GR 11 JULIO 2024. CONANGLES-AREU

gr 11 CONANGLES- AREU
JULIO Y AGOSTO
2024

Una de las
leyendas que explican el origen de los Pirineos es la de la trágica historia de
Pirene. Hércules -el héroe griego de los doce trabajos- se enamoró perdidamente
de Pirene, la hija más bella del dios Atlas, pero la enemistad entre Hércules y
el titán Atlas, al que Zeus había condenado a soportar la bóveda celeste, hizo
que Pirene rechazara a Hércules que se enfureció y con un hacha dividió España
de África e inundó la Atlántida con el mar Mediterráneo. En la Atlántida vivían
Atlas y Pirene. Esta consiguió escapar escondiéndose en el norte de la
península y de esta manera sobrevivió a la ira de Hércules.
Pirene,
temerosa de que Hércules la encontrara, prefirió quitarse la vida, pero antes
incendió todos los bosques que existían a su alrededor. Pirene lloró tanto que
dicen que sus lágrimas crearon todos los lagos de la actual cordillera.
Hércules, que la estaba buscando por todo el orbe, vio el humo de las llamas y
se dirigió hacia allí. Cuando llegó solo pudo comprobar que Pirene estaba
muerta.
Hércules,
entristecido por la muerte de su amada, la enterró apilando grandes rocas hasta
formar lo que hoy conocemos como la cordillera de los Pirineos.
El
sendero de gran recorrido GR 11 atraviesa el túmulo funerario de Pirene.
Nosotros continuamos nuestra travesía envueltos en la misma aureola de pasión,
esfuerzo y ternura que la leyenda de la formación de la cordillera nos cuenta.
Ya
estamos en el Hospital de Viella muy próximos a la boca sur del túnel para
iniciar un nuevo tramo. Somos los mismos que iniciamos la ruta en mayo de 2021 (Pedro,
Juan Carlos, Lorenzo, Manuel, Fernando y yo mismo) en este tramo no nos ha
podido acompañar Miguel Ángel por motivos familiares al que hemos echado de
menos en numerosas ocasiones, pero si nos ha acompañado Francisco González
Retana (Fran) que nos ha aportado, además de su fortaleza, su peculiar visión
de las montañas, su carácter solidario y su sentido del humor.
Una
vez en el Hospital de Viella iniciaremos la ascensión por lo que fue el glaciar
de Conangles hasta llegar al collado de Rius y alcanzar el estany de Rius. Lo
primero que nos llama la atención es una acumulación de rocas graníticas
próximas al Hospital de Viella que conformaban la antigua morrena de los
glaciares de Rius y Conangles. Empezamos la marcha inmersos en un día
transparente en el que todavía el calor no ha hecho acto de presencia.
Atravesamos por una zona boscosa de abetos y hayas que cruza varias veces el
rio que baja del lago. Una vez abandonada la zona boscosa la pendiente se
vuelve más abrupta y avanzamos con un ritmo más lento. El amanecer ya se ha
desvanecido y empezamos a sentir los primeros rayos de sol. Durante toda la
ascensión vamos observando el Besiberri (que significa lugar colgado entre los
precipicios) como un centinela que vigila nuestro avance hacia el collado. Una
vez allí ya hemos superado la mayor parte de la pendiente que teníamos
planificada, unos 700 metros de desnivel. Nos cruzamos con algunas personas que
vienen en sentido contrario y hacemos una primera parada para hidratarnos. El
calor empieza a hacerse presente. Desde este punto podemos apreciar con toda su
magnificencia lo que fue el glaciar de Conangles y las afiladas aristas del
Besiberri. Una pequeña travesía a media ladera nos va a situar en menos de
media hora ante el estany de Rius. Observando este inmenso lago, el tiempo se
detiene y decidimos reponer fuerzas e intentar poner un límite al infinito que
nos rodea. Atravesamos el lago por la margen izquierda hasta llegar al
desaguadero y una vez allí nos planteamos si seguir por la ruta planificada
hasta el refugio de la Restanca o desviarnos hacia el estany Mar.
Manuel,
mientras estudiaba los mapas del recorrido, vio una variante que con algo más
de recorrido nos llevaría a disfrutar de dos estanys más que los incluidos en
el recorrido inicial. El nombre de estos dos lagos Tort de Rius y estany Mar, le
sugerían lugares dignos de visitar.
A
Manuel este desvío no se le iba de la cabeza entre otras cosas porque según los
letreros solo supondría una hora más de ruta. Después de un intento infructuoso
por encontrar el camino al estany Mar, tres de nosotros decidimos seguir por lo
que habíamos planeado inicialmente y el resto optó por ir por el estany Mar.
Así, Fran, Pedro y Lorenzo deciden acompañar a Manuel.
La
variante del camino que emprenden bordea la orilla del Tort de Rius para
ascender en una corta y fuerte pendiente hasta la cresta que separa los circos
de Rius y del estany Mar cuya amplia cubeta está totalmente cubierta por agua.
La panorámica que se vislumbra desde aquí muestra un lago azul que refleja
nítidamente el color del cielo que ese día decora nuestro viaje. No hay viento
y los colores se van transformando en verde o gris según va variando el punto
de vista, obligados por la fuerte bajada. Próximos a la orilla un hilo de agua
les sirve para refrescarse del sofoco que les ha invadido.
Bordeando
el lago por la izquierda, van negociando subidas y bajadas. Por otra parte, una
sucesión de canchales hace más fatigosa la marcha. Una vez que dejan atrás el
estany Mar, se abre un magnífico panorama a la depresión en cuyo fondo se
atisba el refugio de la Restanca donde coincidiremos todos los integrantes del
grupo.
Mientras
tanto, Juan Carlos, Fernando y yo mismo retornamos al desaguadero del estany
Rius y empezamos a descender mirando al valle sin verlo. El descenso, en principio,
es menos agresivo de lo que esperábamos y nos permite contemplar el esplendor
del entorno que vamos dejando atrás y el de los valles laterales cuyas aguas
alimentan el de Rius. Descendemos tranquilos en la idea de intentar llegar al
refugio de la Restanca al tiempo que nuestros compañeros que han decidido ir por
el estany Mar. Alcanzamos el pla de Rius y el camino se desvia a nuestra
derecha. Hemos sido lentos y se nos han echado encima las peores horas de la
mañana. Empezamos por una zona boscosa en la que vamos alternando zonas de
sombra y de sol que impiden que el calor haga mella en nuestro estado físico.
En un primer ascenso para superar un valle lateral nos encontramos con una zona
descubierta con bloques en la que el sol ha calentado las rocas y en cada salto
la superficie gris de las piedras se funde con la suela de las botas transmitiendo
una intensa quemazón a las plantas de los pies. Con los pies resentidos hacemos
un ligero descenso a otro valle para encontrarnos la última pendiente de la
jornada. El bochorno nos ha asaltado hasta el punto de que este pequeño ascenso
de no más de cien metros de desnivel se haga más penoso de lo que es. Una vez
superado, nos tropezamos con el lago de la Restanca como un oasis cercano.
Ya
en la terraza del refugio nos refrescamos y descansamos hasta ver aparecer a
nuestros compañeros. También ellos han acusado las altas temperaturas, estamos
en plena alerta por calor en el pirineo Leridano. El tiempo de espera se nos ha
hecho más largo de lo previsto, aun a pesar de que los letreros informaban de que
el rodeo solo suponía una hora más de recorrido. Como ya hemos comentado en
otras ocasiones, los letreros informativos del parque nacional de Aigüestortes
no cumplen su función en lo que a tiempos se refiere.
Ya
estamos juntos y comenzamos a sentir las incomodidades del refugio de la
Restanca que tiene un inmenso margen de mejora en lo que a su estructura y
gestión se refiere.
Una
vez instalados, sentimos que estamos inmersos en los paisajes del parque
nacional de Aigüestortes, un paraje conformado por la indisoluble unión entre el
agua y la roca debido a su pasado glaciar.
Hemos
amanecido temprano y somos de los primeros apostados en el comedor del refugio
esperando el desayuno. No confiamos en la calidad de lo que nos ofrezcan, dado
que la cena del día anterior había sido desastrosa y algunos, como yo mismo,
arrastramos cierto malestar por causa de la ingesta de unos macarrones con
tomate nada recomendables.
Hoy
nos espera la etapa más dura del recorrido, más de 24 kilómetros y unos 1400
metros de desnivel positivo. La hemos proyectado en dos tramos, uno hasta el
refugio de Colomers y otro hasta el lago de San Mauricio.
El
día se levanta con algo de nubosidad que refresca el ambiente y, por momentos,
nos hace olvidar el tiempo del día anterior. Pegada al refugio nos espera una
fuerte pendiente hasta llegar al primer collado de la ruta donde nos
tropezaremos con el estany de Cap de Port que iremos bordeando por la derecha.
La subida nos resulta cómoda porque hemos ascendido bajo una placentera lluvia
ligera. Desde el collado empezamos a disfrutar del modelado glaciar del
paisaje. Casi mirando al frente, vemos el coll de Oelhacrestada y a su derecha
el pico Montardo, una cumbre que tenemos pendiente desde hace tiempo. Subir al
Montardo será, sin duda, un buen pretexto para volver a visitar estos parajes.
Una
vez en el collado que nos ha supuesto un esfuerzo de más de una hora y media
decidimos recuperar fuerzas y comer algo. Yo no puedo ingerir alimento alguno
por el malestar que siento desde la cena. Ya vemos cerca el port de Caldes. Un
empinado descenso nos sitúa en el estany de Caldes y desde allí iniciamos el
ascenso al coll que nos situará en el punto más alto del tramo hasta el refugio
de Colomers. Ya en el collado, la visión que este nos ofrece es la de una
multitud de lagos encadenados realzados por el reflejo del sol. En efecto, nos
encontramos en el núcleo con la mayor concentración de lagos de toda la
cordillera. Cuando Fran llega al collado nos relata el incidente que ha tenido
con su calzado de montaña, se le ha despegado una parte de la suela. Con un
cordón de repuesto consigue atar y asegurar el zapato, contenemos un poco la
respiración hasta ver cómo va funcionando el remiendo porque nos espera todavía
una larga travesía.
Desde
el coll de Caldes hasta el refugio de Colomers, todo es descenso, en principio
por un sendero muy bien marcado y que salva un pronunciado desnivel negativo
hasta llegar a una zona de praderío que lo simplifica.
En
la zona más fácil del descenso se nos ha echado encima la canícula. Empiezo a
dar muestras de debilidad. Llego con retraso al refugio de Colomers; estoy
afectado de una hipoglucemia. La conjugación de calor y la falta de alimento
por las molestias estomacales que sufro, me han jugado una mala pasada. Mi
estado es de tanta debilidad que llego a plantearme no continuar, pero es en
estos momentos en los que se siente la solidaridad del grupo y cuando las
atenciones que más se necesitan, se ponen de manifiesto. Inmediatamente me ofrecen
una lata de bebida con sales minerales, como con cierta dificultad un sobre de
jamón salado. Fran me da unas pastillas de magnesio y bebo mucho líquido.
Empiezo a sentir la recuperación y me animo a continuar, aunque soy consciente
de la dificultad que me espera. Confío
en que el apoyo del grupo me infundirá de las fuerzas que preciso.
Después
de la pausa obligada que hemos realizado en el refugio, reiniciamos la marcha
rodeando el lago de Colomers y cruzando por su presa empezamos el segundo tramo
del día hasta el lago San Mauricio, pasando por el collado de la Ratera.
Antes
de finalizar la primera cuesta, Fran, que se ha detenido para asegurarse la
zapatilla, no aparece. Juan Carlos y yo decidimos seguir hasta el final del
repecho y esperar allí. Oímos los gritos y los silbatos para localizar a Fran.
Después de un buen rato aparece, se había equivocado en un cruce y estaba
bajando en dirección a los baños de Trédos. Cuando se sintió perdido preguntó a
un grupo si nos habían visto y le informaron de nuestra ubicación, indicándole
que por allí iba el grupo de las barbas blancas, se referían a nosotros.
Una
vez reunidos, reiniciamos la marcha dirigiéndonos hacia los lagos Long y Redon.
El camino es cómodo, es más un falso llano que una ascensión por lo que lo voy
transitando con esfuerzo, pero sin dificultad. Cuando hemos superado el lago
Long a Fran se le ha soltado toda la suela del zapato. Pedro y Manuel se quedan
con él para intentar encontrar una solución, que no es fácil, mientras
Fernando, Juan Carlos, Lorenzo y yo mismo continuamos hasta el lago Redon. Ya
estamos por encima del lago y nuestros compañeros se han quedado rezagados. Hacemos
una parada para hidratarnos cuando los vemos aproximarse. Cuando llegan a
nuestra altura Fran lleva una sandalia de descanso que le ha facilitado Manuel.
La sandalia es cinco o seis tallas más grandes que la de Fran.
En
ese momento estamos debajo de la subida al collado de la Ratera por un sendero
zigzagueante que salva un desnivel de más de 600 metros. No llevamos ni un
tercio de ascenso cuando me veo, de nuevo, afectado por una gran debilidad.
Decido aminorar el ritmo, me acompañan Lorenzo, Fernando y Fran. Con un gran
esfuerzo y haciendo alguna que otra parada, logro superar la cuesta. Es en
momentos como este, cuando surgen las dificultades, en los que descubres la
calidad humana de la gente que te rodea.
En
el último tramo de la subida se nos unen Juan Carlos y Pedro. Manuel ha
acelerado el paso para llegar al collado y ofrecerme una referencia de lo que
nos falta para llegar.
La
cuesta pierde inclinación cuando alcanzo a distinguir la figura de Manuel
bastante próxima. Un pequeño esfuerzo más y ya hemos superado el desnivel
positivo del día. Solo me falta ver cómo me enfrento a la prolongada bajada que
nos queda hasta el lago San Mauricio.
El
collado de Ratera nos regala una visión majestuosa de la sierra de Saboredo y del
Tuc de la Ratera. La Geomorfología del collado enseña cómo las diferentes
vertientes que lo conforman fueron aportando hielo a los glaciares de Ratera y
de Saboredo. Desde el collado también podemos observar la verticalidad
majestuosa de los Encantats, esa rareza caliza dentro de la intrusión granítica
de la Maladeta que domina el conjunto del parque nacional.
Recuperamos
fuerzas ingiriendo alimentos energéticos tras lo cual decidimos encarar el
descenso. Tenemos que llegar al lago San Mauricio antes de las diecinueve horas
para coger el taxi que nos llevará hasta el pueblo de Espot.
Me
siento otra vez muy reconfortado e inicio el descenso junto con los demás a
buen ritmo. El sendero baja de forma abrupta por la margen izquierda del valle.
Fran se enfrenta al descenso con una zapatilla y la sandalia de Manuel y, aun
así, le imprime un ritmo rápido a la bajada. Superamos el cruce que va al
refugio de Amitges y dejamos a la derecha el estany de Ratera. Ya hemos perdido
mucha altura y los pinos van ganando protagonismo. A nuestra derecha dejamos
atrás el estany Obagues de Ratera hasta alcanzar la pista forestal que con una
suave inclinación nos va a situar en el punto de recogida de los taxis.
La
etapa ha sido dura para todos y el último tramo de pista nos ha terminado de extenuar,
especialmente, a Fran que ha hecho más de la mitad de la ruta con una zapatilla
de montaña y una sandalia cinco números superior a su talla. Ahí estamos,
cansados, comentado los posibles fallos de planificación y esperando a coger el
taxi para iniciar la recuperación en la localidad de Espot que nos permita
seguir avanzando en nuestro objetivo de ir progresando hasta llegar al cabo de
Creus.
Resuelto
un pequeño problema con el alojamiento y tras haber olvidado el calor y la
fatiga del día anterior amanecemos a una hora no muy temprana porque nos espera
una etapa de transición (11, 5 km. Y 400 metros de desnivel) del pueblo de
Espot a la Guingueta y vuelta en taxi.
Ya
hemos abandonado definitivamente los dominios del parque nacional de Aigüestortes
y los paisajes de alta montaña con sus verticales relieves dan paso una
sucesión valles por los que vamos transitando a media ladera. El motivo por el
que se produce este cambio paisajístico en todas las etapas que nos quedan
hasta Areu, es que el GR 11 se aleja claramente del eje Axial de la cordillera.
El
camino empieza en el mismo pueblo de Espot por una pista muy bien acondicionada
y que va bajando, en principio de forma muy pausada para más tarde hacerlo de
forma más pronunciada hasta cruzar la carretera donde hay que hacer frente al
único desnivel destacable hasta llegar al pueblo de Estáis.
El
GR 11 atraviesa esta localidad y te va elevando, progresivamente, hasta la
parte alta del mismo. Cruzar por el medio de estas poblaciones causa una grata
impresión por lo cuidadas que están y la impecable forma en que las
construcciones están insertas en los valles en los que se sitúan. La topología
de las casas de piedra seca, con predominio de la pizarra y la tranquilidad de
sus calles nos hace sentir acogidos con una cordialidad impropia de las tierras
duras que atravesamos.
Una
vez abandonado el pueblo, un sendero a media ladera nos guiará durante un buen
trecho y nos mostrará unas vistas espectaculares de verdes e infinitos valles
que se funden con el horizonte. A medida que avanzamos, el valle se inunda por
el pantano de la Torrassa, un inmenso lago azul pálido que tiñe de vapor el
aire.
El
sendero abandona la media ladera para descender de forma brusca hasta la
carretera que nos va a conducir al pueblo de Jou, un tramo sin ningún interés,
salvo el de poder afianzar nuestras relaciones personales. Estos espacios
anodinos nos ayudan a reconocernos como viajeros que avanzan por un territorio
que da sentido a nuestras vidas, las montañas. Alcanzamos el pueblo de Jou y
frente a la Iglesia hacemos un breve descanso para hidratarnos y hacer
despertar el ingenio y el sentido del humor que es nuestra seña de identidad.
Transcurrido
un tiempo prudencial tomamos el sendero que a la salida del pueblo conecta Jou
con la Guingueta, lo que superamos con una subida de temperaturas más propia de
zonas más meridionales.
Llegamos
en la Guingueta a la hora de la comida. Tenemos suficiente tiempo hasta coger
el taxi que nos lleve y a comer y hacer una larga sobremesa. Este es el momento
de debatir sobre la actualidad, con la pasión que caracteriza al grupo, pero
siempre impregnados de la cordialidad y la buena sintonía de la que hacemos
gala.
Fran
continúa con una zapatilla y una sandalia, pero parece que la solución está
próxima, dado que en el pueblo de Aneu hay una empresa de reparación de
neumáticos. Nos dirigimos allí y muy amablemente el propietario nos ofrece un
bote de cola especial y un poco de lija para que Fran haga un remiendo a su
zapato y le pueda devolver la sandalia a Manuel. Sin duda, nos pusimos en las
mejores manos porque el apaño no se volverá a despegar en los siguientes días.
La
ola de calor continua y nos espera, a primera hora, una etapa no muy larga,
pero de una pronunciada pendiente (11,6 km., 1300 metros de desnivel positivo y
980 de negativo), en una zona desprovista de sombra y cubierta de vegetación de
monte bajo. Ante esta expectativa, renunciamos a desayunar en el hotel y
decidimos madrugar para intentar sortear la cuesta antes de que el sol adquiera
fuerza.
Juan
Carlos, el hombre frugívoro, ha encontrado una frutería en Espot que vende
directamente los productos de Lérida. Él se ha encargado de hacer una compra
generosa para que antes de iniciar la ruta desayunemos como auténticos
frugívoros y empecemos a caminar.
La
etapa empieza en el principio del pantano de Torrassa, alimentado por el rio
Noguera Pallaresa que discurre por el antiguo glaciar de idéntico nombre que
llegó a ser el más importante de la vertiente sur del Pirineo, con más de 65
km. de longitud, extendiéndose desde el Pla de Beret, hasta Sort.
Después
de un breve recorrido por la carretera que rodea el pantano, tomamos un camino
a la izquierda que sin darnos tregua empieza con un fuerte ascenso. Le
imprimimos el ritmo que demanda la pendiente y con esa cadencia en menos tiempo
del que imaginábamos, llegamos a Dorve otro de los pueblos típicos de esta
parte del Pirineo.
A la salida del pueblo el camino se enmaraña,
pero Manuel y su inmejorable manejo del GPS encuentra rápido la dirección
correcta y enseguida alcanzamos el primer collado para entrar en un abetal tupido
y sombreado. Ya hemos salvado más de 800 metros de desnivel. Hacemos una parada
para comer fruta de la que transporta Juan Carlos. Estamos animados por haber
superado la parte de mayor pendiente con una agradable temperatura por la
sombra de la mañana. Durante un buen trecho el manto de abetos nos va a cobijar
del calor.
A
partir de este momento el camino se suaviza hasta llegar al collado anterior al
de Clot de la Calba. Aquí hacemos una obligada parada para deleitarnos con la
escena que nos ofrecen las vistas de las zonas de Espot (que tan buenos
recuerdos de días de esquí nos traen a la memoria) y de los verticales picos
del lago San Mauricio que hemos recorrido hace apenas dos días. La extensión de
este mundo verde lleno de vida de la que no podemos vislumbrar sus límites nos
da fuerza para continuar. Asimismo, durante este breve descanso nos visitan con
una mirada de curiosidad unos cuantos caballos acompañados de sus crías.
Un
pequeño esfuerzo más y alcanzamos el punto más alto del recorrido, el ya
mencionado collado de Clot de la Calba (2200 metros de altura), paso obligado
para ascender al pico del mismo nombre. Hemos culminado el desnivel y lo hemos
hecho luchando contra nosotros mismos, como en tantas ocasiones.
Bajo el collado se encuentra Estaón, nuestro
objetivo en el día de hoy. Giramos a la izquierda y el camino desciende
bruscamente por un pinar no todo lo sombreado que hubiéramos deseado. Hemos
dejado atrás los valles de Aneu. El aire, a medida que descendemos, se convierte
en sofocante. La senda va girando lentamente hacia la derecha y la pendiente se
suaviza paulatinamente.
Cuando
la vegetación desaparece y surge la roca metamórfica (singularmente las pizarras
negras) del entorno emerge un calor que parece proveniente del corazón de la
tierra.
En
el descenso nos encontramos con algunas bordas típicas de la economía ganadera
de esta zona, como la de Palau que está construida junto a una fuente.
Estas
edificaciones indican que ya estamos próximos a Estaón, pero nuestra percepción
no coincide con la distancia que aún nos queda por recorrer, se vende cara esta
localidad. Seguimos descendiendo a media altura sintiendo la reflexión del
calor en las paredes de la roca que quedan a nuestra derecha, cuando, de
repente, como por arte de magia, aparecen los tejados de las casas de Estaón.
Exhaustos,
por efecto del calor, recorremos sus calles sin apreciar la belleza de este
enclave, en busca del albergue donde vamos a pasar la noche. En el alojamiento
nos reciben con una cordialidad digna de mención. Algunos nos hidratamos con
acuarius, otros, para mantener la tradición, prefieren la cerveza.
Tomamos
posesión de la habitación y dado que tenemos suficiente tiempo, nos vamos a
comer, a asearnos y a visitar este singular rincón que cuenta con su propia
leyenda fundacional: un rico señor de Nibros regaló a sus tres hijas tres
grandes bosques, el de Anás, el de Bonestarre y el de Estaón (las tres
poblaciones de la comarca) con la condición de que se fueran a vivir a estos
tres lugares y fundaran tres nuevos pueblos. Así hicieron sus hijas, pero antes
de terminar de construir sus poblaciones un terrible terremoto destruyó Nibros
y nunca pudieron regresar a su ciudad natal por lo que se tuvieron que instalar
para siempre en las villas que habían construido.
Paseando
por sus calles sin pretensiones, entramos en las ruinas de la iglesia de Santa
Eulalia que cuenta con un poyete en lo que debía ser la puerta de entrada al
templo orientado al valle del rio Pericalt, un valle secundario del conjunto de
los de Cardos. Sentados allí y sin atrevernos a pronunciar palabra o a emitir
sonido alguno que rompa la magia del entorno, tomamos conciencia de que existen
lugares, en la travesía del GR que infunden paz, bienestar.
Después
de una cena casera concluimos la jornada agradeciendo efusivamente a los
guardas de albergue el trato que nos han dispensado. Al día siguiente
madrugaremos de nuevo para evitar las horas de calor y nos esperará un
sorprendente desayuno del que daremos buena cuenta para tomar fuerzas para la
nueva jornada.
Aun
a pesar de que esta etapa no reviste gran dificultad técnica y tampoco es muy
exigente (13 km. de longitud, 726 metros de desnivel positivo y 875 de negativo)
hemos decidido levantarnos temprano. Nos despedimos con afecto de Estaón y
dirigimos nuestros pasos hacia Tavascan. Cruzamos las calles del pueblo para ir
descendiendo hasta el cauce del rio por cuya margen derecha iniciaremos el
recorrido. Con una ligera pendiente, un buen camino y el sonido del agua va
despertando nuestra vitalidad.
Cuando
apenas llevamos media hora, debemos cruzar el rio y el paisaje propio de ribera
nos devuelve recuerdos de otros valles y de otras montañas. Ascendiendo por la
vega llegamos rápidamente a las de Bordas de Nigrán que forman un conjunto
arquitectónico de atmósfera medieval por su primitivo urbanismo. Giramos a la
derecha e iniciamos el verdadero desnivel del día que nos conducirá al collado
de Jou rodeando nuevas bordas.
Por
la estructura del recorrido y tras un buen rato de travesía, avanzamos a un
ritmo lento recreándonos en el paisaje de media montaña que nos rodea y que no
es de los más frecuentes en el conjunto del GR 11. Estamos realizando un
montañismo puro de senda donde más importante que la cumbre es ir caminado acompañados
por el arrullo de nuestros propios pensamientos. En poco tiempo alcanzamos el
collado y decidimos hacer un primer descanso para hidratarnos. Allí sentados, y
entre risas, somos dueños de un tiempo que nos pertenece solo a nosotros.
Bajamos
por este paraje de media montaña regado de una vegetación que nos resulta
familiar. Algunas construcciones previstas para el ganado se entrecruzan en el
camino. Seguimos descendiendo hasta alcanzar la zona de bosque donde una pista
nos situará en el lateral del pueblo de Lleret, justo en el lugar en el que hay
una fuente.
Esquivamos
la localidad y a partir de este momento el camino irá faldeando por la descarnada
sierra de la Gallauba, hasta el pueblo de Aineto. Como no puede ser de otra
manera, la temperatura ha vuelto a elevarse por encima de lo deseable. Caminar
a media ladera desprovistos en muchos momentos de sombra hace que las moles de
piedra descarguen sobre nosotros su incandescencia.
Con
los ojos cegados por la luz del sol y los pies doloridos de saltar por la
pedriza, abandonamos la media ladera para iniciar una bajada más pronunciada
hasta llegar al pueblo de Aineto. Las marcas del GR nos dirigen hacia otra
fuente que aprovechamos para refrescarnos y seguir hasta la plaza del pueblo
que nos recibe con una generosa sombra. Damos cuenta de unos pocos frutos secos
y enseguida una camada de pequeños gatos reclaman nuestra atención y algo de
comida. Jugamos con ellos un rato y reconfortados por la sombra y el agua
continuamos hacia el final de la etapa.
Nada más salir del pueblo nos tropezamos con
un mirador que nos ofrece unas vistas inmejorables del pantano y de la
localidad de Tavascan que forma parte de la cabecera del valle de Cardós y que
se sitúa en el interfluvio de los ríos Tavascan y La Torre.
Un
camino real -aquel por el que dos burros, mulos o caballos pueden circular con
las alforjas completas de carga- nos va a encaminar, con una suavidad digna de
este tipo de calzadas, a nuestro destino. Nos alojamos en un agradable hotel lo
que propicia, además de la recuperación, que mantengamos una animada
conversación sobre el trayecto recorrido. De esta manera, reponiendo fuerzas y
entre bromas, afianzamos nuestros recuerdos.
La
atmósfera es más húmeda y fresca que los días previos. El día anterior hubo una
tormenta vespertina típica del Pirineos a pesar de que son cada vez menos
frecuentes. Tomamos el picnic que nos han preparado en el hotel, dado
que no estaba abierto en comedor cuando nos hemos levantado. No hemos descansado
lo suficiente, porque eran las fiestas en Tavascan y la verbena se ha
prolongado casi hasta el amanecer. Mientras tomamos el primer refrigerio
comentamos el perfil de la etapa del día: 16,7 km. con 1250 metros de desnivel
positivo y 1100 de negativo. Es la última de este tramo, y puesto que ya
llevamos cinco días las mochilas comienzan a pesar, aunque nuestro ánimo sigue
sin desfallecer. El humor de Pedro nos ayuda a despertarnos y pasar página de
la mala noche y nos prepara para la dureza de la jornada que tenemos por
delante.
Cruzamos
el rio y enseguida surge una subida de gran pendiente como es habitual en los
Pirineos. Caminamos juntos, si bien Manuel y Fran encabezan la marcha. Hoy
notamos que Lorenzo tarda un poco más en calentarse y no lleva el ritmo al que
nos tiene acostumbrados. El parón al que le ha obligado el incidente con su
riñón no le ha hecho perder ni un ápice su espíritu de lucha, determinación y
constancia.
El
bosque de abedules por el que circulamos acumula bastante humedad lo que unido
a la notable bajada de las temperaturas de la tarde anterior, facilita el
ascenso. Fernando imprime un ritmo tranquilo, tal como es él, y eso nos permite
disfrutar del paisaje y distinguir entre los abedules, numerosos robles y algún
que otro avellano.
Casi
sin darnos cuenta hemos superado la primera pendiente y a partir de ese momento
el camino se mantiene horizontal. En su transcurrir hay que atravesar varios
barrancos como el de Planes cuya verticalidad hace que algunos pasos deban
sortearse con cuidado porque las rocas están húmedas por la tarde anterior.
Algunos de los puntos más comprometidos disponen de un cable al que agarrarse,
lo que facilita el paso. Tras la superación de los barrancos el camino sigue
transcurriendo a media ladera, pero sin pasar por ninguna zona difícil. En una
curva despejada del camino podemos ver el pueblo de Lleret y el collado de Jou que
atravesamos el día anterior y debatimos el motivo por el que el GR11 se desvía
hacia Tavascan pudiendo evitarse el pueblo y dirigirse directamente a Boldís
Sobira a donde arribaremos en poco tiempo.
Lorenzo
ya ha alcanzado su habitual velocidad de crucero y junto con Pedro dan un
acelerón que nos sitúa en Boldís muy pronto. Esta localidad, que se desarrolla en
torno a una calle, conserva el mismo encanto de todos los pueblos por los que
hemos atravesado estos días.
Boldís
está inmerso en la comarca del Pallars Sobirá que está formado por los valles
de Aneú, Cardós, Ferrera, D´Assua y Siarb. El GR 11 nos lleva al vall de
Ferrera donde se encuentra Areu. Este valle debe su nombre a las explotaciones
de minería para la obtención de hierro.
Descansamos,
nos hidratamos y comemos algo en la fuente de Boldís y una vez repuestos tomamos
la pista que llega hasta el collado de Tudela, por donde indican las marcas del
GR. En breve cogemos un desvío a la izquierda que va atajando la pista con la
que nos cruzaremos en varias ocasiones. La subida atraviesa un pinar muy tupido
con una cuesta empinada. La humedad de las lluvias recientes ha dejado el suelo
mullido, algo que agradecen nuestros pies castigados por los días de marcha.
Hacemos alguna parada ocasional y con esfuerzo, pero más rápido de lo previsto,
llegamos a una explanada con praderío y restos de una turbera que constituyen
el collado de Tudela. Ya estamos en la zona más elevada de la etapa. El
concepto espacio-tiempo cambia según vamos completando la jornada.
El
paraje es tan acogedor que hacemos una parada en la que destaca la mole de la
Pica d´Estats, el pico más alto de Cataluña y el décimo tercero en altura del
Pirineo y que, por supuesto, nos conjuramos ascender.
El
camino de descenso se adentra en un pinar muy sombreado que lleva hacia el
valle teniendo siempre enfrente de nosotros la Pica de Estats. La senda va
serpenteando por el bosque. Progresamos callados, solo se mueve el silencio que
rompen nuestros pasos.
Así,
llegamos a una borda que comercializan como hotel y nos encontramos con sus
huéspedes. Intercambiamos con ellos unas
palabras y continuamos bajando por la pista que se utiliza para atender la
borda. Estamos terminando la jornada con el físico, castigado cuando nos
encontramos con que tenemos que hacer algunos kilómetros de pista lo que no
parece el mejor modo de finalizar este periplo, por lo que nos proponemos tomar
todos los atajaos que nos ofrezca el GR y de esta manera llegar antes a nuestro
destino. Casi al final, cierta ansiedad se apodera de nosotros, ya vemos Areu
con sus edificaciones, su camping y su piscina. Aceleramos el paso, pero
nuestros deseos se confunden con la distancia real.
Cuando
llegamos a Areu, hemos consumado seis días más de ruta. En septiembre
volveremos a esta misma localidad, atravesaremos Andorra y completaremos todos
los tramos que ponen fin a la alta montaña. Nuevo objetivo, llegar a Nuria.
Nos
acomodamos en el camping y rememoramos todo el trayecto. Hablamos como
hipnotizados por el grandioso relieve que conforma esta inaccesible cordillera.
Culminar esta ruta con este grupo es la
conjugación perfecta entre espectaculares paisajes y agradables emociones. Las
montañas que llevamos recorridas nos han ofrecido su vida, su forma y su
tiempo. Aunque lo más destacable de toda esta experiencia compartida es la
profunda amistad que hemos ido tejiendo entre nosotros. El GR 11 facilita
conocerse a uno mismo y, especialmente, a la gente con la que compartes la
experiencia.
Sí,
somos montañeros y como dice Sebastián Álvaro:” hacer montaña es la mejor
manera de gastar el tiempo, lo más importante de nuestra existencia”.
Germán Domínguez Adrio
Luzaga
Agosto 2024
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