EL ASCENSOR

 

Decidimos volver al hotel después de un día de turismo por la ciudad de los rascacielos. La jornada la habíamos rematado con un lento y pormenorizado recorrido por el MOMA.

El hotel donde nos hospedábamos no estaba lejos del museo y decidimos ir andando y descansar un poco antes de la hora de la cena. Enfilando ya la calle, íbamos comentando algunas de las obras que más nos habían impresionado.

-         -  El museo me ha gustado mucho, destacaría el cuadro de Picasso, “Niño guiando un caballo” de su época expresionista. Me ha interesado mucho por varios motivos, el más destacado es que la imagen del niño me recuerda en su fisonomía ciertas características de mi infancia que he podido ver reflejadas en el álbum de fotos de los abuelos – dije yo.

-         - A mí el expresionismo en general no me gusta. Me parece que hace demasiado hincapié en la distorsión de las formas. Me ha conmovido “Los amantes” de René Magrite por lo inquietante de las figuras y por cómo es capaz de representar el amor prohibido, algo que me ha llegado por mi condición sexual – dijo Leire, mi hija.

-         - Bueno Leire, yo también destacaría la colección de obras de Hopper especialmente las de las gasolineras que en su momento fue una representación icónica de la sociedad moderna y en no mucho tiempo plasmará una etapa pasada con la superación de los combustibles fósiles y que además nos permitirá identificar de qué forma tan agresiva hemos estado machacando el planeta.

-         - Hopper me ha resultado demasiado realista. Me han llamado más la atención las obras de Mark Rothko con sus capas de colores monocromáticas capaces de crear diferentes sensaciones. Es una forma diferente de entender el expresionismo.

Con esta animada conversación llegamos al hotel, atravesamos las puertas giratorias y entramos en un mundo diferente. No era un vestíbulo al uso. Parecía más bien una galería comercial con numerosas tiendas que conectaban dos avenidas. Esta especie de calle estaba siempre atestada de gente. Continuamos nuestro camino hacia los ascensores sin dejar de saludar al “Captain Bell”, una enorme humanidad adornada con una sonrisa amable y bondadosa que reflejaba, sin tener constancia de ello, el presente desocupado de los turistas.

Entramos al ascensor y marcamos la planta veintitrés en la que estaba nuestra habitación. Cuando ya se estaban cerrando las puertas alguien grito en inglés “un momento por favor” y una persona de rasgos caucásicos, de mucha mayor complexión que nosotros, nos arrinconó en el fondo de la caja. Nuestro acompañante no pulsó ningún botón que nos indicase a qué piso se dirigía. Mi hija Leire se situó detrás de mí y bajo aquella luz fría de plata y mirándonos sin ver, el elevador empezó su recorrido. Del hombro de nuestro compañero colgaba una maleta portatrajes que, en un momento dado, depositó en el suelo dejando oír un sonido metálico como de transportar herramientas. No parecía el mejor envase para ese tipo de material. El silencio con el que avanzábamos era nuestro enemigo. Temeroso de ese falso sosiego me atreví a mirarle a los ojos e inmediatamente tuve que retirar la vista, eran duros como el acero de sus herramientas. Leire me cogió de la mano y sentí su presión, fue como un cosquilleo de vida. En ese momento, miles de destellos acechaban mi imaginación que se perdía en unas profundidades desconocidas para mí. No sabía si estábamos en medio de una situación que podía devenir en algo inesperadamente peligroso o simplemente estábamos inmersos en un paisaje carente de carácter.

Llegamos a la planta veintitrés y gastando toda la determinación que nos quedaba salimos del ascensor por delante de nuestro acompañante. De repente, nos vimos en medio de un pasillo alfombrado con puertas a los dos lados confundidos por la atmosfera que nosotros solos habíamos construido. Nuestra habitación estaba al final del corredor. Leire, con su voz tranquila, me dijo que nos estaba siguiendo y eso que ya estábamos próximos a nuestra habitación. Yo volví la cara y desafiante, le observé. Me pareció que una demoniaca sonrisa adornaba su cara. En ese mismo instante decidimos darnos la vuelta y volver al ascensor. Nuestra sorpresiva maniobra pilló desprevenido a nuestro hombre y al pasar por su lado le dirigí una mirada entre desafiante y triste. Leire me volvió a avisar de que él se había dado la vuelta también y venía detrás de nosotros camino de los ascensores. Sin acelerar el paso por aquel enorme y terrible vacío metí las manos en los bolsillos del pantalón y con el manojo de llaves de mi domicilio construí algo parecido a un arma. Cuando llegamos a los ascensores Leire presionó los botones de todos los que llegaban a esa planta. Antes de que ninguno de ellos llegará, él nos había alcanzado y con una máscara de neutralidad comentó.

-         - Me he equivocado de planta, hoy he tenido que trabajar mucho y con el cansancio y el estrés me he olvidado de cuál es mi habitación.

-         -  Nosotros también, hacer turismo es muy cansado – afirmé yo.

Llegaron dos ascensores a la vez. Cuando él se subió a uno, nosotros cogimos el otro. Una vez dentro, con las puertas cerradas tomamos aire con una mezcla de terror y gratitud.

Decidimos adelantar la hora de la cena, de repente se nos habían pasado las ganas de descansar y se nos había abierto un apetito voraz. Al atravesar el falso vestíbulo observamos que nuestro compañero de ascensor estaba en la recepción, hablaba amigablemente con la empleada del hotel y el Captain Bell le sostenía la maleta.

-          - Leire, si te parece mañana pasearemos por Central Park y luego iremos a visitar el Metropolitan Museum.

-              - Yo en cambio – dijo la niña - tengo muchas ganas de ver las obras de Paul Klee con sus referencias a la poesía y a la música. Igualmente, el arte social y en particular “El vagón de tercera clase de Honoré Daumier”.

-              - Yo estoy muy interesado en la colección de arte antiguo que habita en la nación más joven y, como tú, en el arte social.

Y así, sumergidos en la muchedumbre que nos abrazaba, nos dirigimos hacia la novena avenida a buscar un restaurante en el que cenar.

 

GERMÁN

LUZAGA (GUADALAJARA)

JUNIO 2024

Comentarios

  1. Mucha incertidumbre hasta llegar al final. A veces la mente juega malas pasadas. Muy bien escrito.

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  2. Cuando el miedo se dispara, define como vas a pensar, percibir y considerar lo que te rodea hasta que el temor desaparece. Muy bien desarrollado

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