UNA CARTA DE AMOR

 

 

 

Una carta de amor es una forma de hacer públicos nuestros sentimientos, aunque el ejercicio de escribirla siempre provoque cierto rubor. A partir de determinada edad parece que hablar del enamoramiento sea algo superado por los años de convivencia y que en realidad lo que existe es un cierto acomodamiento por la prolongada vida en común. Esto no es así. Las formas de expresar esta pasión son diferentes, pero mantienen la misma esencia que al inicio de una relación amorosa. Por mucho que afirme la bioquímica poniendo fecha de caducidad a la seducción, no todo es objetivamente científico y menos una conmoción tan fuerte como esta. Lo cierto es que el querer es una forma más de estar de pie sobre la vida.

Nunca estaremos suficientemente agradecidos por este don. Asimismo, la capacidad de enamorarse implica tener que renovarse día a día ante hechos simples y cotidianos porque esa dádiva cuando surge se mete muy adentro, por debajo de la piel y ya es difícil pensar en una existencia mejor.

Nuestra vida sentimental atraviesa dificultades a lo largo de los diferentes ciclos vitales por los que vamos transitando, aunque nunca hay que desesperar, porque siempre suceden hechos inesperados que nos cruzan con la persona que va a ser nuestra compañera/o de vida. Nuestra existencia es lo suficientemente larga como para no tener que unirla a otra de la que no estemos enamorados. En cuestiones de amor es difícil confundir la mentira y el autoengaño con el quererse.

Un rencuentro en un pasillo de un supermercado puede ser suficiente, o una excursión a la montaña, u ofrecer material de resguardo en una noche de lluvia, o bailar al mismo ritmo que otra persona en una discoteca, o una cena con amigos con cita a ciegas incluida… De cualquiera de estos acontecimientos puede surgir una fuente de certezas y también una de todas las dudas que no es otra cosa que lo que actualmente se denomina “hacer match”. La pugna entre certezas y dudas no es más que el pequeño coste que tenemos que pagar para viajar hacia un futuro mejor.

Después de una vida amorosa ciertamente más lamentable que satisfactoria un pasillo de un supermercado ejerció la magia del reencuentro. Entre latas de conserva alguien pronunció su nombre en voz alta, se volvió y encontró a uno de sus antiguos amores: era ella. Su cara estaba adornada por una sonrisa profunda que parecía salirle de alguna grieta del interior de su cuerpo.

Fue tan fugaz el acercamiento que les impidió averiguar los datos de contacto que les podían unir. Tan mayores y no aprender a rematar la oportunidad que se les acababa de presentar. Después de la sorpresa del encuentro y de rememorar los antiguos momentos, un desasosiego atrapó los estómagos de los dos. Sin necesidad de mucho esfuerzo fue posible volver a hablar y lo más importante, trabar una cita. A partir de ese momento la inquietud llegó a tal limite que les absorbía los pensamientos era como si una obsesión se hubiese instalado en su cerebro. 

Llegó el día y ambos acudieron al restaurante en el que ya su amor había empezado a emerger. Un regalo inesperado facilitó el primer roce y empezaron a sentirse aprisionados entre el cielo y la tierra.

Superados los nervios de la prolongada conversación, los dos querían alargar la tarde y después de no pocas indecisiones fueron al cine y allí como dos adolescentes que empiezan a entender en que consiste esto del flechazo se incrementaron los roces.

Tenían que seguir alargando la tarde y paseando ajenos al mundo que les rodeaba e ignorando el tic tac del reloj alguien pronunció la frase perfecta: “yo creo que hacemos buena pareja”. Una sonrisa común certificó esa afirmación, pero había que solucionar otros asuntos personales. Había que retirar todos los impedimentos y esto les condujo a: “hay que darse prisa”. En menos de una semana compartían sus vidas.

Los años han transcurrido con la misma facilidad con la que se cimentó su relación. La felicidad y una sonrisa permanente les ha ido acompañando desde entonces. Ahora, después de tantos años y encarando ya el final de su existencia, como dos aves Fénix cegadoramente brillantes, sienten que envejecer juntos les transforma en algo bonito y excepcional.

En su caso la fecha de caducidad que establece la bioquímica no es más que una obra de teatro a la que asistíamos como interesados espectadores. Mientras tanto, ellos, envueltos en un vendaval de amor, siguen caminando evadidos del espacio y del tiempo.

Germán Domínguez Adrio

Febrero 2024

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