PERFECT DAYS de WIM WENDERS

 

No sin cierta prevención acudo a ver la última película de Wim Wenders. Y esto es así porque, sin entrar en detalles, su cine me ha proporcionado goce (París, Texas; Buena Vista Social Club…) y desconcierto (Más allá de las nubes, El cielo sobre Berlín…) a partes iguales. En esta ocasión, con “Perfect days” disfruto una de las películas más afortunadas de su filmografía.

Deliciosa película que nos muestra la vida de Hirayama, un japonés solitario de mediana edad cuya existencia consiste en llevar una vida ordinaria, sencilla, repetitiva, rutinaria, sin sobresaltos ni excesos, enmarcada en un orden estricto y una simetría firme, inflexible, pero, a todas luces, satisfactoria. La apacible sucesión de acontecimientos que componen el relato (algunos lo definirán de lentitud) acompasan el ritmo igualmente apacible del devenir cotidiano.  Instalado en la austeridad y la armonía, Hirayama inicia sus días de forma idéntica y desarrolla de forma análoga sus actividades cotidianas. Acude al trabajo en su furgoneta (es limpiador de los servicios públicos de Tokyo); limpia concienzudamente los baños que tiene asignados; hace la pausa para comer en el mismo lugar cada día, un parque repleto de árboles que fotografía diariamente; regresa del trabajo y acude con puntualidad al bar en el que cena; vuelve a casa; riega las plantas y retoma la lectura en la que está enfrascado antes de acostarse.

Y así una y otra vez. Solo varía sus rutinas los fines de semana, en los que, de nuevo, repite las mismas actividades con precisión (acude a los baños públicos para la higiene semanal; va a la lavandería a hacer la colada con la ropa sucia de la semana; frecuenta una casa de comidas diferente a la de los días laborables; lleva a revelar las fotografías tiradas en el parque la semana anterior al tiempo que recoge las de la semana precedente, que colecciona en una caja de cartón). Sus fotografías consisten en plasmar diferentes imágenes de los mismos árboles. Siempre los mismos árboles. Su vida consiste en una repetición sucesiva de costumbres que no altera. Sus relaciones sociales son escasas y su día a día está impregnado de música, lo que Wenders cuida con una esmerada selección de hits de los 60 y los 70 (de Otis Redding, “Sittin´on the dock of the bay”;” The house of the Rising Sun” por The Animals;  Lou Reed; The Velvet Underground; Patti Smith; Nina Simone y su emblemática “Feeling goog”; Van Morrison; The Kinks; etc.) que convierten la banda sonora en un personaje más. 

Todo se altera cuando aparece en escena la sobrina adolescente de Hirayama que se instala con él, por unos cuantos días, tras una discusión con su madre, hasta que esta aparece para devolver a su hija a casa. Con estas incursiones en la vida del protagonista, Wenders nos quiere mostrar cuál es el origen familiar – acomodado- del que proviene y que por razones que solo se dejan entrever, deserta de una vida desahogada, más que eso, probablemente de lujos, en pro de una discreta y apacible.

Esta elegía a la sencillez, a la simplicidad, a la frugalidad en sentido amplio, nos enseña cómo puede alcanzarse la paz interior, la tranquilidad, la felicidad, en definitiva, que constituyen la esencia de la vida del protagonista. Una permanente sonrisa reflejada en su rostro evidencia el esmerado equilibrio logrado.

 

Este canto a la rutina, al orden, ponen de manifiesto cuán superfluos son los afanes que nos mueven a la mayoría de los humanos.

 

Película imprescindible de Wenders que no solo me complace, sino que, además, me representa. Me identifico plenamente con Hirayama, cuyo bienestar pasa por convertir en cotidianos sus pequeños, pero no por ello menos placenteros, hábitos de vida, sin dejar espacio a la improvisación.

Conmovedora película de Wenders. No hay que perdérsela.

Alicia Luengo Escriban

Abril 2024

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