VIUDA DE VIVO


Va a haber tormenta, las moscas están pesadísimas, este calor en estas fechas no es normal, ya tenían que empezar las lluvias, susurraba Herminia para sí misma

-     Herminia deja la labor y vamos a empezar a hacer la comida, que padre y el Eloy tienen que estar a punto de llegar y con lo revuelto que esta el tiempo y el polvo del camino las mulas tienen que estar inquietas le grito su madre.

Herminia se sacudió hilos del mandil, colocó la labor en la antigua caja de galletas de hoja de lata, dejó a un lado del corral la silla pequeña de enea y se fue hacia la fregadera. Vio que su hermana Luisa había traído tres tinajas de agua de la fuente. La puerta trasera del corral golpeó fuerte contra el muro y Herminia oyó como su padre y su hermano Eloy, el pequeño de la familia, intentaban controlar a los mulos. Después de un buen rato consiguieron meterlos en el corral. No había mucho tiempo para hacer la sopa y freír los torreznos, únicamente el rato que media entre atar las mulas, cepillarlas un poco el polvo del camino y dejarlas algo de paja para que comieran.

 

Luisa, la hermana de en medio, cuando oyó a las mulas entrar en el corral dejó de atar ristras de ajos, y pasando el delantal por encima de la mesa dejó caer las pieles. Hizo un atillo con las cuerdas de esparto y las dejó en el alfeizar de la ventana. Fue hacia la alacena de la cocina a coger la loza y empezó a poner la mesa. Su madre, Doña Angustias, ya había encendido con pajas la lumbre, el fuego cogió fuerza con las piñas secas e inmediatamente colocó las trébedes.

-       Me tengo que dar prisa en picar el pan y los ajos ¿Dónde estará el pimentón? Madre siempre lo cambia de sitio- dijo Herminia suspirando.

-       ¡Angustias! ¡Herminia! ¿Dónde se ha metido tu madre?  ¿Qué pasa que está todo a oscuras? Abrid las ventanas que, entre un poco de luz, a este paso vamos a tener que encender los candiles y nos vamos a quedar sin petróleo antes de que lleguen los fríos del invierno -gritó don Lorenzo.

           

Eloy se fue a su dormitorio, se sentó en la cama. Los muelles del somier crujieron. Cogió del suelo la caja de postales y de fotos de calendario que había ido coleccionando desde que iba a la escuela. Eran imágenes de mil sitios: de Barcelona, de Madrid, de Bilbao, todas de lugares lejanos. Predominaban las fotos del mar en verano, de horizontes amplios y cielos altos. Las había visto cientos de veces, a la hora del almuerzo; por la tarde antes de ir a la plaza del pueblo por el borde de las calles esquivando las boñigas de mulas que inundaban hasta el último rincón; por las noches con la triste luz del candil cuando se concentra la penumbra y antes de acostarse cuando se agudizan las contradicciones.

 

Al día siguiente mirando hacia donde se iluminan las mañanas empezaba a sentirse aprisionado entre el cielo y la tierra. Otra vez la misma rutina, con la misma ropa, con la misma comida, con el mismo aire, con el mismo cielo gris.

Cuando iba a pasear con su novia Soledad, acarreaba debajo de la chaqueta la caja de zapatos con las fotografías, se las enseñaba e intentaba que soñasen juntos en cómo sería la vida en el interior de esas imágenes. Eran sueños efímeros que le hacían sentirse como un emperador de ninguna parte. Sole enseguida le despertaba y mirándole como si acabasen de descubrir el amor, le preguntaba cuándo empezaría a construir la casa en la parte del corral que les había cedido su padre.

           

-      ¡Eloy! - le sobresaltó el grito de su hermana desde la cocina. ¡A la mesa que te estamos esperando!

Cansino tomó las escaleras como si en vez de la comida le estuviera esperando otro nuevo e idéntico día de su tediosa existencia.

-       ¿Es que no tienes hambre? -le dijo la Herminia sin entender su tardanza. Llevas levantado desde las 6 de la mañana y tienes que comer algo.

-       Pues la verdad sea dicha, no me pide nada el cuerpo- contestó Eloy

-       Esa inapetencia tuya no hay quién la entienda- dijo Herminia.

-       Será el calor- interrumpió la madre viendo las pocas ganas de charla que tenía Eloy. Deja a tu hermano en paz, que la faena le ha dejado sin apetito. Pero todo es empezar, hijo, verás como te animas en cuanto des el primer bocado.

-       No te creas madre, no sé qué me pasa que tengo como un nudo en la barriga que me impide comer -contestó Eloy.

-       Pues verás como la sopa te asienta el estómago- le comentó su madre, mientras le servía dos cazos humeantes y repletos de sopas de ajos.

-       No me sirva más, madre que no voy a poder comer otra cosa- contestó Eloy.

Permanecieron en silencio mientras sorbían la sopa. Herminia observaba a su hermano con atención y con asombro, no entendía ese permanente desasosiego que le acompañaba en todo momento. La angustia de Eloy no era por los calores del final del verano, sino por una inconformidad suya que cada vez era más patente. Doña Angustias, silenciosa organizaba el puchero y distribuía la comida. Siempre pendiente de que no faltara nada a los hombres, tratando de anticiparse a los deseos de su marido o de su hijo. Las chicas, se ocupaban de ellas mismas. La Luisa comía reconcentrada en sus asuntos que no eran más que las tareas que la esperaban después de la siesta: ir a limpiar el corral de las gallinas, ir a echar a los cerdos y pasar por el huerto a recoger las últimas acelgas de la temporada para la cena.

Eloy rompió el silencio para emitir un sonoro suspiro.

-       ¿Qué pasa? ¿No te gusta la sopa? - Preguntó la hermana.

-       No, la sopa está buena, es que no sé si voy a poder con los torreznos -contestó Eloy.

-       Pues haz un esfuerzo que esta tarde tenemos que ir al pinar con la carretilla a ver si partimos unos pinos y empezamos a preparar leña que ya se acerca el otoño. -dijo don Lorenzo.

-       ¡Otra tarde más en el pinar! - suspiró nuevamente Eloy.

-       Pues claro, otra que no será la última. -dijo el padre.

-       Sí, ya sé, que el invierno es largo y duro, pero el verano no es ni menos largo, ni menos duro. Aquí todo es duro, el verano el invierno, el campo, el pinar. - se quejó Eloy. Mirando a su padre de forma grave.

-       ¿Y qué quieres? Así es la vida. - sentenció el padre.

-       Siempre lo mismo. – respondió Eloy mientras abría un pedazo de pan de hogaza y colocaba en su interior cuatro o cinco torreznos recién fritos.

-       Pues en ningún sitio atan los perros con longanizas Eloy. - quiso zanjar el padre.

-       No padre, sí que hay lugares que ofrecen más oportunidades. Sitios donde la gente puede elegir qué hacer y cómo hacerlo. Sitios con mar, sitios con clima templado. Sitios donde la vida es diferente cada día, donde no todo es siempre igual. Sitios llenos de gente. Sitios con gente nueva a la que no les interesa la vida de los demás. Sitios con alegría, con esperanza y con futuro. – dijo Eloy dejando deslizar un alud de emociones.

-       Bueno, ya está el niño de la cabeza a pájaros con la cantinela de siempre. – espetó la Herminia.

 

Por primera vez la Luisa levantó la vista de su plato para interesarse por lo que pasaba a su alrededor. Observó a su hermano. No sabía lo que le pasaba, pero lejos de mostrarse aturdida, sentía una empatía difícil de explicar. La Luisa con sus silencios que se disolvían en la penumbra de la casa sentía por Eloy un afecto sin disimulo, una preferencia injustificada pero inevitable. Y no será porque Eloy fuese especialmente comunicativo con ella, ni que ella le hubiera hecho jamás una confidencia, era un varón, pero la trataba con cariño y ternura. Quizá porque lo había cuidado desde chico como una madre-niña. Los únicos momentos de afecto que había vivido se los debía a su hermano. De una manera primitiva, ruda si se quiere, pero Eloy la trataba con una dulzura que no se conocía en aquella casa. Allí las muestras de afecto y los gestos de cariño no eran frecuentes. A pesar de ello, Eloy se comportaba con su hermana pequeña de forma diferente a como lo hacía con el resto. Ni siquiera la madre era capaz de expresar amor por sus hijos, por eso miró a su hermano con la complicidad del que no entiende al otro, pero lo quiere sin condiciones. Y le sonrió con aquella sonrisa de aceptación que solo aquella hermana le dedicaba.

-       Deja al chico en paz, Herminia - concluyó la madre- que piense lo que quiera con tal de que ayude luego a su padre a traer la leña del   pinar.

 

Nadie continuó con aquella conversación. No era la primera vez y todos sabían que no conducía a nada. No era más que una evasión, una fuga, una ensoñación. Don Lorenzo zanjaba el asunto sentenciado siempre ¿dónde vas a ir que mejor estés? La madre, lejos de sentir preocupación por las inquietudes del hijo, no veía ningún inconveniente en que alimentara sus fantasías con tal de que no se distrajera de sus obligaciones. El padre, en cambio, presentía el peligro.  No hubiera sido capaz de explicarlo, pero no podía evitar asustarse con cada nueva acometida del hijo. Se veía solo, sin el único varón habitando un cuerpo que ya no le daba cobijo. A pesar de aquel desastre tranquilo lo mejor era dejarlo pasar.

Terminamos esta carga de leña y me voy a ver a Primitivo. Llegó a casa, se cambió de alpargatas en la habitación que tenía en la ampliación del corral y salió en busca de su amigo. Atravesando el pueblo iría hasta la fuente, allí, en medio de ese universo fantasmal, esperaría a que su amigo Primitivo, el mayor de la casa del Rufino.

 

Cuando estaba atravesando la plaza se cruzó con el cartero y tras un forzado intercambio de sonrisas le paro para contarle los últimos cotilleos del pueblo. El cartero tenía un sentido peculiar de la discreción, relataba sin reparo alguno, quién había recibido cartas o paquetes e inmediatamente se prodigaba en detalles sobre el contenido de las misivas y el contenido de los paquetes. Afirmaba conocer la situación económica de cada familia, de lo mal que les iba a los ilusos que habían emigrado buscando una vida mejor y sobre todo tenia un perfecto mapa de los sentimientos de todos los vecinos. Era poseedor de la mejor topografía sentimental llegando, incluso, a mejorar la red de intimidades y secretos que conseguía el cura a través de las confesiones. Eloy con un gesto de incomodidad consiguió evitar hablar con él.

 

Llegó a la fuente se sentó en el borde, sintió el frescor del agua a la caída de la tarde y se quedó mirando ensimismado las ondas que se formaban en el pilón con el chorreo del agua. El cielo plomizo que anunciaba una tormenta de verano le transportó a la escuela donde Primitivo, él y todos los de su quinta soportaban a aquel bestia de maestro afecto al régimen. Si explicaba ortografía acababa hablando de cómo la cruzada nacional había salvado y purificado el idioma. Si era aritmética terminaba describiendo lo bien que se calcularon los movimientos de tropas en la guerra. Cuando tocaba religión afirmaba con vehemencia que la verdadera y única religión era la católica. Si describía la geografía universal acababa hablando de los valores imperiales del movimiento nacional enalteciendo el valor de los conquistadores de América, la debilidad y el atraso de sus pobladores, la benignidad de los climas y las enormes riquezas de aquellas las tierras. Eloy y su amigo Primitivo más ausentes que presentes en las clases, únicamente conseguían prestar atención a la asignatura de geografía, imaginando las riquezas de aquellas tierras borrachas de agua de Hispanoamérica donde la exuberancia y la fuerza eran la misma cosa.

 

El ruido de las caballerizas despertó a Eloy. A pocos metros oyó a Primitivo arrear las bestias, que con calor y el cansancio del día respondían dócilmente a sus órdenes.

-       ¡Primi! Le gritó Eloy desde el lavadero, sentado junto a la fuente.

Su amigo, reconoció la voz de Eloy, no reaccionó con premura, sino que prosiguió con lo suyo y sólo cuando se aseguró de que las mulas seguían solas el camino hacia la casa, volvió la cabeza para contestarle:

-       Llevó a las mulas al establo y vengo a buscarte antes de que mi madre encuentre alguna tarea que encargarme, que siempre anda lista para dar trabajo.

-       No tengas prisa, que, aunque ya he terminado de guardar la leña en el casillo, yo estoy entretenido con mis pensamientos – contestó Eloy.

-       Sí, Eloy el fantasioso, ya te conozco, pero tardo poco, no te apures, en eso quedamos - concluyó Primi, alargando la zancada para alcanzar a los mulos.

 

Allí se quedó Eloy en medio de ese universo fantasmal que eran las afueras del pueblo mientras su mente seguía bullendo.

 

Primitivo era el hijo mayor de la Brígida y del Mariano, que había muerto a la temprana edad de 38 años cuando el chaval apenas contaba 12. Prematura e involuntariamente se había convertido en el cabeza de familia en ausencia del padre, siendo como era el único varón de entre los cuatro hermanos. Tras él iban las mellizas Josefina y Piedad, con las que apenas se llevada dos años de diferencia. La última, la Ángeles era cuatro años menor que las hermanas.

 

Buen amigo el Primi, pensó Eloy mientras se anudaba los cordones del pantalón ¿Con quién pasaría mis pocos ratos de ocio si no contara con la compañía de un amigo tan cabal? Sin los paseos furtivos con él los días de Eloy hubieran sido más difíciles de sobrellevar. Con Primitivo soñaba. Se podía permitir cualquier confidencia. No había pensamiento o emoción que no compartieran. Y el Primi no solo le escuchaba en sus largas caminatas, sino que además le entendía. Ni siquiera la Sole era capaz de ponerse en su pellejo y coincidir con él, aunque fuera en un pequeño detalle. La Sole era otra más de los que pensaban que sus pasiones no eran más que errores y que lo más conveniente para ellos era hacerse su propia casa, casarse, trabajar la tierra, tener hijos y así mirándose el uno al otro a lo largo de sus vidas terminar por descubrir el amor.

Eloy estaba seguro de no desear esa vida para él, la Sole no podía ser la guardiana de sus sueños. No tenía claro qué quería hacer con su futuro, pero no le cabía la menor duda de que fuera lo que fuera que hiciese lo haría lejos de allí. Había algo áspero y ardiente que le quemaba desde hacía tiempo.

 

La sola idea de encontrarse con el Primi lo estimuló.  Se incorporó del poyo de piedra en el que estaba recostado y comenzó a pasear alrededor del lavadero mientras canturreaba alguna cancioncilla. Aligeró el paso hasta casi saltar, mientras observaba con el rabillo del ojo el sendero por el que esperaba impaciente ver aparecer la silueta del Primi. Transcurridos apenas 15 minutos lo divisó. Traía el paso ligero y apareció sonriente y tranquilo.

-       ¿Qué tal se ha dado la jornada? -  le preguntó Eloy.

-       Pues ahí seguimos labrando, aún me quedan unos cuantos pedazos que   aviar, pero este año no va a ser bueno, ha llovido muy poco -contestó Primitivo.

-       No hay año bueno Primi.

-       Bueno hombre, tampoco seas así, unos son mejores que otros y éste va a ser de los flojos, se ve venir.

-       A mí cada año me parece peor que el anterior. No tengo ánimo para nada.

-       Pero no permitas que se te agrie el carácter, hombre, que pareces un viejo cascarrabias.

-       Qué más quisiera yo que poder estar contento.

-       Pues termina de decidirte. Si lo que quieres es irte, no lo pienses más. Total, ¿qué te ata a aquí? Tú padre te echará en falta porque eres su heredero, pero él aún está ágil y puede valerse sin ti. Mírame a mí, yo sí que no podría salir, aunque quisiera. Mi madre y mis hermanas dependen de mí. Soy el sostén de la familia, pero tú, tú puedes irte cuando te apetezca. A la Sole te la llevas cuando te hayas hecho un porvenir y santas pascuas.

 

Eloy se puso a reflexionar sobre las últimas palabras de su amigo. Quería romper con todo y no estaba seguro de que eso no incluyera también a la Sole. Dejarlo todo atrás significaba no llevar lastre consigo. Y la Sole no era una mujer dispuesta a la aventura. Era asustadiza y temerosa. No estaba seguro de que estuviera dispuesta a arriesgar, aunque no tuviera nada que perder y la sola idea de salir del pueblo, la paralizaba.  Llevarse a la Sole no entraba en sus planes. Cuando se imaginaba a sí mismo lejos de allí no se veía con ella. Se sentía mezquino y egoísta, pero en su fuero interno sabía que sería un obstáculo. Si, finalmente, se decidía a salir del pueblo lo haría solo. Cuando pensaba en su novia las contradicciones interiores se le agudizaban.

-       No sé si la Sole se vendría conmigo, sentenció en tono dubitativo- dijo Eloy.

-       Claro que sí, hombre. No se va a quedar aquí sola -contestó Primitivo.

-       Sola no se quedaría, y es una buena moza que podría echarse un novio en cuanto quisiera. Es muy apañada y dispuesta para determinadas cosas, pero no para irse del pueblo.

-       Te digo yo que iría detrás de ti donde tú vayas.

-       No estoy yo tan seguro.

 

No quería continuar por aquel camino. No estaba dispuesto a tener que poner una carga más en este lado de la balanza. Ya bastante tenía con sus padres y sus hermanas. Porque les iba a dar un disgusto. No, definitivamente la Sole no era una razón más por la que quedarse. Cambió el tema de la conversación antes de que el aturdimiento que le provocaba se convirtiera en una zozobra inexplicable. Al fin y al cabo, la Sole era joven, fuerte, trabajadora y una mujer de su casa. No le faltarían pretendientes dispuestos a darle todo lo que ella anhelaba.

 

Tomaron el camino del cementerio. Solían recorrer la misma senda cada tarde. El sosiego que se respiraba en el camposanto les daba esa fuerza apacible que tanto ansiaban. Se adentraban en él –la puerta estaba siempre entreabierta- y se sentaban en algún banco de piedra. El aroma de las flores frescas que adornaban algunas lápidas impregnaba el aire que respiraban y allí, cuando empezaba a manifestarse el privilegio de la oscuridad, disfrutaban de su precaria libertad y se abandonaban juntos a sus sueños.

 

Volvieron a casa por el camino de la fuente. A Eloy le ardía la cabeza y decidió meterla en el pilón para que se le limpiasen las ideas y se le enfriase las emociones. Con la cabeza mojada llego a su casa.

-       Eloy ¿quieres cenar algo? – le dijo Herminia.

-       No gracias, Herminia, me voy a la cama – contestó Eloy.

 

La agitación, el calor, el canto de los grillos, el silencio por la falta de brisa no le dejaba dormir. La cabeza no se le había enfriado una larga transfusión de fantasía se apoderó de él ¿Qué hora sería? Era incapaz de medir el tiempo, había perdido todas las referencias. Había llegado, por fin, el tan anhelado momento. Se iría del pueblo sin ningún plan sobre un regreso más o menos inmediato. Quizá sería más acertado decir que volver no se encontraba entre sus planes.

 

Se vio en el tren con su traje y su camisa blanca, con sus zapatos de piel sin arrugas por el uso. No se atrevía a hablar con sus compañeros de departamento, temía que sus comentarios le asustasen más de lo que ya estaba. No había salido jamás del pueblo ni para hacer el servicio militar. Su agitación, su sueño y el hambre iban acompasados con el traqueteo del tren. En su cabeza ya aparecían las imágenes de Barcelona. Eran las mismas que las de la caja de postales, que ya no necesitaba, las había dejado todas debajo de la cama, junto al orinal.

 

Llegó a Barcelona. Estaba desorientado y agitado, no sabía por dónde empezar. Vigilante, alerta y desconfiado salió de la estación. Andaba más deprisa de lo que acostumbraba y no era por la contagiosa vitalidad de la ciudad, era por el desconocimiento y el miedo. Una irrupción de melancolía le llevó hasta el puerto.

 

Vio el mar, los barcos y encastrada entre las construcciones una casa baja, Correos. Desasosegado entró. Sumando valor y contención le pidió al funcionario

-       Un sello para España, por favor

Sacó un sobre arrugado y cerrado, chupó el sello, preguntó por el buzón y desapareció por el puerto de Barcelona arropado por un cielo huidizo, transparente e incoloro.

 

Querido Primitivo:

Te escribo estas cuatro letras para decirte que no estoy en Madrid. Piadosamente os he mentido y me he venido a Barcelona. Nada más llegar he ido a ver el mar, no acierto a describirte cómo es. Tiene un color azul que nunca hubiese podido imaginar y no tiene fin. Contemplar sus aguas te llena la imaginación de destellos. Aquí todo es luz, bueno todo no, es como si un brujo hubiese hecho desaparecer el color marrón, alargado el horizonte y limpiado el cielo.

 

Me he llegado a Barcelona porque me voy de España con destino a América. El paisaje sombrío del pueblo me ha enseñado que hermosura y fuerza son la misma cosa, justo lo que nos contaba el maestro de Hispanoamérica.

 

 Ya sé que no es sencillo lo hemos hablado muchas veces cuando veníamos de trabajar en el campo, pero lo tengo decidido. Ya tengo mi billete de tercera y muy pronto embarcaré. Quiero que seas tú el que se lo cuente a mis padres. Yo no hubiese podido aguantar su catálogo de inocencias. Explícaselo también a la Sole hazle ver que la eternidad no existe. Que se olvide de mí y haga lo que tenga que hacer. Que su rostro recobre la belleza reposada y tranquila que siempre recordaré. No quiero dejar una viuda de vivo.

 

Primitivo, tengo miedo. No temo por mi vida, no temo cruzar el océano, ni sentir el peso de la nostalgia, sé que esto es un sinsentido que me conduce en dirección contraria a lo que dicta la razón. Únicamente me aterroriza no alcanzar el inventario de simplicidades que en tantas ocasiones hemos comentado e imaginado juntos durante los destellos de las sombras del invierno, en la atmosfera de calor de primavera y en los ardientes y secos veranos. Tengo miedo a tener que volver con las manos vacías, a defraudaros a todos, a tener que explicar que no he sido capaz, a tener que dar la razón a los que siempre nos han dicho: “¿dónde vas a ir que mejor estés? ” Tengo miedo a volver al cobijo de la casa de mis padres, al silencio forzado de las comidas, a las miradas de mi madre reprochándome que les haya hecho sufrir sin necesidad; a tener que cargar con un mote que heredarían mis hijos y sus familias. Esto es lo que me aterroriza. Primi, tú amigo mío eres la única persona a la que se lo puedo contar porque estas cosas no se le pueden decir ni a un padre ni a un hermano.

 

Llevo conmigo las fotos de los míos, la tuya y la de la Sole. No puedo prometerte cuándo te volveré a escribir porque ni tan siquiera sé por dónde voy a empezar. Solo sé que tengo que irme.

Siempre tuyo afectísimo, Eloy.

 

Alicia Luengo Escribano                                                         Germán Domínguez Adrio

 

  

Comentarios

  1. Genial, me ha encantado. Muy bien las descripciones, haces que se vivan desde dentro. Le deseo mucha suerte a Eloy en su nueva vida. Un abrazo grandote.

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  2. Me ha gustado el relato, en pocas palabras se describen los caracteres de los personajes importantes, el tedio,la pobreza, la dureza de una vida sin futuro.
    Vencer el miedo es el principal triunfo

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