GR 11 JULIO 2024. CONANGLES-AREU

 

 

gr 11 CONANGLES- AREU

JULIO Y AGOSTO 2024


 

Una de las leyendas que explican el origen de los Pirineos es la de la trágica historia de Pirene. Hércules -el héroe griego de los doce trabajos- se enamoró perdidamente de Pirene, la hija más bella del dios Atlas, pero la enemistad entre Hércules y el titán Atlas, al que Zeus había condenado a soportar la bóveda celeste, hizo que Pirene rechazara a Hércules que se enfureció y con un hacha dividió España de África e inundó la Atlántida con el mar Mediterráneo. En la Atlántida vivían Atlas y Pirene. Esta consiguió escapar escondiéndose en el norte de la península y de esta manera sobrevivió a la ira de Hércules.

Pirene, temerosa de que Hércules la encontrara, prefirió quitarse la vida, pero antes incendió todos los bosques que existían a su alrededor. Pirene lloró tanto que dicen que sus lágrimas crearon todos los lagos de la actual cordillera. Hércules, que la estaba buscando por todo el orbe, vio el humo de las llamas y se dirigió hacia allí. Cuando llegó solo pudo comprobar que Pirene estaba muerta.

Hércules, entristecido por la muerte de su amada, la enterró apilando grandes rocas hasta formar lo que hoy conocemos como la cordillera de los Pirineos.

El sendero de gran recorrido GR 11 atraviesa el túmulo funerario de Pirene. Nosotros continuamos nuestra travesía envueltos en la misma aureola de pasión, esfuerzo y ternura que la leyenda de la formación de la cordillera nos cuenta.

Ya estamos en el Hospital de Viella muy próximos a la boca sur del túnel para iniciar un nuevo tramo. Somos los mismos que iniciamos la ruta en mayo de 2021 (Pedro, Juan Carlos, Lorenzo, Manuel, Fernando y yo mismo) en este tramo no nos ha podido acompañar Miguel Ángel por motivos familiares al que hemos echado de menos en numerosas ocasiones, pero si nos ha acompañado Francisco González Retana (Fran) que nos ha aportado, además de su fortaleza, su peculiar visión de las montañas, su carácter solidario y su sentido del humor.

Una vez en el Hospital de Viella iniciaremos la ascensión por lo que fue el glaciar de Conangles hasta llegar al collado de Rius y alcanzar el estany de Rius. Lo primero que nos llama la atención es una acumulación de rocas graníticas próximas al Hospital de Viella que conformaban la antigua morrena de los glaciares de Rius y Conangles. Empezamos la marcha inmersos en un día transparente en el que todavía el calor no ha hecho acto de presencia. Atravesamos por una zona boscosa de abetos y hayas que cruza varias veces el rio que baja del lago. Una vez abandonada la zona boscosa la pendiente se vuelve más abrupta y avanzamos con un ritmo más lento. El amanecer ya se ha desvanecido y empezamos a sentir los primeros rayos de sol. Durante toda la ascensión vamos observando el Besiberri (que significa lugar colgado entre los precipicios) como un centinela que vigila nuestro avance hacia el collado. Una vez allí ya hemos superado la mayor parte de la pendiente que teníamos planificada, unos 700 metros de desnivel. Nos cruzamos con algunas personas que vienen en sentido contrario y hacemos una primera parada para hidratarnos. El calor empieza a hacerse presente. Desde este punto podemos apreciar con toda su magnificencia lo que fue el glaciar de Conangles y las afiladas aristas del Besiberri. Una pequeña travesía a media ladera nos va a situar en menos de media hora ante el estany de Rius. Observando este inmenso lago, el tiempo se detiene y decidimos reponer fuerzas e intentar poner un límite al infinito que nos rodea. Atravesamos el lago por la margen izquierda hasta llegar al desaguadero y una vez allí nos planteamos si seguir por la ruta planificada hasta el refugio de la Restanca o desviarnos hacia el estany Mar.

Manuel, mientras estudiaba los mapas del recorrido, vio una variante que con algo más de recorrido nos llevaría a disfrutar de dos estanys más que los incluidos en el recorrido inicial. El nombre de estos dos lagos Tort de Rius y estany Mar, le sugerían lugares dignos de visitar.

A Manuel este desvío no se le iba de la cabeza entre otras cosas porque según los letreros solo supondría una hora más de ruta. Después de un intento infructuoso por encontrar el camino al estany Mar, tres de nosotros decidimos seguir por lo que habíamos planeado inicialmente y el resto optó por ir por el estany Mar. Así, Fran, Pedro y Lorenzo deciden acompañar a Manuel.

La variante del camino que emprenden bordea la orilla del Tort de Rius para ascender en una corta y fuerte pendiente hasta la cresta que separa los circos de Rius y del estany Mar cuya amplia cubeta está totalmente cubierta por agua. La panorámica que se vislumbra desde aquí muestra un lago azul que refleja nítidamente el color del cielo que ese día decora nuestro viaje. No hay viento y los colores se van transformando en verde o gris según va variando el punto de vista, obligados por la fuerte bajada. Próximos a la orilla un hilo de agua les sirve para refrescarse del sofoco que les ha invadido.

Bordeando el lago por la izquierda, van negociando subidas y bajadas. Por otra parte, una sucesión de canchales hace más fatigosa la marcha. Una vez que dejan atrás el estany Mar, se abre un magnífico panorama a la depresión en cuyo fondo se atisba el refugio de la Restanca donde coincidiremos todos los integrantes del grupo.

Mientras tanto, Juan Carlos, Fernando y yo mismo retornamos al desaguadero del estany Rius y empezamos a descender mirando al valle sin verlo. El descenso, en principio, es menos agresivo de lo que esperábamos y nos permite contemplar el esplendor del entorno que vamos dejando atrás y el de los valles laterales cuyas aguas alimentan el de Rius. Descendemos tranquilos en la idea de intentar llegar al refugio de la Restanca al tiempo que nuestros compañeros que han decidido ir por el estany Mar. Alcanzamos el pla de Rius y el camino se desvia a nuestra derecha. Hemos sido lentos y se nos han echado encima las peores horas de la mañana. Empezamos por una zona boscosa en la que vamos alternando zonas de sombra y de sol que impiden que el calor haga mella en nuestro estado físico. En un primer ascenso para superar un valle lateral nos encontramos con una zona descubierta con bloques en la que el sol ha calentado las rocas y en cada salto la superficie gris de las piedras se funde con la suela de las botas transmitiendo una intensa quemazón a las plantas de los pies. Con los pies resentidos hacemos un ligero descenso a otro valle para encontrarnos la última pendiente de la jornada. El bochorno nos ha asaltado hasta el punto de que este pequeño ascenso de no más de cien metros de desnivel se haga más penoso de lo que es. Una vez superado, nos tropezamos con el lago de la Restanca como un oasis cercano.

Ya en la terraza del refugio nos refrescamos y descansamos hasta ver aparecer a nuestros compañeros. También ellos han acusado las altas temperaturas, estamos en plena alerta por calor en el pirineo Leridano. El tiempo de espera se nos ha hecho más largo de lo previsto, aun a pesar de que los letreros informaban de que el rodeo solo suponía una hora más de recorrido. Como ya hemos comentado en otras ocasiones, los letreros informativos del parque nacional de Aigüestortes no cumplen su función en lo que a tiempos se refiere.

Ya estamos juntos y comenzamos a sentir las incomodidades del refugio de la Restanca que tiene un inmenso margen de mejora en lo que a su estructura y gestión se refiere.

Una vez instalados, sentimos que estamos inmersos en los paisajes del parque nacional de Aigüestortes, un paraje conformado por la indisoluble unión entre el agua y la roca debido a su pasado glaciar.

Hemos amanecido temprano y somos de los primeros apostados en el comedor del refugio esperando el desayuno. No confiamos en la calidad de lo que nos ofrezcan, dado que la cena del día anterior había sido desastrosa y algunos, como yo mismo, arrastramos cierto malestar por causa de la ingesta de unos macarrones con tomate nada recomendables.

Hoy nos espera la etapa más dura del recorrido, más de 24 kilómetros y unos 1400 metros de desnivel positivo. La hemos proyectado en dos tramos, uno hasta el refugio de Colomers y otro hasta el lago de San Mauricio.

El día se levanta con algo de nubosidad que refresca el ambiente y, por momentos, nos hace olvidar el tiempo del día anterior. Pegada al refugio nos espera una fuerte pendiente hasta llegar al primer collado de la ruta donde nos tropezaremos con el estany de Cap de Port que iremos bordeando por la derecha. La subida nos resulta cómoda porque hemos ascendido bajo una placentera lluvia ligera. Desde el collado empezamos a disfrutar del modelado glaciar del paisaje. Casi mirando al frente, vemos el coll de Oelhacrestada y a su derecha el pico Montardo, una cumbre que tenemos pendiente desde hace tiempo. Subir al Montardo será, sin duda, un buen pretexto para volver a visitar estos parajes.

Una vez en el collado que nos ha supuesto un esfuerzo de más de una hora y media decidimos recuperar fuerzas y comer algo. Yo no puedo ingerir alimento alguno por el malestar que siento desde la cena. Ya vemos cerca el port de Caldes. Un empinado descenso nos sitúa en el estany de Caldes y desde allí iniciamos el ascenso al coll que nos situará en el punto más alto del tramo hasta el refugio de Colomers. Ya en el collado, la visión que este nos ofrece es la de una multitud de lagos encadenados realzados por el reflejo del sol. En efecto, nos encontramos en el núcleo con la mayor concentración de lagos de toda la cordillera. Cuando Fran llega al collado nos relata el incidente que ha tenido con su calzado de montaña, se le ha despegado una parte de la suela. Con un cordón de repuesto consigue atar y asegurar el zapato, contenemos un poco la respiración hasta ver cómo va funcionando el remiendo porque nos espera todavía una larga travesía.

Desde el coll de Caldes hasta el refugio de Colomers, todo es descenso, en principio por un sendero muy bien marcado y que salva un pronunciado desnivel negativo hasta llegar a una zona de praderío que lo simplifica.

En la zona más fácil del descenso se nos ha echado encima la canícula. Empiezo a dar muestras de debilidad. Llego con retraso al refugio de Colomers; estoy afectado de una hipoglucemia. La conjugación de calor y la falta de alimento por las molestias estomacales que sufro, me han jugado una mala pasada. Mi estado es de tanta debilidad que llego a plantearme no continuar, pero es en estos momentos en los que se siente la solidaridad del grupo y cuando las atenciones que más se necesitan, se ponen de manifiesto. Inmediatamente me ofrecen una lata de bebida con sales minerales, como con cierta dificultad un sobre de jamón salado. Fran me da unas pastillas de magnesio y bebo mucho líquido. Empiezo a sentir la recuperación y me animo a continuar, aunque soy consciente de la dificultad que me espera.  Confío en que el apoyo del grupo me infundirá de las fuerzas que preciso.

Después de la pausa obligada que hemos realizado en el refugio, reiniciamos la marcha rodeando el lago de Colomers y cruzando por su presa empezamos el segundo tramo del día hasta el lago San Mauricio, pasando por el collado de la Ratera.

Antes de finalizar la primera cuesta, Fran, que se ha detenido para asegurarse la zapatilla, no aparece. Juan Carlos y yo decidimos seguir hasta el final del repecho y esperar allí. Oímos los gritos y los silbatos para localizar a Fran. Después de un buen rato aparece, se había equivocado en un cruce y estaba bajando en dirección a los baños de Trédos. Cuando se sintió perdido preguntó a un grupo si nos habían visto y le informaron de nuestra ubicación, indicándole que por allí iba el grupo de las barbas blancas, se referían a nosotros.

Una vez reunidos, reiniciamos la marcha dirigiéndonos hacia los lagos Long y Redon. El camino es cómodo, es más un falso llano que una ascensión por lo que lo voy transitando con esfuerzo, pero sin dificultad. Cuando hemos superado el lago Long a Fran se le ha soltado toda la suela del zapato. Pedro y Manuel se quedan con él para intentar encontrar una solución, que no es fácil, mientras Fernando, Juan Carlos, Lorenzo y yo mismo continuamos hasta el lago Redon. Ya estamos por encima del lago y nuestros compañeros se han quedado rezagados. Hacemos una parada para hidratarnos cuando los vemos aproximarse. Cuando llegan a nuestra altura Fran lleva una sandalia de descanso que le ha facilitado Manuel. La sandalia es cinco o seis tallas más grandes que la de Fran.

En ese momento estamos debajo de la subida al collado de la Ratera por un sendero zigzagueante que salva un desnivel de más de 600 metros. No llevamos ni un tercio de ascenso cuando me veo, de nuevo, afectado por una gran debilidad. Decido aminorar el ritmo, me acompañan Lorenzo, Fernando y Fran. Con un gran esfuerzo y haciendo alguna que otra parada, logro superar la cuesta. Es en momentos como este, cuando surgen las dificultades, en los que descubres la calidad humana de la gente que te rodea.

En el último tramo de la subida se nos unen Juan Carlos y Pedro. Manuel ha acelerado el paso para llegar al collado y ofrecerme una referencia de lo que nos falta para llegar.

La cuesta pierde inclinación cuando alcanzo a distinguir la figura de Manuel bastante próxima. Un pequeño esfuerzo más y ya hemos superado el desnivel positivo del día. Solo me falta ver cómo me enfrento a la prolongada bajada que nos queda hasta el lago San Mauricio.

 

El collado de Ratera nos regala una visión majestuosa de la sierra de Saboredo y del Tuc de la Ratera. La Geomorfología del collado enseña cómo las diferentes vertientes que lo conforman fueron aportando hielo a los glaciares de Ratera y de Saboredo. Desde el collado también podemos observar la verticalidad majestuosa de los Encantats, esa rareza caliza dentro de la intrusión granítica de la Maladeta que domina el conjunto del parque nacional.

Recuperamos fuerzas ingiriendo alimentos energéticos tras lo cual decidimos encarar el descenso. Tenemos que llegar al lago San Mauricio antes de las diecinueve horas para coger el taxi que nos llevará hasta el pueblo de Espot.

Me siento otra vez muy reconfortado e inicio el descenso junto con los demás a buen ritmo. El sendero baja de forma abrupta por la margen izquierda del valle. Fran se enfrenta al descenso con una zapatilla y la sandalia de Manuel y, aun así, le imprime un ritmo rápido a la bajada. Superamos el cruce que va al refugio de Amitges y dejamos a la derecha el estany de Ratera. Ya hemos perdido mucha altura y los pinos van ganando protagonismo. A nuestra derecha dejamos atrás el estany Obagues de Ratera hasta alcanzar la pista forestal que con una suave inclinación nos va a situar en el punto de recogida de los taxis.

La etapa ha sido dura para todos y el último tramo de pista nos ha terminado de extenuar, especialmente, a Fran que ha hecho más de la mitad de la ruta con una zapatilla de montaña y una sandalia cinco números superior a su talla. Ahí estamos, cansados, comentado los posibles fallos de planificación y esperando a coger el taxi para iniciar la recuperación en la localidad de Espot que nos permita seguir avanzando en nuestro objetivo de ir progresando hasta llegar al cabo de Creus.

Resuelto un pequeño problema con el alojamiento y tras haber olvidado el calor y la fatiga del día anterior amanecemos a una hora no muy temprana porque nos espera una etapa de transición (11, 5 km. Y 400 metros de desnivel) del pueblo de Espot a la Guingueta y vuelta en taxi.

Ya hemos abandonado definitivamente los dominios del parque nacional de Aigüestortes y los paisajes de alta montaña con sus verticales relieves dan paso una sucesión valles por los que vamos transitando a media ladera. El motivo por el que se produce este cambio paisajístico en todas las etapas que nos quedan hasta Areu, es que el GR 11 se aleja claramente del eje Axial de la cordillera.

 

El camino empieza en el mismo pueblo de Espot por una pista muy bien acondicionada y que va bajando, en principio de forma muy pausada para más tarde hacerlo de forma más pronunciada hasta cruzar la carretera donde hay que hacer frente al único desnivel destacable hasta llegar al pueblo de Estáis.

El GR 11 atraviesa esta localidad y te va elevando, progresivamente, hasta la parte alta del mismo. Cruzar por el medio de estas poblaciones causa una grata impresión por lo cuidadas que están y la impecable forma en que las construcciones están insertas en los valles en los que se sitúan. La topología de las casas de piedra seca, con predominio de la pizarra y la tranquilidad de sus calles nos hace sentir acogidos con una cordialidad impropia de las tierras duras que atravesamos.

Una vez abandonado el pueblo, un sendero a media ladera nos guiará durante un buen trecho y nos mostrará unas vistas espectaculares de verdes e infinitos valles que se funden con el horizonte. A medida que avanzamos, el valle se inunda por el pantano de la Torrassa, un inmenso lago azul pálido que tiñe de vapor el aire.

El sendero abandona la media ladera para descender de forma brusca hasta la carretera que nos va a conducir al pueblo de Jou, un tramo sin ningún interés, salvo el de poder afianzar nuestras relaciones personales. Estos espacios anodinos nos ayudan a reconocernos como viajeros que avanzan por un territorio que da sentido a nuestras vidas, las montañas. Alcanzamos el pueblo de Jou y frente a la Iglesia hacemos un breve descanso para hidratarnos y hacer despertar el ingenio y el sentido del humor que es nuestra seña de identidad.

Transcurrido un tiempo prudencial tomamos el sendero que a la salida del pueblo conecta Jou con la Guingueta, lo que superamos con una subida de temperaturas más propia de zonas más meridionales.

Llegamos en la Guingueta a la hora de la comida. Tenemos suficiente tiempo hasta coger el taxi que nos lleve y a comer y hacer una larga sobremesa. Este es el momento de debatir sobre la actualidad, con la pasión que caracteriza al grupo, pero siempre impregnados de la cordialidad y la buena sintonía de la que hacemos gala.

Fran continúa con una zapatilla y una sandalia, pero parece que la solución está próxima, dado que en el pueblo de Aneu hay una empresa de reparación de neumáticos. Nos dirigimos allí y muy amablemente el propietario nos ofrece un bote de cola especial y un poco de lija para que Fran haga un remiendo a su zapato y le pueda devolver la sandalia a Manuel. Sin duda, nos pusimos en las mejores manos porque el apaño no se volverá a despegar en los siguientes días.

La ola de calor continua y nos espera, a primera hora, una etapa no muy larga, pero de una pronunciada pendiente (11,6 km., 1300 metros de desnivel positivo y 980 de negativo), en una zona desprovista de sombra y cubierta de vegetación de monte bajo. Ante esta expectativa, renunciamos a desayunar en el hotel y decidimos madrugar para intentar sortear la cuesta antes de que el sol adquiera fuerza.

Juan Carlos, el hombre frugívoro, ha encontrado una frutería en Espot que vende directamente los productos de Lérida. Él se ha encargado de hacer una compra generosa para que antes de iniciar la ruta desayunemos como auténticos frugívoros y empecemos a caminar.

La etapa empieza en el principio del pantano de Torrassa, alimentado por el rio Noguera Pallaresa que discurre por el antiguo glaciar de idéntico nombre que llegó a ser el más importante de la vertiente sur del Pirineo, con más de 65 km. de longitud, extendiéndose desde el Pla de Beret, hasta Sort.

Después de un breve recorrido por la carretera que rodea el pantano, tomamos un camino a la izquierda que sin darnos tregua empieza con un fuerte ascenso. Le imprimimos el ritmo que demanda la pendiente y con esa cadencia en menos tiempo del que imaginábamos, llegamos a Dorve otro de los pueblos típicos de esta parte del Pirineo.

 A la salida del pueblo el camino se enmaraña, pero Manuel y su inmejorable manejo del GPS encuentra rápido la dirección correcta y enseguida alcanzamos el primer collado para entrar en un abetal tupido y sombreado. Ya hemos salvado más de 800 metros de desnivel. Hacemos una parada para comer fruta de la que transporta Juan Carlos. Estamos animados por haber superado la parte de mayor pendiente con una agradable temperatura por la sombra de la mañana. Durante un buen trecho el manto de abetos nos va a cobijar del calor.

 

A partir de este momento el camino se suaviza hasta llegar al collado anterior al de Clot de la Calba. Aquí hacemos una obligada parada para deleitarnos con la escena que nos ofrecen las vistas de las zonas de Espot (que tan buenos recuerdos de días de esquí nos traen a la memoria) y de los verticales picos del lago San Mauricio que hemos recorrido hace apenas dos días. La extensión de este mundo verde lleno de vida de la que no podemos vislumbrar sus límites nos da fuerza para continuar. Asimismo, durante este breve descanso nos visitan con una mirada de curiosidad unos cuantos caballos acompañados de sus crías.

Un pequeño esfuerzo más y alcanzamos el punto más alto del recorrido, el ya mencionado collado de Clot de la Calba (2200 metros de altura), paso obligado para ascender al pico del mismo nombre. Hemos culminado el desnivel y lo hemos hecho luchando contra nosotros mismos, como en tantas ocasiones.

 Bajo el collado se encuentra Estaón, nuestro objetivo en el día de hoy. Giramos a la izquierda y el camino desciende bruscamente por un pinar no todo lo sombreado que hubiéramos deseado. Hemos dejado atrás los valles de Aneu. El aire, a medida que descendemos, se convierte en sofocante. La senda va girando lentamente hacia la derecha y la pendiente se suaviza paulatinamente.

Cuando la vegetación desaparece y surge la roca metamórfica (singularmente las pizarras negras) del entorno emerge un calor que parece proveniente del corazón de la tierra.

En el descenso nos encontramos con algunas bordas típicas de la economía ganadera de esta zona, como la de Palau que está construida junto a una fuente.

Estas edificaciones indican que ya estamos próximos a Estaón, pero nuestra percepción no coincide con la distancia que aún nos queda por recorrer, se vende cara esta localidad. Seguimos descendiendo a media altura sintiendo la reflexión del calor en las paredes de la roca que quedan a nuestra derecha, cuando, de repente, como por arte de magia, aparecen los tejados de las casas de Estaón.

Exhaustos, por efecto del calor, recorremos sus calles sin apreciar la belleza de este enclave, en busca del albergue donde vamos a pasar la noche. En el alojamiento nos reciben con una cordialidad digna de mención. Algunos nos hidratamos con acuarius, otros, para mantener la tradición, prefieren la cerveza.

Tomamos posesión de la habitación y dado que tenemos suficiente tiempo, nos vamos a comer, a asearnos y a visitar este singular rincón que cuenta con su propia leyenda fundacional: un rico señor de Nibros regaló a sus tres hijas tres grandes bosques, el de Anás, el de Bonestarre y el de Estaón (las tres poblaciones de la comarca) con la condición de que se fueran a vivir a estos tres lugares y fundaran tres nuevos pueblos. Así hicieron sus hijas, pero antes de terminar de construir sus poblaciones un terrible terremoto destruyó Nibros y nunca pudieron regresar a su ciudad natal por lo que se tuvieron que instalar para siempre en las villas que habían construido.

Paseando por sus calles sin pretensiones, entramos en las ruinas de la iglesia de Santa Eulalia que cuenta con un poyete en lo que debía ser la puerta de entrada al templo orientado al valle del rio Pericalt, un valle secundario del conjunto de los de Cardos. Sentados allí y sin atrevernos a pronunciar palabra o a emitir sonido alguno que rompa la magia del entorno, tomamos conciencia de que existen lugares, en la travesía del GR que infunden paz, bienestar.

Después de una cena casera concluimos la jornada agradeciendo efusivamente a los guardas de albergue el trato que nos han dispensado. Al día siguiente madrugaremos de nuevo para evitar las horas de calor y nos esperará un sorprendente desayuno del que daremos buena cuenta para tomar fuerzas para la nueva jornada.

Aun a pesar de que esta etapa no reviste gran dificultad técnica y tampoco es muy exigente (13 km. de longitud, 726 metros de desnivel positivo y 875 de negativo) hemos decidido levantarnos temprano. Nos despedimos con afecto de Estaón y dirigimos nuestros pasos hacia Tavascan. Cruzamos las calles del pueblo para ir descendiendo hasta el cauce del rio por cuya margen derecha iniciaremos el recorrido. Con una ligera pendiente, un buen camino y el sonido del agua va despertando nuestra vitalidad.

Cuando apenas llevamos media hora, debemos cruzar el rio y el paisaje propio de ribera nos devuelve recuerdos de otros valles y de otras montañas. Ascendiendo por la vega llegamos rápidamente a las de Bordas de Nigrán que forman un conjunto arquitectónico de atmósfera medieval por su primitivo urbanismo. Giramos a la derecha e iniciamos el verdadero desnivel del día que nos conducirá al collado de Jou rodeando nuevas bordas.

Por la estructura del recorrido y tras un buen rato de travesía, avanzamos a un ritmo lento recreándonos en el paisaje de media montaña que nos rodea y que no es de los más frecuentes en el conjunto del GR 11. Estamos realizando un montañismo puro de senda donde más importante que la cumbre es ir caminado acompañados por el arrullo de nuestros propios pensamientos. En poco tiempo alcanzamos el collado y decidimos hacer un primer descanso para hidratarnos. Allí sentados, y entre risas, somos dueños de un tiempo que nos pertenece solo a nosotros.

Bajamos por este paraje de media montaña regado de una vegetación que nos resulta familiar. Algunas construcciones previstas para el ganado se entrecruzan en el camino. Seguimos descendiendo hasta alcanzar la zona de bosque donde una pista nos situará en el lateral del pueblo de Lleret, justo en el lugar en el que hay una fuente.

Esquivamos la localidad y a partir de este momento el camino irá faldeando por la descarnada sierra de la Gallauba, hasta el pueblo de Aineto. Como no puede ser de otra manera, la temperatura ha vuelto a elevarse por encima de lo deseable. Caminar a media ladera desprovistos en muchos momentos de sombra hace que las moles de piedra descarguen sobre nosotros su incandescencia.

Con los ojos cegados por la luz del sol y los pies doloridos de saltar por la pedriza, abandonamos la media ladera para iniciar una bajada más pronunciada hasta llegar al pueblo de Aineto. Las marcas del GR nos dirigen hacia otra fuente que aprovechamos para refrescarnos y seguir hasta la plaza del pueblo que nos recibe con una generosa sombra. Damos cuenta de unos pocos frutos secos y enseguida una camada de pequeños gatos reclaman nuestra atención y algo de comida. Jugamos con ellos un rato y reconfortados por la sombra y el agua continuamos hacia el final de la etapa.

 Nada más salir del pueblo nos tropezamos con un mirador que nos ofrece unas vistas inmejorables del pantano y de la localidad de Tavascan que forma parte de la cabecera del valle de Cardós y que se sitúa en el interfluvio de los ríos Tavascan y La Torre.

Un camino real -aquel por el que dos burros, mulos o caballos pueden circular con las alforjas completas de carga- nos va a encaminar, con una suavidad digna de este tipo de calzadas, a nuestro destino. Nos alojamos en un agradable hotel lo que propicia, además de la recuperación, que mantengamos una animada conversación sobre el trayecto recorrido. De esta manera, reponiendo fuerzas y entre bromas, afianzamos nuestros recuerdos.

La atmósfera es más húmeda y fresca que los días previos. El día anterior hubo una tormenta vespertina típica del Pirineos a pesar de que son cada vez menos frecuentes. Tomamos el picnic que nos han preparado en el hotel, dado que no estaba abierto en comedor cuando nos hemos levantado. No hemos descansado lo suficiente, porque eran las fiestas en Tavascan y la verbena se ha prolongado casi hasta el amanecer. Mientras tomamos el primer refrigerio comentamos el perfil de la etapa del día: 16,7 km. con 1250 metros de desnivel positivo y 1100 de negativo. Es la última de este tramo, y puesto que ya llevamos cinco días las mochilas comienzan a pesar, aunque nuestro ánimo sigue sin desfallecer. El humor de Pedro nos ayuda a despertarnos y pasar página de la mala noche y nos prepara para la dureza de la jornada que tenemos por delante.

Cruzamos el rio y enseguida surge una subida de gran pendiente como es habitual en los Pirineos. Caminamos juntos, si bien Manuel y Fran encabezan la marcha. Hoy notamos que Lorenzo tarda un poco más en calentarse y no lleva el ritmo al que nos tiene acostumbrados. El parón al que le ha obligado el incidente con su riñón no le ha hecho perder ni un ápice su espíritu de lucha, determinación y constancia.

El bosque de abedules por el que circulamos acumula bastante humedad lo que unido a la notable bajada de las temperaturas de la tarde anterior, facilita el ascenso. Fernando imprime un ritmo tranquilo, tal como es él, y eso nos permite disfrutar del paisaje y distinguir entre los abedules, numerosos robles y algún que otro avellano.

Casi sin darnos cuenta hemos superado la primera pendiente y a partir de ese momento el camino se mantiene horizontal. En su transcurrir hay que atravesar varios barrancos como el de Planes cuya verticalidad hace que algunos pasos deban sortearse con cuidado porque las rocas están húmedas por la tarde anterior. Algunos de los puntos más comprometidos disponen de un cable al que agarrarse, lo que facilita el paso. Tras la superación de los barrancos el camino sigue transcurriendo a media ladera, pero sin pasar por ninguna zona difícil. En una curva despejada del camino podemos ver el pueblo de Lleret y el collado de Jou que atravesamos el día anterior y debatimos el motivo por el que el GR11 se desvía hacia Tavascan pudiendo evitarse el pueblo y dirigirse directamente a Boldís Sobira a donde arribaremos en poco tiempo.

Lorenzo ya ha alcanzado su habitual velocidad de crucero y junto con Pedro dan un acelerón que nos sitúa en Boldís muy pronto. Esta localidad, que se desarrolla en torno a una calle, conserva el mismo encanto de todos los pueblos por los que hemos atravesado estos días.

Boldís está inmerso en la comarca del Pallars Sobirá que está formado por los valles de Aneú, Cardós, Ferrera, D´Assua y Siarb. El GR 11 nos lleva al vall de Ferrera donde se encuentra Areu. Este valle debe su nombre a las explotaciones de minería para la obtención de hierro.

Descansamos, nos hidratamos y comemos algo en la fuente de Boldís y una vez repuestos tomamos la pista que llega hasta el collado de Tudela, por donde indican las marcas del GR. En breve cogemos un desvío a la izquierda que va atajando la pista con la que nos cruzaremos en varias ocasiones. La subida atraviesa un pinar muy tupido con una cuesta empinada. La humedad de las lluvias recientes ha dejado el suelo mullido, algo que agradecen nuestros pies castigados por los días de marcha. Hacemos alguna parada ocasional y con esfuerzo, pero más rápido de lo previsto, llegamos a una explanada con praderío y restos de una turbera que constituyen el collado de Tudela. Ya estamos en la zona más elevada de la etapa. El concepto espacio-tiempo cambia según vamos completando la jornada.

El paraje es tan acogedor que hacemos una parada en la que destaca la mole de la Pica d´Estats, el pico más alto de Cataluña y el décimo tercero en altura del Pirineo y que, por supuesto, nos conjuramos ascender.

 

 

El camino de descenso se adentra en un pinar muy sombreado que lleva hacia el valle teniendo siempre enfrente de nosotros la Pica de Estats. La senda va serpenteando por el bosque. Progresamos callados, solo se mueve el silencio que rompen nuestros pasos.

Así, llegamos a una borda que comercializan como hotel y nos encontramos con sus huéspedes.  Intercambiamos con ellos unas palabras y continuamos bajando por la pista que se utiliza para atender la borda. Estamos terminando la jornada con el físico, castigado cuando nos encontramos con que tenemos que hacer algunos kilómetros de pista lo que no parece el mejor modo de finalizar este periplo, por lo que nos proponemos tomar todos los atajaos que nos ofrezca el GR y de esta manera llegar antes a nuestro destino. Casi al final, cierta ansiedad se apodera de nosotros, ya vemos Areu con sus edificaciones, su camping y su piscina. Aceleramos el paso, pero nuestros deseos se confunden con la distancia real.

Cuando llegamos a Areu, hemos consumado seis días más de ruta. En septiembre volveremos a esta misma localidad, atravesaremos Andorra y completaremos todos los tramos que ponen fin a la alta montaña. Nuevo objetivo, llegar a Nuria.

Nos acomodamos en el camping y rememoramos todo el trayecto. Hablamos como hipnotizados por el grandioso relieve que conforma esta inaccesible cordillera.

 Culminar esta ruta con este grupo es la conjugación perfecta entre espectaculares paisajes y agradables emociones. Las montañas que llevamos recorridas nos han ofrecido su vida, su forma y su tiempo. Aunque lo más destacable de toda esta experiencia compartida es la profunda amistad que hemos ido tejiendo entre nosotros. El GR 11 facilita conocerse a uno mismo y, especialmente, a la gente con la que compartes la experiencia.

Sí, somos montañeros y como dice Sebastián Álvaro:” hacer montaña es la mejor manera de gastar el tiempo, lo más importante de nuestra existencia”.

Germán Domínguez Adrio

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