UN EXTRARRADIO MÁS
Y llegamos a ese lugar donde
únicamente se podían ver aquellos edificios en medio de un descampado yermo de
los muchos que rodeaban la ciudad de Madrid.
Según te acercabas respirabas la
pobreza y la vida apretada que envolvía aquel lugar entre los cultivos de
secano.
Calles sin asfaltar y portales
descubiertos que daban paso a viviendas sin calefacción, con cocinas de carbón
y ventanas de madera por donde circulaba el frío, el calor, la humedad y el
polvo del abandono. Un lugar donde la vida y el olvido pasaban con demasiada
rapidez.
La incomodidad de la vida en el
interior de las casas forzaba a una existencia callejera. La calle era una
habitación más, la de los juegos, la misma que tenían las casas bien del
centro. Allí era donde reinaba la creatividad infantil para divertirse y
desarrollarse con juegos inventados en los que la camaradería con tus
compañeros era lo más importante. Así transcurrían los mejores momentos de
esparcimiento en los que las risas brotaban de nuestras infantiles bocas como
el humo de una chimenea. Imposible tener mejores sueños. Estos momentos únicamente
se veían truncados por los días lluviosos en los que el único entretenimiento
era observar a través de los cristales del balcón cómo se iban formando los
charcos y el barro que se mantendrían durante días.
La escasez de plazas educativas obligaba
a una escolarización tardía en minúsculos colegios privados. En ellos comenzaba
la formación. Niños hacinados en locales comerciales, el gran negocio de los
extrarradios. Amontonados en los pupitres irrumpían las letras del abecedario,
la más simple de las aritméticas y la versión oficial de la Historia y la Literatura.
La única forma de gobernar las abarrotadas aulas era mediante una férrea disciplina
en la que no escaseaban los castigos físicos. Un miedo paralizante se apoderaba
de los niños al despertar para ir a la escuela. Este, era de tal magnitud que
no permitía concentrarse en las explicaciones del maestro. El temor unido a las
penurias económicas terminaba con los proyectos educativos de muchos chavales a
edades demasiado precoces.
Los que conseguían superar el
pánico de la enseñanza primaria, comenzaban una nueva aventura desplazándose a
otras áreas de la ciudad donde descubrían nuevos ambientes ajenos al universo
cultural en el que habían crecido. Asimismo, se ampliaba el espacio que iba más
allá del salón de juegos de su calle.
Al mismo tiempo que se perdía la
habitación de los juegos, comenzaban las desventuras del transporte público.
Después de una jornada escolar y con las fuerzas mermadas, se iniciaba una
odisea hasta regresar a la propia casa oculta entre las penumbras de la calle
desaparecida porque la luz ya no brillaba. Los dormitorios compartidos no eran
el lugar más propicio para hacer los deberes.
Muchos camaradas de juego ya no
estaban porque nada más alcanzar la pubertad se insertaban en un mundo laboral
dominado por los empleos de aprendiz. Aparecía la adolescencia que magnificaba los
sueños, mitificaba mundos desconocidos en los que surgían nuevos anhelos, las
relaciones con las chicas……. Una aspiración en la que nadie conocía los más
elementales códigos de comunicación lo que incrementaba al mismo tiempo el
coraje y las frustraciones.
Sorteando no pocos obstáculos se saltaban
los cursos del bachiller. Se alimentaban los sueños estudiando programas que en
absoluto servían ni para acceder al mercado laboral, ni para brillar en los
estudios universitarios. A pesar de todo, se autoalimentaban el orgullo de clase
al estar finalizando los estudios del bachiller.
En los últimos cursos apareció
una singular asignatura callejera, la formación política que permitía entender los
orígenes y la vida del barrio. Una pulsión de cambio revolucionario inundaba el
ambiente.
Dispuestos a entrar en la
universidad se truncaban de raíz muchos sueños, porque no alcanzaban los
recursos familiares. Era inevitable empezar a trabajar. Surgía el trabajo, un
universo más hostil, que el que habían vivido. El devenir académico y la
escasez situaba a los que ya pasaban a ser los jóvenes en la misma estación en la
que ya estaban aquellos compañeros de juego que habían abandonado su proyecto
formativo cuando apenas cumplían catorce años.
Con sueldos precarios se
iniciaban unos nuevos ciclos vitales que satisfacían las perentorias necesidades
de salir del barrio, de abandonar los primitivos orígenes y de conectar
plenamente con otros territorios. Asimismo, a entender y a habitar el mundo
femenino. Ya sentían el coste de transitar a un futuro mejor al que sin
remisión tendrían que enfrentarse, un nuevo orbe ordenado y peligroso por el
que se navegaba más años de los planeados.
Germán Domínguez Adrio
Febrero 2024
Me gusta. Recreas muy bien el ambiente de pobreza y al mismo tiempo de incertidumbre hacia el futuro por venir. Hemos pasado mucho. Podíamos escribir, yo también a veces escribo, episodios de nuestra niñez, adolescencia y esfuerzos por conseguir un futuro que no teníamos fácil. Sigue escribiendo. Me gusta leerte.
ResponderEliminarMuchas gracias Égica
EliminarCruda realidad. Gracias por el relato.
ResponderEliminarGracias a ti por leerme.
EliminarEs impresionante la tremenda brecha social en el transcurso de las vidas de los barrios, unos tan castigados y otros tan mimados. Qué bien escrito! Cuánto cariño! ❤️
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