dormir.
Poco después de dejar el refugio
nos desviamos hacia el gran plató del glaciar de Bossons invadidos por una
irresponsable despreocupación. Aquello era lo más parecido a una enorme sartén
de hielo. Hicimos un descanso.
-
Con este calor es fácil que en la parte más
estrecha del petit plató los puentes de nieve se hayan caído y tengamos que
saltar más grietas de las previstas- comentó Silvia.
-
Desde aquí no podemos regresar al refugio de
Gouter. Hay que descender con cuidado hasta antes de llegar al refugio “des
Grands Mulets”.
-
Carlos y Andrés tendrán que ir muy atentos a cómo
evoluciona el cansancio de Julián y César, por si tienen que cruzar alguna
grieta asegurados- advirtió Asun.
-
No perdamos tiempo y continuemos, ya iremos
salvando las dificultades cuando aparezcan- coincidimos Carlos y yo.
Proseguimos y, en efecto, desde
las primeras rampas tuvimos que saltar multitud de grietas inicialmente no muy
anchas.
Cuando ya estábamos mirando de
reojo los bloques de hielo que hay que bordear antes del refugio “des Grands
Mullets” surgió una grieta más ancha. Parecía insalvable. Empezamos a
recorrerla y llegamos a un punto en el que un lomo de hielo emergía en medio
del agujero. Silvia y Asun entendieron que esa era la única opción para
atravesarla.
-
Hay que
dar dos saltos seguidos y en el segundo, apoyándose en un solo pie, volver a
impulsarse para llegar al otro extremo- dijo Silvia.
Mientras estaban decidiendo cómo
instalar un seguro para Julián y César, en un impulso inesperado, pasé la
grieta en dos saltos como había indicado Silvia y grité:
-
¡Es más
sencillo de lo que parece!
Silvia y Asun estaban atónitas
por mi arrojo. Inmediatamente, Julián entre aturdido y celoso decidió ser el
siguiente. Silvia me explicó cómo montar un seguro en el otro extremo.
Julián inició la carrera hasta que
llegando al límite en el que tenía que saltar, tuvo una indecisión y se quedó
plantado con los dos pies en el lomo de hielo. Se empezó a bambolear y temimos
que se cayera. Silvia y yo en un movimiento coordinado tensamos los dos cabos
de la cuerda y le ayudamos a mantener el equilibrio. En esa situación de
inestabilidad tenía que hacer el segundo salto, pero su aturdimiento se lo
impedía. Debía tener tanto miedo que no lo percibía.
-
Julián, tranquilízate. Cuando te sientas más calmado
me avisas. Silvia dejará suelta la cuerda y cuando te des impulso con los dos
pies yo daré un tirón fuerte de la cuerda - animándole.
Todos expectantes, esperábamos convencidos
que la maniobra funcionase. A pesar de las diferencias, tensiones y
desconfianzas, en la montaña siempre se impone el trabajo en equipo.
Finalmente, Julián pasó sin problemas
y cuando se vio seguro, me abrazó sentidamente. Silvia y los demás pasaron sin
dificultades. Silvia me dio las gracias, dulcemente.
Llegamos al Plan de Glacier que
atravesamos sin pararnos por temor a los frecuentes desprendimientos de la
Aiguille de Midi. En poco tiempo estábamos saliendo, cruzábamos el sucio
glaciar des Pelerins y llegábamos a la estación intermedia del teleférico. Habíamos
necesitado más de siete horas para llegar allí desde la cumbre del Mont Blanc y
el sol ya trazaba sus últimos rayos.
El último teleférico había
partido, lo que nos obligaba a dormir allí. Estábamos a dos mil trescientos
metros de altitud y con las chaquetas de plumas teníamos suficiente abrigo para
vivaquear hasta el primer teleférico.
Carlos y yo ordenábamos el
material; Silvia y Asun preparaban un sitio para pecnoctar; César y Julián
comentaban las vicisitudes del recorrido al tiempo que cuestionaban la elección
del itinerario y las capacidades técnicas de Silvia y Asun.
En ese clima un pensamiento repentino
me asaltó: “yo aquí no pinto nada”.
-
Carlos, preferiría terminar esta actividad bajando
por el bosque hasta Chamonix. Aunque lleguemos tarde podremos descansar y
recuperarnos y plantearnos alguna otra actividad- dije yo.
-
De acuerdo- contestó Carlos. Aquí Silvia y Asun
tienen todo controlado y hacer más actividades me seduce.
Dicho y hecho. Lo comentamos con
las chicas que recibieron la noticia con sorpresa. Nos lanzamos con determinación
por la senda que iba a Chamonix.
Bajábamos rápido, sin conversar.
Únicamente repasamos, cada uno por nuestro lado, cómo se había desarrollado la
jornada, las vicisitudes de la travesía, cómo se habían reconfigurado nuestras
relaciones personales. Saltando aquellas grietas la relación con Silvia se
había resquebrajado definitivamente.
-
Andrés, deberías practicar más este deporte. Estás
muy dotado. Con tu nivel afrontar una ruta como esta y cómo te has desenvuelto
tiene mucho mérito. Piénsatelo y si lo ves claro yo te avalo para entres en el
club de César y mío- me comentó Carlos.
Esta fue apenas la única
conversación que mantuvimos durante todo el descenso.
Casi sin darnos cuenta alcanzamos
el Camping. Eran las cuatro de la mañana. Nos dimos una ducha y nos preparamos
para descansar. Vi mi cara abrasada en el espejo. Ahora se me caerá la piel y
tendrá que regenerarse, pensé. Ante esa imagen me asaltó una dulce amargura que
se apoderó de mí. Necesito reconstruir mi vida. Sin más me acerqué a la tienda
de Carlos, que ya estaba semiinconsciente.
-
Carlos, me voy a la estación, me vuelvo a casa,
ya hablaremos.
Tomé el primer tren de la mañana
y me quedé observando cómo se alejaba el valle de Chamonix, sin pensar en nada.
Después de deambular unos cuantos
días por la Costa Brava regresé a casa. Empecé a oír los mensajes del
contestador sin prestarles atención hasta que reconocí la voz de Asun que me
informaba de que de regreso de Chamonix, Julián y Silvia habían tenido un
accidente de tráfico en el que Julián había fallecido. Silvia estaba ingresada
en un hospital en Grenoble. Ellos estaban allí. Me invadió un frío invencible. Recordé
los seductores ojos de Silvia, grandes, hermosos, de mirada clara. Estaba solo
en mi apartamento.
¿Por qué me ha venido ahora a la
mente ese recuerdo? Empecé a desperezarme con los primeros movimientos
matutinos del refugio, parecía que la tormenta eléctrica de la noche había
pasado. Pedro, Juan Carlos, Miguel Ángel, Fernando, Manuel y Lorenzo ya están
en movimiento. Empezamos a recoger y a preparar los macutos. Hoy también nos
espera un día duro que afrontamos con la misma alegría con la que iniciamos la
Transpirenaica. En efecto, Carlos tenía razón, ya llevo más de cuarenta años
practicando montañismo, un deporte que me ha ayudado a entender los paisajes; a
comprender que su práctica es un trabajo de equipo y que nada como el
montañismo para entender las conductas humanas.
Germán Domínguez Adrio
Madrid, 2024
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