SECRETARIO DE AYUNTAMIENTO

 

Ya es septiembre, he recogido la papeleta de derecho mercantil, la asignatura que venía arrastrando desde tercero de carrera. Con esta nota he terminado. Estudiar en la universidad no ha sido más que una sucesión de esperas. Ahora empieza una nueva etapa. No tengo ni idea de cuál será mi futuro, no consigo imaginármelo. A partir de hoy será difícil continuar encerrado en mi habitación con las sesiones de guitarra. Asimismo, se han terminado las reuniones en pisos de estudiantes en los que había que beber hasta la extenuación, fumar porros y jugar a los cantautores para intentar ligarse a la chica más guapa, siempre poniendo límites al compromiso

Tengo que pensar en el siguiente paso y este se esconde como una chispa en una hoguera. Ya estoy en casa y la agitación no disminuye, como el viento que sopla y que zarandea las ramas de los árboles. No puedo consultar con nadie porque no soy más que un personaje que yo mismo me he creado. Estoy en una isla varada en medio de un océano de pensamientos.

Paseo por la ciudad, camino flotando sobre un montón de chatarra y, de repente, como si me hablara el viento recuerdo una conversación en la que se deslizó el comentario de que un conocido había aprobado unas oposiciones a secretario de Ayuntamiento y que no tenían una especial dificultad, ni requerían de un esfuerzo ímprobo.

Voy a una de esas academias de oposiciones y salgo matriculado. Los exámenes para secretario de tercera serán pronto. Tendré que trabajar en una población de menos de 5000 habitantes. Tengo vértigo, yo siempre he vivido en la ciudad, pero lo combato activando la fantasía de la individualidad, diciéndome a mí mismo que será solo por un tiempo. Me han informado de que es fácil conseguir plaza cerca de Madrid. Yo siempre me he creído autosuficiente y estoy seguro de que en ese entorno podré sobrevivir e incluso llegar a ser un referente por la experiencia de vida urbanita que acumulo.

En poco tiempo supero todas las pruebas, solo me queda un curso y a esperar destino. A medida que se acerca el final estoy más aturdido y en no pocas ocasiones me encuentro sosteniendo la noche.

Ya tengo destino, he de incorporarme rápidamente. Mi vida empieza a parecerse a la suma de mis incapacidades. Me tengo que desplazar a un pueblo que ni siquiera soy capaz de situar en un mapa y del que jamás he oído hablar. Me siento frágil, tanto que no tengo deseo alguno, ni percibo ser deseado por nada, ni por nadie.

Ya he llegado al lugar en donde transcurrirán los próximos días de mi vida. He viajado en un coche de segunda mano que me han regalado mis orgullosos padres que veían mi futuro más despejado que yo mismo. Cuando llegué al desvío de la carretera nacional que me iba a depositar en lo que será mi nueva residencia noté que mi vida se dirigía hacia un universo desconocido para mí.

Nada más llegar una balada de jazz triste inundó el coche. Era invierno y ya había caído la noche. No veía a nadie, únicamente me podía relacionar con el viento. Aparqué en la plaza junto al Ayuntamiento que era el único edificio con una ventana iluminada. Antes de tocar la puerta de entrada, se precipitó hacia mí el alcalde que se presentó efusivamente.

-          Tú eres el nuevo secretario.

-          Sí, en efecto, yo soy.

Ni siquiera me dijo su nombre cuando ya empezó a relatarme la cantidad de tarea pendiente que había en la corporación. Asimismo, mencionó en reiteradas ocasiones que era muy joven y que nos íbamos a entender de maravilla, mucho mejor que con el anterior secretario. Un comentario que me dejó entre confundido y escamado.

-          ¡Venga! Vamos a la casa que tenemos reservada para ti.

La vivienda estaba justo encima de las oficinas municipales lo que incrementó mi suspicacia.

Una vez que me pude deshacer del alcalde me instalé con mi guitarra y salí a conocer las calles. La organización urbana era muy simple y la escasa iluminación se terminaba enseguida. No fui capaz de discernir ningún elemento que me arrebatara por su belleza, aunque solo fuese por algún encanto triste. Tampoco había en el ambiente ningún aroma especial, ni tan siquiera un olor que me trajera algún recuerdo. En una esquina de una calle próxima a la plaza había un bar y hacia allí me dirigí. Entré y miré a través del espeso humo del tabaco. Todos eran mucho más mayores que yo y me di cuenta de que mi mirada les llegaba con un atrevimiento entre cándido y vehemente. Me acerqué a la barra, pedí un botellín a la única mujer que había en todo el local, que era de mi edad. Nada más servirme me preguntó que si yo era el nuevo secretario. No llevaba más de una hora y ya me tenían fichado. Enseguida, entre encantadoras sonrisas me empezó a relatar las filias y fobias que organizaban la vida social de la villa. También de a quién me debía arrimar y de quién tenía que desconfiar. Todo eso en poco más de sesenta minutos. Llegué a la conclusión de que todos ellos vivían juntos en este lugar porque ninguno de ellos podría vivir por separado.

Le pregunté si me podía servir algo de comer y la carcajada se oyó en toda la comarca. Aquel era un bar de echar la partida, fumar juntos, criticar a los diferentes círculos de relación y beber mucho vino y mucha cerveza con cacahuetes. Para comer y comprar comida tendría que ir al pueblo cabeza de partido que estaba a 24 kilómetros. No obstante, por la hora que era y considerando que era el joven secretario me ofreció algo de la comida que tenían para ellos, pero tendría que volver más tarde cuando el bar estuviese más vacío. Me fui al piso acompañado de una cantinela monótona que no podía sacarme de la cabeza. Entré en la casa que estaba húmeda y fría, nunca había estado en una vivienda con esa temperatura, era como empezar a vivir en un valle helado, pedregoso y árido.

Sin apenas haber dormido más por el frío que por el nerviosismo que supone salir de lo conocido para entrar en lo desconocido, me levanté. No tuve valor suficiente para darme una ducha. Mi respiración eran soplos de aire cristalizado.

Bajé al ayuntamiento y la oficina estaba todavía más fría que la vivienda. Al rato llegó el alcalde que esta vez tampoco mostró ninguna cortesía conmigo. Aunque no había ninguna nube en el horizonte, me sentía amenazado. Enseguida me llevó hasta lo que sería mi oficina y empezó a abrir, con bastante brusquedad, los armarios que contenían los expedientes. Hasta que no me dijo las prioridades y el sentido en el que tenía que resolverlos no reaccioné porque me había quedado inmóvil y estático. Así podría haber estado un año entero.

El regidor me hablaba desordenadamente, tanto que las ideas se me atropellaban. Sus imprecaciones solo escondían sus intereses particulares a los que según él estaba obligado a dar respuesta. El yo sabio que todos tenemos me hizo reaccionar y casi sin darme cuenta le estaba contestando con las fórmulas que él quería oír y pensando en que ya me enfrentaría al trabajo con mi personal iniciativa. Ya pensaría más adelante cómo atendería sus repetidas demandas.

Pasé la jornada ordenando y priorizando la documentación hasta que llegó la pausa de media mañana. Todavía no había desayunado. Cogí el coche y me fui al pueblo cabeza de partido a desayunar y a comprar comida. Entré en el único supermercado que había y compré desordenadamente, nunca había hecho una cosa como esa y como no sabía cocinar desconocía los ingredientes que necesitaba. No era capaz de recordar las comidas que me preparaba mi madre. Empezaba otro viaje de descubrimiento.

Volví al trabajo y continué con la tarea de organización que me había fijado para todo el día. A la hora de comer subí a la casa, que seguía estando fría. Pregunté al alguacil del pueblo cómo podía remediar lo del frío y me explicó que había un sistema de calefacción que se conectaba desde el Ayuntamiento. Con la nueva temperatura y el incremento del confort mi mente se aclaró y una ola de calor me subió a la cara.

Comí pausadamente y después de abandonarme al sueño que me proporcionó el tener la casa confortable, volví al trabajo. Enfrascado en los papeles se me pasó el tiempo muy rápido, tanto que ya era de noche cuando el alcalde entró gritando y preguntándome cómo iba. Le di otra vez, sin dudarlo, las respuestas que él esperaba oír.

Cuando terminé no sabía si ir al bar o encerrarme en casa y tocar la guitarra, ese instrumento que desataba todos los nudos que habitan dentro de mí. Finalmente decidí ir al bar y para sorpresa mía me encontré con que había un número indeterminado de jóvenes. Me aproximé a la barra donde la misma chica del día anterior me saludó en un tono lo suficientemente alto para que todos aquellos centinelas del paisaje supieran que yo era el nuevo secretario. Pero allí me quedé sin que nadie se acercará a mí. Con un peso extraño en el estómago le comenté a la camarera que me presentase a alguno de los paisanos que allí se encontraban para empezar a compartir con ellos un tiempo que no fue nada y lo fue todo.

La chica del bar ya sabía que tenía cena, todo el mundo sabía que había estado en el supermercado comprando comida. No obstante, me volvió a ofrecer cenar con su familia como el día anterior, pero decliné la invitación me apetecía salir a descubrir la pequeña geografía del lugar. Anduve sin rumbo hasta donde descansan las cuestas y me volví a casa, empecé a tocar la guitarra arrebatado, por la misma tristeza que inundaba el pueblo a esas horas de la tarde.

Las siguientes jornadas transcurrieron más o menos igual con la única diferencia de que ya empezaba a resolver expedientes y a ponérselos a la firma al alcalde o a remitirlos a la diputación provincial o a otros organismos. Llegó el fin de semana como si se levantará un gigante en medio del pueblo. Estaba paralizado, había perdido la seguridad de la rutina diaria. Tenía que poner un límite al tiempo infinito que representaba la tarde del sábado y del domingo. Me pasé los dos días fijo en una roca monótona y aburrida. No toqué la guitarra, no fui al bar, tampoco al supermercado, solo dormí y malcomí. Era incapaz de tener las ideas claras, una intranquilidad que me impedía sentirme en paz conmigo mismo me invadía, la indiferencia y la apatía me colonizaron. Por momentos pensaba que lo mejor era regresar, cambiar de rumbo, volver sobre mis propios pasos. Luego me automotivaba. Por las persianas entraban penachos de luz que me distraían lo suficiente como para ir pasando las horas. Las penas no terminaban de alejarse del todo. A ratos solo deseaba lo que nunca tuve. Cuando amaneció, la oscuridad de la noche cambió por nubarrones negros que entristecían aún más el universo en el que estaba sumido. No encontraba nada que crease alguna corriente de vida. Sumido en esa desesperanza depresiva se me pasó el tiempo y cuando desperté, con un malestar que no supe describir estaba de nuevo en la oficina.

A medio día me acerqué al bar y todo el mundo me preguntaba dónde había estado el fin de semana, habían estado esperándome a ver si bajaba para invitarme a una barbacoa en el campo. Allí no solo se comía, también tocaban música e incluso algunos conseguían sacar algunas notas a diferentes instrumentos entre los que no estaba la guitarra. Por la noche habían ido a jugar a los dardos y a tomar algún que otro gin tonic a uno de los pueblos de la comarca. El domingo habían estado preparando algunos huertos de los que cultivaban en verano.

Me volví a la oficina contagiado de una fuerza magnética que me atraía hacia el pueblo. La semana pasó más rápido de lo que esperaba. El alcalde había dejado de molestarme, de momento. El viernes por la tarde fui al supermercado y me preparé todo lo necesario para la semana siguiente. Por la calle me saludaban caras que no identificaba. Cuando terminé fui al bar y nada más entrar me ofrecieron una silla en una mesa muy concurrida. Estaba sentado entre dos chicas. Se hablaba alto, desordenado, de todo y de nada. De repente, alguien propuso que el sábado hiciésemos una ruta en bicicleta. Yo nunca había hecho algo así y además no tenía bicicleta. Inmediatamente alguien se ofreció a dejarme una y quedó establecido el recorrido y lo necesario para el mismo. Así pasó el sábado, con la mente envalentonada. El domingo también fue igual de dinámico.

Nada más empezar la semana recibí la llamada de mi madre y el paisaje del pasado se me apareció en los escenarios del presente. Todo de lo que me hablaba me parecía muy distante, tanto que al terminar la conversación me di cuenta de que no había mencionado cuándo podría ir a visitarlos.

Las noches las alternaba entre visitas al bar, que ejercía como de club social de la localidad, y un local que tenía el Ayuntamiento donde tocábamos música e intentábamos componer algunas canciones de las que yo había escrito la letra en tiempos que me sonaban muy lejanos. Lo fines de semana eran otra cosa, flotaba en el tiempo sin importarme las horas que quedaban vacías. En realidad, vivía una vida que no me pertenecía.

No entendía bien el paisaje que me rodeaba, pero podía sentir su música. Esta nueva vida rompía las cadenas de lo convencional y asfixiaba la añoranza. La simpleza del paisaje recogía la fuerza de la tierra. Sólo necesitaba el estímulo del amor.

Un día me informaron que lo secretarios de los ayuntamientos de la comarca celebraban una comida en la cabeza de partido para intercambiar situaciones vividas y recibir explicaciones de cómo enfrentarse a expedientes complejos por los que los más veteranos ya habían pasado. Cuando llegué al restaurante lo primero que pude observar fue que yo era el secretario más joven y el único que había superado las oposiciones dentro del nuevo marco constitucional. A la democracia le quedaba mucho por recorrer hasta llegar a estos recónditos lugares. Cuando empezaron las conversaciones, que no eran más que una forma de desenterrar anécdotas de un pasado que añoraban, una congoja se apoderó de mí. La cabeza me bullía y sentía una fuerte tensión en mis mandíbulas. Solo quería que pasará la tarde rápidamente y volverme al pueblo. Llegué agotado y el sueño no se hizo esperar. Aquella reunión no había sido más que una burla a la inteligencia humana. Era pensar en la reunión y la tristeza me envolvía. Tendría que ir todos los meses, tendría que oír sus comentarios de mal gusto sobre las mujeres, tendría que oír como denostaban mis colegas a los alcaldes elegidos democráticamente y alargar una sobremesa bañada en espirituosos que me sentaban francamente mal. Eran como buitres que ya no podían volar.

Amanecí temprano y el sol de la mañana siempre hace que todo se vea más inofensivo. Después de un frugal desayuno y algún analgésico bajé a la oficina y buscando amparo contra el frío decidí que tenía que cambiar de casa para ganar un poco de independencia. El trabajo me permitía acceder a informaciones sobre las casas que estaban vacías. Sin mucho esfuerzo encontré una que tenía un patio, algo con lo que siempre había soñado, aunque no sabía cuánto lo iba a usar en aquel inhóspito villorrio.  Me instalé más deprisa de lo que había calculado y empecé a preocuparme por la decoración. Sin casi darme cuenta una chica me ayudó a acondicionarla según mis necesidades y a vestirla con los adornos que habían crecido desde adolescente en mi imaginario. En poco tiempo descubrí el amor de la moza y el amor de la lumbre. Solemne y distante me invadieron las furias del amor.

Sobrado de la arrogancia propia de la juventud había conseguido construir una vida donde el futuro no fuese una quimera. Cada vez que pensaba en mis recuerdos estos siempre iban acompañados de sonidos y no pocas ocasiones de una música propia.

Envuelto en la niebla de mi nueva vida ya llevaba instalado dos años en el pueblo cuando algo nuevo e incierto estaba por acontecer. Recibí una notificación del Ministerio en la que se me concedía la comisión de servicios que había solicitado nada más llegar. En ese momento sentí aquello que comentaban en las clases de derecho: “Los dioses cuando quieren castigar a los humanos les conceden sus deseos”. Las oscuras alas del miedo me paralizaron. El tiempo se detuvo. Tenía la garganta enroscada. Tenía que tomar una decisión, la más difícil de todas a las que me había enfrentado. Fue entonces cuando fui consciente de que lo realmente complicado de decidir era la resistencia a tener qué decidir.

Ya llevo aquí casi toda mi vida laboral. En esta localidad, puse un límite al tiempo infinito y me acoplé a su ritmo. Mi vida había transcurrido lentamente porque la lentitud era lo más conveniente. Estábamos en mayo, el mes más lleno de vida y poesía de todo el año cuando oí la voz de Leticia que me decía:

-          Félix, date vida que tenemos que ensayar en el teatro.

Nos habían concedido una subvención y habíamos construido un teatro al que acudirían gentes de todos los pueblos de la comarca, hoy es la inauguración.

            Germán Domínguez Adrio

Madrid, febrero 2025

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