ELLA

Se estaba acabando el verano, un tiempo en el que el tedio era como un barranco en el que se precipitaban los días, un tiempo en el que lo más reseñable eran las conversaciones unilaterales. Las vacaciones de un estudiante de bachillerato sin recursos no eran más que crecer para olvidar los días que iban pasando.

Pronto empezaría un nuevo curso y una calma vacía y expectante invadía el ambiente. Ninguna experiencia excitante me había acompañado durante los dos meses que duraba esa monotonía.

El curso empezaba en ese colegio especializado en malos estudiantes, repetidores y gamberros que aprendían a base de repetir y repetir los inútiles programas oficiales. Allí reinaba una atmosfera mezcla de terror y disciplina. El primer día tomábamos contacto con los mismos profesores de años anteriores, todos ellos de limitada preparación. Los que ya llevábamos varios cursos no encontrábamos ningún nuevo aliciente, todo era rutina.

Sin embargo, ese curso en el que ya estábamos abandonando la adolescencia en un rincón del patio, apareció una imagen que ocupaba todo el espacio disponible. Entre las sombras de un emparrado que nadie se ocupaba de cuidar estaba ella. La penumbra únicamente me permitía distinguir su silueta y una melena, que intuí de color castaño con algún reflejo rubio, que le caía por debajo de los hombros. Un niqui de color discreto, una falda escocesa tableada y unos calcetines largos completaban lo que todavía no era más que un sueño adolescente.

En ese momento, con la expectación que me suscitaba me quede inmóvil y un solo pensamiento dominaba por completo mi cerebro ¿quién puede dejar sola a esa chica?

Con una tranquilidad inexplicable me acerqué hasta donde se encontraba y entablé la primera conversación:

-          Hola ¿eres nueva este curso? - Dije yo.

-          Sí, estoy esperando que me digan cuál es mi clase. Vengo a sexto del grupo de ciencias- me contestó ella.

-          Ah, estamos en la misma clase, es la del edificio principal al final de pasillo. Si quieres vamos juntos - contesté yo.

-          No, me ha dicho el jefe de estudios que le espere aquí que irá a la clase conmigo y me presentará - dijo ella.

-          Bueno yo me voy yendo que acaba de sonar el timbre, allí nos vemos -contesté yo.

Todos los alumnos estábamos ocupando nuestros pupitres en los mismos lugares que nos habíamos autoasignado en años anteriores. Yo me colocaba en la zona intermedia de la clase, ni donde estaban los empollones, ni donde estaban los ruidosos repetidores. Nunca había sido capaz de traspasar el umbral de la más estricta mediocridad.

Junto con el profesor de matemáticas entró ella acompañada del jefe de estudios. Todos nos pusimos en pie y sin indicarnos que nos podíamos sentar nos la presentaron. El jefe de estudios hizo especial mención a que ella empezaba a estudiar en este nuevo colegio a instancias de sus padres que habían renegado de la enseñanza pública porque la consideraban demasiado laxa en sus costumbres y que esperaba de nuestra parte que nos comportáramos con las exquisitas formas con las que nos relacionábamos entre nosotros. No entendimos nada de lo que nos querían transmitir, nuestro exquisito comportamiento estaba basado en intentar estudiar para evitar los castigos reglados que formaban parte del modelo de formación que imperaba en ese centro.

Las chicas la recibieron con cierta envidia, dado que sin bucear en su interior la calificaron de más madura que el resto. Los chicos la observaron con admiración era nueva, desconocida y transmitía un halo de belleza que les provocaba una reacción primitiva. 

Por una casualidad del destino la sentaron junto a mí. Su primera experiencia no fue muy edificante. El profesor de matemáticas después de comunicarnos los horarios de las clases semanales quiso evaluar su nivel, la sacó a la pizarra y le propuso resolver un problema de una función logarítmica que no supo resolver. Su primer día en el nuevo colegio fue bastante dura, la habían sometido a una exposición pública con el único objetivo de hacer patente su falta de nivel fruto, según los profesores, de las diferencias entre la educación pública y la privada. Las chicas sonrieron maliciosamente y los chicos miraron con cierto desprecio al profesor, excepto los repetidores de las últimas filas que no perdieron ocasión para mofarse de ella. Volvió al pupitre con una expresión de rabia contenida. En su cerebro bullían un conjunto de preguntas para las que no encontraba respuesta.

Cuando se sentó en el pupitre yo la llamé a la calma y le expliqué que ese era uno de los modelos de preguntas que siempre hacían a las nuevas incorporaciones y que igual que era un modelo de pregunta existía un modelo de respuesta. Se lo escribí, a grandes rasgos, en el margen de una hoja mientras ella me escuchaba con una sonrisa dulce y atenta.

El resto de la jornada discurrió con el mismo patrón, evaluación de su nivel académico. De las siete asignaturas que se desarrollaban a lo largo de la jornada ella se defendió en todas de forma bastante digna especialmente en química en la que destacó en formulación.

Al terminar la jornada, sonriéndole con cierta ambigüedad, le pregunte:

-          ¿Hacia dónde vas?

-          Viene a recogerme mi padre con el coche – contestó ella.

-          Bueno, pues hasta mañana entonces – me despedí yo.

-          Si no te importa me podías dar tu número de teléfono por si me atasco con los deberes – me solicitó ella.

-          Sí, claro – contesté yo.

Decidí ir andando a mi casa con algunos compañeros de mi barrio y no coger el metro. Las conversaciones que mantenían me sonaban muy lejanas. Me sentía indefenso, fascinado e inquieto. Así, llegué a casa y empecé a hacer los deberes intentando huir de la obsesión que me había causado.

Al día siguiente esperando a que abrieran la puerta del colegio todos pudimos observar cómo su padre la traía en coche, algo que no nos dejó indiferentes. Y así transcurrían los días.

Entrábamos en clase y la preguntaba qué tal los deberes y me contestaba: bueno, pero era un bueno acompañado de una mezcla de estupefacción y congoja similar a la de quien ve su futuro con más incertidumbres que certezas. Las jornadas transcurrían tranquilas. La dejaron de acosar a base de sacarla a la pizarra. Durante el recreo, ella se aproximaba a las chicas que la recibían con afecto, aunque era consciente de que debajo de sus caras había otras que no conseguía entender.

Los viajes del colegio a casa y de casa al colegio los hacía con su padre que transmitía la imagen de encorbatado severo con bigote de procurador en Cortes. Uno de los días al finalizar las clases cuando atravesábamos el patio hizo un aparte conmigo para comentarme que su padre no la permitía mantener ningún tipo de conversación con los chicos sin su previa aprobación y que ese era el motivo por el que no me había telefoneado. Sin esperar más le comenté si era capaz de seguir las clases de matemáticas a lo que me respondió que con alguna dificultad. Con mi torpe inexperiencia le dije que me presentara a su padre para poder ir ganándome su confianza. Caminando a la deriva nos acercamos los dos al coche y me lo presentó. Sin darle tiempo a reaccionar le dije que le había facilitado mi teléfono porque tenía dificultades para seguir las clases y que yo me ofrecía a ayudarla. El padre tras su máscara severa, su nariz grande y su bigote de procurador en Cortes me contestó que si ella necesitaba ayuda hablaría con el colegio o contratarían un profesor particular. En un rasgo de vana educación y en un tono casi inaudible, me dio las gracias.

Me fui a casa solo en el metro con escasas fuerzas. Cuando llegué a casa empecé a hacer los deberes y continué con las costumbres que organizaban mí vida.

Al día siguiente le comenté, entre susurros, en la clase de lengua, el inesperado comportamiento de su padre a lo que me contestó que le había caído muy bien y que la había autorizado a hablar conmigo por teléfono cuando quisiera. En ese momento me sentí como arrastrado por un viento que se llevaba mi tediosa existencia.

Desde ese momento y el resto de las tardes experimenté el desasosiego de vivir esperando una llamada. Asimismo, los recreos del colegio empezaron a ser diferentes. Los compañeros y compañeras de clase tenían algo que les sacaba de sus hábitos, éramos tiernamente envidiados.

Llegaron las notas del primer trimestre y los dos habíamos mejorado sustancialmente. Durante las navidades continuamos hablando por teléfono como si quisiéramos conocernos el uno al otro en una sola tarde.

Al comienzo del segundo trimestre ella me dijo que su madre me invitaba a merendar a su casa una tarde y allí me presenté con el único patrimonio que podía ofrecer a su familia, una conversación frívola. A lo largo del trimestre las llamadas de teléfono las fuimos sustituyendo por ir a estudiar a su casa, en su habitación, con la puerta abierta. Cuando terminábamos me acompañaba al metro. En esos cortos trayectos empezamos a bucear en nuestros interiores. Una tarde en que las nubes se movían con sigilo me contó que estudiando en el instituto público tuvo una relación con otro chico mucho mayor que ella y que con él ya había visitado muchos de los lugares que estaban reservados para gente de más edad. Ese era el motivo del cambio de colegio y de la estrecha vigilancia a la que la sometían en su casa. Desde que me conoció descubrió que ella no había vivido el tiempo que estábamos compartiendo. Y así continuamos todo el trimestre, incluso alguna tarde fuimos al cine a tocarnos por debajo de la ropa sin necesidad de hacernos promesas de amor.

Acabó el segundo trimestre y repetimos resultados y esta circunstancia no alteró nuestros afectos. Durante la semana santa me invitó a una sesión de teatro experimental en la que yo no alcancé a entender el mensaje de la obra. Aquella representación fue mi primera perturbación, ella era más madura.

Durante el tercer trimestre íbamos y veníamos a nuestras respectivas casas ahora ya su mirada se había serenado y desprendía un encanto tímido. El curso se terminaba y ya teníamos que empezar a pensar en cómo resolveríamos nuestro futuro. Yo quería seguir estudiando, ir a la universidad mientras que ella planeaba preparar unas oposiciones al Estado y pedir traslado fuera de Madrid para independizarse de la presión familiar.

El curso terminó y ella, sin perder tiempo, empezó a prepararse las oposiciones en una academia. Yo con algunos ahorros conseguí salir del tedio veraniego y hacer un viaje en bicicleta con amigos, toda una aventura. Al regresar del viaje no sabía si volver sobre mis pasos o cambiar de rumbo. Las dudas, siempre las dudas.

Aquel amor se evaporó y pasó a formar parte del paisaje de mis recuerdos.

Perdido en mi mundo me matriculé en el instituto público cercano a mi casa y diferente del que se habían matriculado mis amigos del barrio. Empecé a construir un edificio de nuevos deseos.

Terminado septiembre, empezaron las clases. La primera era la de matemáticas. En aquel entorno desconocido para mí, tome asiento junto a las ventanas en un pupitre en la parte media de la clase, ni donde estaban los empollones, ni donde estaban los gamberros. Estábamos acomodándonos cuando al trasluz del ventanal pude distinguir la silueta de una chica con su melena negra sobre los hombros, ocupando todo el espacio disponible. Su vestido hippy del rastro no conseguía esconder su figura, un sueño de compañera que inmediatamente me preguntó:

-          ¿Está libre este sitio?

-          Sí, claro – contesté yo.

Y empezó la clase sin necesidad de comprobar nivel alguno, ni presentaciones obligadas, ni otros preámbulos. Era la educación pública. La profesora de marcado acento extremeño, comenzó a explicar de forma brillante, las matrices y los determinantes.

 Al acabar la clase ella me comentó:

-          ¿Has seguido bien la clase?

-           Sí, es muy buena esta profesora – contesté yo.

-          Pues a mí me ha costado – dijo ella.

-          Bueno, si quieres al terminar las clases nos quedamos un rato y vemos en qué te has atascado – dije yo.

-          Por mí perfecto -contestó ella.

Terminó la jornada y en un banco de la calle repasamos de forma un tanto desordenada los conceptos que habíamos visto la clase de matemáticas. Cuando acabamos le dije:

-          ¿Vas al metro?

-          Sí, a la línea siete - contestó ella.

-          La misma que yo.

Nos dirigimos al metro y me cogió del brazo. Nuestras miradas desprendían sosiego y un encanto tímido y sin cansarnos de mirarnos terminamos juntos el curso ofreciéndonos cada trimestre nuevas palabras de amor.

 

Germán Domínguez Adrio

Marzo 2024 

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