CON ESTE RELATO HE OBTENIDO UNA MENCIÓN DE HONOR EN EL II CERTAMEN LITERARIO MIGUEL TEBAR.

 LA RUTA DE LOS CUATROMILES

 

La luz blanca de los relámpagos entra por las ventanas. Siento que he dormido suficiente, aunque me encuentro en esa fase del sueño en la que la mente está invadida de pensamientos dispersos y desordenados. Me asaltan infinidad de recuerdos. Uno de ellos irrumpe con fuerza. Me tumbo y miro la luz de los relámpagos. Acuden a mi cerebro las imágenes de la ruta de los cuatromiles al Mont Blanc que hice en los 80.

En aquellas fechas mi relación con Silvia era tormentosa. Para mejorarla nos planteamos un viaje. César y Asun nos propusieron ir a los Alpes. Silvia, experimentada montañera, se mostró entusiasmada y decidimos finalizar nuestro periplo en esas montañas. Esa fue la primera vez que fui a los Alpes, sin apenas experiencia.

Llegamos a Chamonix desde Suiza. Una vez cruzada la frontera con Francia me inundó un mar de emociones. Identificaba multitud de montañas. Las que más me impactaron fueron las graníticas Torres del Dru.

-          Qué ganas tenías de venir aquí, Andrés. Se te ha iluminado la cara en cuanto hemos entrado en el valle- dijo Silvia.

-          Silvia, cuando era un niño mi hermano y yo, ocasionalmente, íbamos al centro de Madrid. En la plaza de España se encontraba la sede de Swiss Air. Al fondo del mostrador había un mural del Cervino que ensimismados admirábamos pensando que algún día visitaríamos los Alpes.

Llegamos a Chamonix y sin perder un minuto nos encaminamos hacia el camping donde esperábamos que Asun, César, Julián y Carlos estuviesen instalados. Cuando atravesamos la puerta del camping y observando cómo el horizonte se detenía en la línea de los cuatromiles al Mont Blanc, no veíamos a nadie conocido.

-          Hola, soy Carlos, vosotros debéis ser Andrés y Silvia- nos saludó un desconocido.

-          ¡Hola! Sí somos nosotros ¿cómo nos has reconocido? – contestó Andrés

-          Fácil, me han dicho Asun y César que cuando viese entrar a una pareja de bajitos, sonrientes seríais vosotros y no ha sido muy difícil identificaros.

-          ¿Dónde están los demás? - pregunté yo.

-          Asun y César se han acercado al pueblo a comprar material y Julián, al que tampoco conozco, todavía no ha llegado- contestó Carlos.

Andrés masculló, “Julián, como siempre, dando muestras de su arrogancia, aparecerá en el último momento con su Porsche”.

-          Es raro que no haya llegado. -afirmó Silvia.

-          Bueno, Carlos, si te parece nos instalamos y revisamos el material mientras vuelven Asun y César, para comer juntos. - dije yo.

Nos dirigimos hacia las tiendas de campaña donde todo estaba en perfecto orden.

Carlos nos entregó nuestros petates y antes de que llegaran Andrés y Asun teníamos todo organizado. Me senté a observar las montañas que nos envolvían, tan próximas como inasequibles: la Aiguille du Midi, los glaciares de Bossons y la Mer de Glace y la ruta de los cuatromiles, esa barrera blanca empapada de luz glaciar que marca la frontera de un mundo que termina en el Mont Blanc.

Oímos el coche de Asun y César. Nos saludamos mostrando por mi parte gestos de una amistad poco afín con César. Silvia los recibió con excesiva alegría.

-          Hemos comprado algo de material y hemos visto la meteo, dan una ventana de buen tiempo mañana y pasado. Deberíamos salir esta tarde en el último teleférico de la Aiguille de Midi y hacer la ruta de los cuatromiles - dijo César con el apoyo de Asun.

-          Pero falta Julián- observó Silvia.

Silvia siempre pensando en Julián. Yo contesté que esta era la fecha prevista y que no podíamos desperdiciar la oportunidad de tiempo favorable. Todos estuvieron de acuerdo conmigo incluido Carlos al que le sorprendió la rapidez con que tomábamos la decisión. Así, sin perder tiempo, empezamos a prepararnos.

Por fin apareció Julián con su deportivo y su característico aire de superioridad.

-          Yo estoy dispuesto a empezar esta misma tarde- afirmó Julián.  

-          Formaremos tres cordadas: Silvia y Andrés, Julián y Carlos y Asun y yo-dijo César.

De camino al teleférico me invadió un cierto desasosiego, empecé a cuestionarme mis capacidades ¿tenía la suficiente experiencia para afrontar esta ruta? ¿Mi condición física me permitiría seguir al resto del grupo o sería una rémora? Me invadió la inquietud mientras oía con lejanía las conversaciones de mis compañeros: Las palabras vacuas de Julián, al que Silvia prestaba demasiada atención; la arrogancia de César que ya se veía en la cumbre del Mont Blanc y la lúcida y animosa conversación que mantenían Asun y Silvia.  

Llegamos a la última estación del teleférico y nos dirigimos al túnel que indicaba “alpinistas”. Al final de la galería apreciamos la grandiosidad de esas montañas. Así, nos vimos frente a una arista de nieve que intentaba retenernos. Sin dudar, Silvia dio un salto, se sujetó bien con el piolet y gritó:

-          ¡Vamos, el refugio de los Cósmicos está ahí mismo!

Saltamos todos y sin más iniciamos el camino. Llegamos a cenar y a descansar hasta las tres de la mañana, en que empezaríamos el ascenso al Mont Blanc de Tacul.

Ya en la litera, me invadieron de nuevo las dudas sobre mi estado de forma. Mezcladas con ellas surgieron imágenes de los buenos momentos que habíamos pasado Silvia y yo haciendo turismo. Me hice la ilusión de que habíamos sido capaces de limar nuestras diferencias.

Mi desasosiego me despertó, avisé a los demás y después de desayunar, nos encontrámos en la puerta del refugio encordados, con los piolets y los crampones dispuestos a afrontar las primeras rampas. La luz fría de la luna nos acompañaba.

Comenzamos por la traza de ascenso al Mont Blanc de Tacul con una pendiente de unos cuarenta grados. Con las primeras rampas nos íbamos desprendiendo del frío. Todavía era de noche, avanzábamos con la luz de nuestros frontales. La nieve estaba dura y los crampones nos ayudaban a progresar con rapidez.

Inmediatamente, Julián pidió que nos paráramos porque se le había soltado la cinta de un crampón, un error de principiante. Nos detuvimos hasta que se los ató y continuamos. Apenas media hora después a Julián se le volvió a soltar otro crampón. Carlos, molesto, le reprochó su torpeza. Estábamos llegando a las primeras barreras de seracs. César le ató las cintas de los crampones mientras los demás contemplábamos la escena desconcertados.

Por suerte en esa zona las grietas estaban muy tapadas y pudimos salvarlas fácilmente por los puentes de nieve. Al salir de la zona media de la ascensión, cuando la pendiente dejaba de suavizarse, había que superar una grieta bastante ancha donde los guías de Chamonix habían colocado una escalera de madera. Silvia y yo la pasamos con soltura a pesar de que en el centro cimbreaba, lo que exigía extremar las precauciones. Nos seguían Carlos y Julián que se habían percatado de la vibración. Con la angustia a flor de piel Julián le pidió a Carlos que pasara él primero y que montase un seguro al final de la grieta.

-          Si tengo que asegurarte aquí vamos a ralentizar mucho la marcha y nos queda demasiado recorrido- objetó Carlos.

César reaccionó rápidamente:

-           ¡Silvia, ayuda a Carlos a montar un seguro al final de la escalera!  

Julián se movía con lentitud desde las primeras dificultades por lo que tanto César como Carlos le reprocharon su escasa preparación y le sugirieron que volviese al refugio. Silvia comentó que a medida que Julián se fuese calentando iría mucho mejor.

No entendía esa defensa ciega de Julián por Silvia ni ayudaba la evidente complicidad entre ellos. Carlos dijo que continuásemos y que fuese Julián el que se autoevaluase antes de entrar en la parte rocosa de la cumbre donde la montaña se ponía más vertical.

Momentos antes de arrancar pude ver cómo Asun se aproximaba a Silvia y casi susurrando le dijo: “…con Andrés delante”.

Nos adentrábamos en la zona alta de la montaña y teníamos que pasar debajo de una barrera de seracs, por lo que había que moverse con premura. Carlos demostraba con sus gestos no ir cómodo formando cordada con Julián; César y Asun comentaban su sorpresa por el bajo nivel de Julián a lo que se unía cierto desconcierto por haberlo encordado con Carlos sin que se conociesen previamente. Silvia defendía que esta cumbre no tenía especial dificultad y que, si yo iba bien, Julián podría superarlo – una odiosa comparación -.  Yo no dejaba de sorprenderme por la actitud de Silvia.

Dejamos que César y Asun fueran la primera cordada. Nosotros nos situamos los últimos, detrás de Carlos y Julián. En poco tiempo llegamos al hombro entre el Mont Maudit y el Tacul y accedimos fácilmente al plató que hay encima. Ya estábamos debajo de la arista cimera, una zona rocosa protegida con algunos clavos, cuando Silvia ayudó a que pasáramos hasta llegar a la cumbre.  Como el hielo fracturado de los seracs, la cohesión del grupo se quebraba.

Julián estaba decidido a continuar. Los retrasos que habíamos acumulado nos impidieron disfrutar de la cumbre, especialmente a mí que era mi primera vez en un cuatromil. No obstante, pude contemplar un amanecer que me dejó sin respiración. Los rayos de sol junto al brillante mundo de la nieve y el hielo, reflejaban una luz que aún hoy recuerdo nítidamente.

Descendimos hacia el collado del Mont Maudit observando los seracs que se encontraban por debajo de nosotros. Ya estábamos en los bloques. Julián observaba a Silvia constantemente.

Cuando acelerábamos Julián se resentía. Carlos impaciente, entendía que encordarse con Julián les ponía en peligro y todavía había que ascender al collado con el paso más arriesgado del recorrido, una rampa de casi cien metros y de más de cincuenta grados de inclinación. Para superarla se precisaban dos largos de cuerda montando una reunión entre medias. Julián, a pesar de sentirse protegido desde arriba por Carlos, no se sentía seguro.

César y Asun habían acelerado y estaban esperándonos en el collado del Maudit, incómodos. Empezaba a darme cuenta de que en la relación entre Julián y Silvia yo ocupaba un lugar secundario y me sentía vacío como el interior de las grietas que habíamos atravesado.

Estábamos en el collado del Mont Maudit cuando Carlos explotó:

-          Yo me niego a seguir encordado con Julián.

-          Julián, esto no es ningún juego y me sorprende tu falta de sinceridad- intervino César.

-          Esto no es solo responsabilidad de Julián, Silvia tiene mucho que explicar de por qué nos encontramos así- precisó Asun.

Mientras tanto, Julián y Silvia permanecían callados.

Yo no pude articular palabra. En mi interior bullían miles de inquietudes, pero el amor y el desamor cocinados en la misma sartén a veces te iluminan. De repente, en un rasgo de lucidez, pude ver claramente que el grupo se había resquebrajado como el hielo del glaciar. Sin dar oportunidad a que nadie me contradijera, dije con firmeza:

-          A partir de aquí yo continuaré encordado con Carlos, Silvia con Julián y César seguirá con Asun. Iremos avanzando cada cordada independientemente de cómo vayan las demás.

En ese momento únicamente quería estar solo. Atarme con Carlos era la mejor opción ante los acontecimientos.

Una vez reorganizadas las cordadas, Silvia y Julián decidieron no subir a la cumbre del Maudit. Todos los demás nos encaminamos a la cima. Descendimos hacia el collado de la Brenva y nos desviamos hacia la pala que nos llevaba al pico. Íbamos en silencio, nadando en un mar de nieve. Por fin, superé mis inseguridades, ahora sí me veía capaz de llegar a la cumbre del Mont Blanc. Estaba lúcido y sereno. Iba el primero en la cordada, inmerso en un remolino de odios y afectos. Carlos había ganado en seguridad y estaba cómodo siguiéndome. Abrí huella hasta la cumbre y notaba cómo se incrementaba mi energía a cada paso. Observaba el paisaje y lo veía como la representación de algo ya vivido.

Hicimos cumbre media hora antes que Asun y César. Para nuestra sorpresa Asun iba delante siguiendo nuestras huellas y Carlos mostraba signos de cansancio.

Una vez reunidos todos en la cúspide no nos felicitamos. Carlos y yo decidimos quedarnos a disfrutarla mientras que Asun y César continuaron para intentar alcanzar a Silvia y Julián. César no podía abandonar a su amigo.

Absortos, permanecimos en la cumbre más tiempo del prudente. Carlos estaba abstraído con la visión del Mont Blanc. Ahora sí tenía la certeza de que lo iba a conquistar. Un sinfín de pensamientos me asaltaron.  Comprendí que Silvia me había tratado con crueldad, convencida de que podía disfrutar de una doble vida.

A partir de ese momento, las dificultades técnicas habían concluido. Bajaríamos hasta el collado de la Brenva para ascender por una pendiente uniformemente aburrida hasta la cumbre del Mont Blanc. Caminaba con una inesperada tranquilidad.

Íbamos rápidos a pesar de que la nieve estaba blanda. Únicamente nos teníamos que preocupar de que no se nos acumulase nieve en la base de los crampones, se nos formasen zuecos y resbalásemos. Nos sacudíamos, con la cadencia de nuestro paso, los crampones con el piolet. La monotonía de la cuesta incrementaba el aburrimiento. Carlos veía cómo se iba a cumplir uno de sus sueños: ollar la cumbre del Mont Blanc y yo solo tenía presente la infidelidad de Silvia. Pero este pensamiento no me impedía continuar.

Adelantamos a Silvia y a Julián sin cruzar palabra, apenas intercambiamos unas miradas cargadas de indiferencia. Carlos y yo habíamos imprimido un ritmo ligero. Poco tiempo después alcanzaríamos a Asun y César. Asun, sorprendentemente, arrastraba de la cuerda a César.

-          Andrés, cuando lleguéis a la cumbre esperadnos a todos- pidió Asun.

Carlos contestó que nosotros íbamos bien y que llevábamos retraso por lo que pensábamos bajar lo más rápidamente posible, sin esperar a nadie.

-          Pero tened en cuenta que tanto Julián como César van justos de fuerzas y probablemente tendréis que ayudarnos- dijo Asun.

-          Si te parece llegamos a la cumbre y allí decidimos qué hacer- accedí yo.

Carlos y yo continuamos. Algo me impulsaba a ayudar a Asun y Silvia. Poco tiempo después estábamos en la cumbre.

-          Mira cómo está la ruta del Dôme de Gouter- señaló Carlos.

Una línea continua de cordadas ascendía por la arista, lo que nos hizo plantearnos bajar hasta el refugio Vallot para proseguir por al gran Plató del glaciar de Bossons, hasta alcanzar el refugio des Grands Mullets y cruzar el glaciar de Pellerins hasta la estación intermedia de la Aiguille de Midi.  Si César y Julián estaban fatigados podrían vivaquear en el refugio Vallot, recuperarse y, al día siguiente, continuar el descenso guiados por Asun y Silvia.

-          Ellas conocen bien el recorrido y podrán instalar algún seguro para pasar por las grietas- dije yo.

Llegaron Asun y César. Le explicamos a Asun nuestra idea y solo comentó que todavía quedaba bastante luz para intentar llegar al refugio de Gouter.

-          No obstante, yo estaría más segura si bajáramos los seis, por cualquiera de los dos sitios- dijo Asun.

 César únicamente articuló a decir:

-          Lo que decidáis, está bien.

Mientras llegaban Julián y Silvia, Asun hizo un pequeño aparte conmigo para disculparse por su comportamiento en el último año. Tanto César como ella sabían de la relación entre Silvia y Julián. Ahora entendían que no habían actuado correctamente, pero que esperaban que, en esos momentos, no les dejásemos solos. No era precisamente una disculpa.

Fue entonces cuando fui consciente de que para terminar bien era necesario echar tierra encima de los recuerdos. La deslealtad de Silvia pasó a ser algo secundario.

Tras una prolongada espera aparecieron Silvia y Julián. El entusiasmo por llegar al techo de los Alpes se había transformado en una fatiga indescriptible.

Asun comentó con Silvia las decisiones que habíamos tomado que aceptó sin protestar. Julián intentó poner alguna objeción, lo que Silvia impidió con un exabrupto sobre su condición física. Iniciamos el descenso.

-          A partir de ahora formaremos dos cordadas de tres. Una con Asun, que bajará primera; César en medio y Carlos que bajará en última posición. La otra con Silvia que irá la primera porque es la que mejor conoce el recorrido, Julián en medio y yo el último. Nuestra cordada irá en cabeza- afirmé yo.

La primera dificultad apareció en las primeras rampas de acceso a la cima. Enseguida nos encontramos bajando por la arista cimera, muy afilada, de las Bosses. Silvia y Asun nos guiaron con una precaución extrema. Sus movimientos eran perfectos. Nos estaban dando una verdadera lección de cómo moverse en alta montaña. Carlos y yo las seguíamos concentrados. A Julián y a César se les notaba aturdidos. Al cansancio había que añadir el tiempo prolongado en alturas superiores a los cuatro mil metros. Una dulce amargura nos invadía, a pesar de la satisfacción de haber ollado la cumbre del techo de Europa.

En menos tiempo del que pensamos alcanzábamos el segundo tramo de la arista Bosse con cuarenta y cinco grados de inclinación. El tramo no estaba muy agrietado y los pasos firmes de Silvia y Asun añadían seguridad al grupo. Bajamos más rápido de lo esperado lo que alivió las tensiones de la convivencia.

Seguimos a buen ritmo, lo que nos permitió llegar al refugio Vallot rápidamente. A las dificultades a las que nos enfrentábamos había que añadir que no teníamos sacos de dormir.

Poco después de dejar el refugio nos desviamos hacia el gran plató del glaciar de Bossons invadidos por una irresponsable despreocupación. Aquello era lo más parecido a una enorme sartén de hielo. Hicimos un descanso.

-          Con este calor es fácil que en la parte más estrecha del petit plató los puentes de nieve se hayan caído y tengamos que saltar más grietas de las previstas- comentó Silvia.

-          Desde aquí no podemos regresar al refugio de Gouter. Hay que descender con cuidado hasta antes de llegar al refugio “des Grands Mulets”.

-          Carlos y Andrés tendrán que ir muy atentos a cómo evoluciona el cansancio de Julián y César, por si tienen que cruzar alguna grieta asegurados- advirtió Asun.

-          No perdamos tiempo y continuemos, ya iremos salvando las dificultades cuando aparezcan- coincidimos Carlos y yo.

Proseguimos y, en efecto, desde las primeras rampas tuvimos que saltar multitud de grietas inicialmente no muy anchas.

Cuando ya estábamos mirando de reojo los bloques de hielo que hay que bordear antes del refugio “des Grands Mullets” surgió una grieta más ancha. Parecía insalvable. Empezamos a recorrerla y llegamos a un punto en el que un lomo de hielo emergía en medio del agujero. Silvia y Asun entendieron que esa era la única opción para atravesarla.

-           Hay que dar dos saltos seguidos y en el segundo, apoyándose en un solo pie, volver a impulsarse para llegar al otro extremo- dijo Silvia.

Mientras estaban decidiendo cómo instalar un seguro para Julián y César, en un impulso inesperado, pasé la grieta en dos saltos como había indicado Silvia y grité:

-           ¡Es más sencillo de lo que parece!

Silvia y Asun estaban atónitas por mi arrojo. Inmediatamente, Julián entre aturdido y celoso decidió ser el siguiente. Silvia me explicó cómo montar un seguro en el otro extremo.

Julián inició la carrera hasta que llegando al límite en el que tenía que saltar, tuvo una indecisión y se quedó plantado con los dos pies en el lomo de hielo. Se empezó a bambolear y temimos que se cayera. Silvia y yo en un movimiento coordinado tensamos los dos cabos de la cuerda y le ayudamos a mantener el equilibrio. En esa situación de inestabilidad tenía que hacer el segundo salto, pero su aturdimiento se lo impedía. Debía tener tanto miedo que no lo percibía.

-          Julián, tranquilízate. Cuando te sientas más calmado me avisas. Silvia dejará suelta la cuerda y cuando te des impulso con los dos pies yo daré un tirón fuerte de la cuerda - animándole.

Todos expectantes, esperábamos convencidos que la maniobra funcionase. A pesar de las diferencias, tensiones y desconfianzas, en la montaña siempre se impone el trabajo en equipo.

Finalmente, Julián pasó sin problemas y cuando se vio seguro, me abrazó sentidamente. Silvia y los demás pasaron sin dificultades. Silvia me dio las gracias, dulcemente.

Llegamos al Plan de Glacier que atravesamos sin pararnos por temor a los frecuentes desprendimientos de la Aiguille de Midi. En poco tiempo estábamos saliendo, cruzábamos el sucio glaciar des Pelerins y llegábamos a la estación intermedia del teleférico. Habíamos necesitado más de siete horas para llegar allí desde la cumbre del Mont Blanc y el sol ya trazaba sus últimos rayos.

El último teleférico había partido, lo que nos obligaba a dormir allí. Estábamos a dos mil trescientos metros de altitud y con las chaquetas de plumas teníamos suficiente abrigo para vivaquear hasta el primer teleférico.

Carlos y yo ordenábamos el material; Silvia y Asun preparaban un sitio para pecnoctar; César y Julián comentaban las vicisitudes del recorrido al tiempo que cuestionaban la elección del itinerario y las capacidades técnicas de Silvia y Asun.

En ese clima un pensamiento repentino me asaltó: “yo aquí no pinto nada”.

-          Carlos, preferiría terminar esta actividad bajando por el bosque hasta Chamonix. Aunque lleguemos tarde podremos descansar y recuperarnos y plantearnos alguna otra actividad- dije yo.

-          De acuerdo- contestó Carlos. Aquí Silvia y Asun tienen todo controlado y hacer más actividades me seduce.

Dicho y hecho. Lo comentamos con las chicas que recibieron la noticia con sorpresa. Nos lanzamos con determinación por la senda que iba a Chamonix.

Bajábamos rápido, sin conversar. Únicamente repasamos, cada uno por nuestro lado, cómo se había desarrollado la jornada, las vicisitudes de la travesía, cómo se habían reconfigurado nuestras relaciones personales. Saltando aquellas grietas la relación con Silvia se había resquebrajado definitivamente.

-          Andrés, deberías practicar más este deporte. Estás muy dotado. Con tu nivel afrontar una ruta como esta y cómo te has desenvuelto tiene mucho mérito. Piénsatelo y si lo ves claro yo te avalo para entres en el club de César y mío- me comentó Carlos.

Esta fue apenas la única conversación que mantuvimos durante todo el descenso.

Casi sin darnos cuenta alcanzamos el Camping. Eran las cuatro de la mañana. Nos dimos una ducha y nos preparamos para descansar. Vi mi cara abrasada en el espejo. Ahora se me caerá la piel y tendrá que regenerarse, pensé. Ante esa imagen me asaltó una dulce amargura que se apoderó de mí. Necesito reconstruir mi vida. Sin más me acerqué a la tienda de Carlos, que ya estaba semiinconsciente.

-          Carlos, me voy a la estación, me vuelvo a casa, ya hablaremos.

Tomé el primer tren de la mañana y me quedé observando cómo se alejaba el valle de Chamonix, sin pensar en nada.

Después de deambular unos cuantos días por la Costa Brava regresé a casa. Empecé a oír los mensajes del contestador sin prestarles atención hasta que reconocí la voz de Asun que me informaba de que de regreso de Chamonix, Julián y Silvia habían tenido un accidente de tráfico en el que Julián había fallecido. Silvia estaba ingresada en un hospital en Grenoble. Ellos estaban allí. Me invadió un frío invencible. Recordé los seductores ojos de Silvia, grandes, hermosos, de mirada clara. Estaba solo en mi apartamento.

¿Por qué me ha venido ahora a la mente ese recuerdo? Empecé a desperezarme con los primeros movimientos matutinos del refugio, parecía que la tormenta eléctrica de la noche había pasado. Pedro, Juan Carlos, Miguel Ángel, Fernando, Manuel y Lorenzo ya están en movimiento. Empezamos a recoger y a preparar los macutos. Hoy también nos espera un día duro que afrontamos con la misma alegría con la que iniciamos la Transpirenaica. En efecto, Carlos tenía razón, ya llevo más de cuarenta años practicando montañismo, un deporte que me ha ayudado a entender los paisajes; a comprender que su práctica es un trabajo de equipo y que nada como el montañismo para entender las conductas humanas.

 

Germán Domínguez Adrio

Madrid, 2024

                                                    

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